Detrás del grito de Cañuelas
Su estilo es frontal hasta en los escenarios más insólitos. Cómo cuando dijo: “Yo a las cosas las hago así, con toda naturalidad”. Daniel Scioli se refería a la jornada futbolística compartida en su quinta de Tigre con el líder de la CGT, Hugo Moyano. Lo notable es que el gobernador abordó el tema nada menos que en un allanamiento.
La policía había desbaratado una gavilla abocada al tráfico de neumáticos robados, y ahora Scioli estaba ahí, en un aguantadero de Avellaneda, para dar cuenta de ello. Pero hablaba sobre asuntos políticos de coyuntura. Lucía relajado. El superministro Ricardo Casal, también. Y el jefe de la Bonaerense, Hugo Matzkin, sonreía. Es que por entonces –era la mañana del 26 de junio– el fantasma de la inseguridad estaba relegado a un segundo plano, incluso en los canales de noticias. Una semana después, tal tendencia cambiaría de modo estrepitoso: el crimen de los hermanos Marcelo y Leonardo Massa había sacudido el tablero.
Fue como un estallido. Por televisión, el país parecía en guerra. Los noticieros saltaban frenéticamente del doble homicidio de Cañuelas al caso de la mujer que perdió su embarazo al ser asaltada en Ciudad Evita. De pronto, transmitido en cadena, irrumpió el rostro desencajado de Casal, envuelto por un coro de insultos. No se distinguía si aquella animosidad le estaba dedicada al ministro o a una señora rubia con rictus de lividez, parada junto a él. Era la intendenta de Cañuelas, Marisa Fassi.
“¡Que renuncien! ¡Que renuncien!”, les reclamaba la multitud. Los gritos y saltos retumbaban en el hall de la Municipalidad. En la vereda, sobre la calle Libertad al 700, los presentes estaban aún más enardecidos. “Horca para los pibes chorros” se leía en una cartulina; la agitaba una señora en las narices de un movilero. Éste comentaría al aire: “La bronca de los vecinos es genuina”.
¿Había, como dicen, gente arreada por la la Sociedad Rural, la Cámara de Comercio y la Cooperativa de Transporte? Es posible. Tanto como punteros del duhaldismo, algunos venidos de Quilmes, quienes azuzaban la ofuscación reinante con una destreza semiprofesional. Pero semejante fuego no requería de mucho combustible. El virulento fin de los Massa había desatado en la conciencia colectiva del lugar una explosión atávica; un miedo venido de muy lejos. Algo para tener en cuenta. Había quienes amagaban con avanzar hacia la comisaría local. Había quienes proponían iniciar una cacería civil para dar con los culpables. Había de todo. Cosa digna de estudio, por tratarse de una localidad que hasta entonces no había sufrido episodios de violencia extrema.
Recluido en el despacho de la intendenta, Casal seguía los acontecimientos a través de un televisor, sin dar crédito a sus ojos. El comisario Matzkin, en tanto, intentaba parlamentar con un grupo de exaltados; una lluvia de huevos recibió por respuesta. El clima vidrioso se apaciguaría horas después, luego de que Scioli anunciara para Cañuelas las siguientes medidas: la puesta en marcha de la Subpolicía Rural, la Comisaría de la Mujer y la Subdelegación de Investigaciones, además de un refuerzo de 30 policías venidos de otras zonas. Por esas horas, no obstante, la nueva ola de inseguridad se extendía a través del país como un enorme virus.
La pesquisa policial de los asesinatos era la otra pata del asunto.
Operación Cenicienta. El lunes mismo, cuando el cabildeo vecinal todavía podía tener imprevisibles consecuencias, un tipo corpulento, trajeado y sin corbata, avanzó resueltamente hacia el cronista de un canal de aire. Entre ambos había cierta familiaridad. El de traje sopló un nombre al oído del otro. Luego regresó a la sede del municipio. Era uno de los hombres de Matzkin. Al rato, en una improvisaba rueda de prensa, dicho cronista sorprendió a todos con una pregunta: “¿Es Fernando Marconi el principal sospechoso?”. El comisario, entonces, asintió con un leve cabeceo. La hipótesis de la venganza acababa de ser instalada.
