Dilma y un viaje all inclusive
En el manual de las relaciones internacionales, Brasil ya es considerado por los especialistas como un global player. Es decir, la sexta economía del mundo cuenta con la musculatura política-diplomática necesaria para jugar en varios tableros políticos al mismo tiempo. Itamaraty pugna por sentarse en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, negocia con la Unión Europea un acuerdo que supere la fracasada Ronda de Doha en el seno de la OMC pero, a su vez, intenta consolidar su hegemonía en el sistema interamericano e ir arrebatando posiciones de influencia a Washington. Porque, como le dijo a este cronista el asesor estelar del lulismo en materia de política internacional, Marco Aurelio García, Brasil no olvida a la región porque su “interés nacional” coincide estratégicamente con el “interés continental” de América latina. En ese sentido, la gira de esta semana de la presidenta Dilma Rousseff por dos países significativos del Caribe –la Cuba comunista y el Haití cuasi Estado fallido– confirmó la habilidad del vecino país para expandir su influencia política regional con una agenda que difiere de tener el visto bueno del Departamento de Estado.
En principio, la primera visita de la sucesora de Luiz Inácio Lula da Silva a La Habana ratificó que las denuncias sobre las supuestas violaciones a los derechos humanos en La Isla no iba a nublar el carácter político de su estancia en el Caribe. “Si vamos a hablar de derechos humanos debemos comenzar por Brasil, por Estados Unidos, que tiene una base aquí llamada Guantánamo. Vamos hablar de derechos humanos en todos los lugares, pero en forma multilateral. No es posible hacer de los derechos humanos un arma político ideológica”, disparó Rousseff en conferencia de prensa luego de que los periodistas brasileños le indagarán una y otra vez sobre las acusaciones de los opositores cubanos contra el jefe de Estado Raúl Castro.
En realidad, más allá de la impronta cultural-ideológica que posee Cuba –Dilma se hizo un tiempo para reunirse con el líder Fidel Castro, quién le regaló dos volúmenes de una biografía suya aún no publicada–, Brasil entiende a la Mayor de las Antillas como una plataforma comercial estratégica en caso de que Raúl Castro apure la apertura económica. Por ese motivo, Rousseff llegó a Cuba con el apoyo del Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social y de empresarios locales para financiar el 80% de la remodelación del puerto de Mariel. A escasos 50 kilómetros de la capital cubana, Mariel podría convertirse en un importante centro industrial colindante con el mercado norteamericano. Por el momento, ni Estados Unidos levantó el bloqueo comercial contra Cuba y tampoco el gobierno socialista aceleró la reforma para descentralizar la economía pero, si en el futuro estos hechos se concretan, Brasil ya está en la línea de largada para multiplicar el ingreso de reales a su caja presupuestaria. “La mejor forma para que Brasil ayude a Cuba es contribuir para que se ponga fin un cerco comercial que, a mi juicio, sólo conduce más pobreza”, advirtió Rousseff en el momento de la partida, luego de haberle regalado a Fidel Castro una caja de chocolates nacionales y a su hermano Raúl la certeza de que las inversiones brasileños en Cuba não tem fim.
El segundo punto de la gira de Rousseff por el Caribe fue más corto en tiempo pero, no por eso, menos significativo. Ocurre que Brasil en Puerto Príncipe está experimentando un modelo de intervención militar –en los hechos, el vecino país lidera la Misión de Naciones Unidas para la estabilización de Haití (Minustah)– que permite a sus Fuerzas Armadas incrementar recursos, formación y presupuesto; además de tomar lecciones de “pacificación” que luego aplican en el terreno local, por ejemplo en la seguridad de las favelas. La Minustah viene siendo denunciada por organismos humanitarios de Haití y latinoamericanos por “abusos de autoridad” –recientemente, cascos azules uruguayos vejaron sexualmente a un menor– pero, hasta el momento, el Ministerio de Defensa de Brasil defiende la misión porque considera que “supera la doctrina militarista del Comando Sur norteamericano”.
En ese sentido, Rousseff se comprometió ante su par haitiano Michel Martelly en ir “reduciendo el contingente de tropas de la Minustah en la isla”. Pero, el anuncio más importante de Dilma en Puerto Príncipe fue que el gigante suramericano “aceptó continuar con la política de visados de trabajos para