De acuerdo a la historia oficial, Marcelo Massa, de 38 años, empezó a morir en el ya remoto 30 de diciembre de 2004, al recibir tres tiros del tal Marconi. Por alguna razón, éste tardó siete años y siete meses en gatillar el tiro de gracia. Y, de paso, hacer lo propio con Leonardo. Ya se sabe que, en el ínterin, el sospechoso, un ex albañil, hijo de un policía de la Federal, fue reconocido por la víctima. Su testimonio fue crucial para que Marconi sea condenado por “tentativa de homicidio” a 11 años de prisión. Salió de la Unidad 9 de La Plata hacía unas semanas, tras cumplir las dos terceras partes de la condena. El móvil del rencor era, desde el punto de vista comunicacional, ciertamente conveniente: ubica lo ocurrido durante el anochecer del primer día de julio en el autoservicio Doña Rosa, atendido por los malogrados hermanos, como un crimen entre personas que se conocían previamente –al igual que cualquier otra venganza– y no como un delito contra la propiedad, que sí entra en las generales de la inseguridad.
Lo cierto es que fue asombrosa la celeridad con la que los sabuesos policiales encausaron la investigación sobre la figura del ex presidiario. ¿Sabían previamente de su existencia? ¿Contaron con el inestimable recurso de un testigo de identidad reservada? Nada de ello trascendió. Es probable que se hayan enterado de su existencia por el relato de algún familiar de los Massa. También es probable que, atando cabos, hayan descubierto un patrón en común entre ambos asaltos sufridos por Marcelo. En el de 2004, la víctima manoteó el pasamontañas del agresor en medio de un forcejeo, mientras que el domingo pasado –debido a otro forcejeo– el matador extravió una zapatilla en el escenario de los asesinatos. Una zapatilla marca New Balance de alguien que calza 42. ¿Ese dato habría lanzado a Matzkin hacia la búsqueda de su propia Cenicienta? De hecho, los voceros del jefe no tardaron en anunciar que en la vivienda de Marconi fueron hallados restos calcinados de algo que “podría ser una zapatilla igual a la secuestrada”. Lo cierto es que el dueño de casa ya había puesto los pies en polvorosa. Marconi se entregó durante la tarde del martes ante el juez platense Guillermo Atencio. Al día siguiente, en su declaración ante el fiscal César Robatto, declararía que jamás estuvo en el lugar del hecho, y que huyó al enterarse por televisión que era buscado. Hay testigos que avalan sus dichos.
En el ínterin, caería el presunto cómplice de Marconi: Ignacio LuliChavero, de 28 años, quien está sindicado como supuesto autor material de las dos muertes. El tipo también declaró que jamás estuvo en el lugar del hecho, que ni siquiera conoce Cañuelas y menos a Marconi. La prueba más sólida en su contra: el tipo también calza 42.
Chavero sería identificado en rueda de personas por dos testigos de identidad reservada como el autor material, según confirmaron fuentes judiciales a Miradas al Sur. Un tercer testigo, que había visto al atacante de espaldas primero y luego de perfil, no lo reconoció. Uno de los testigos que lo identificaron era el mismo que ayudó a confeccionar el identikit del sospechoso y que ya lo había señalado en forma positiva luego de observar una fotografía. Es decir, conocía la fotografía antes de identificarlo in situ. La otra persona que reconoció a Luli es alguien que afirma haberlo visto en una pensión de Cañuelas. “De ser tomado ello por cierto, daría por tierra con los dichos de Chavero en el sentido de que no conocía Cañuelas porque nunca había estado en esa ciudad”, argumenta ahora el fiscal ante todo micrófono que se le pone a tiro.
Mientras tanto, Marconi languidece tras las rejas, a la espera de un pedido de excarcelación solicitado por su abogado. Es que sigue siendo considerado como el posible autor intelectual del hecho y como la persona que conducía la moto con la que los dos atacantes llegaron al local de los hermanos Massa. Ambos detenidos tienen sobre sí la misma imputación: ser coautores de un “doble homicidio calificado en concurso real con portación de arma de guerra”.
El eco social del doble crimen, por su lado, no es menos escalofriante. A modo de muestra, un lector colgó el siguiente comentario al pie de un artículo sobre el caso publicada en el portal de internet de Clarín: “A ver si alguien del lugar de detención le acerca una soguita a muchacho Marconi para que se auto pase (sic) a mejor vida, total ya es reincidente. Parece que no aprendió demasiado en la cárcel, para qué va a volver? ¿Para qué lo vamos a mantener? Este ya tuvo su segunda oportunidad y la desperdició”.
Humanismo puro.

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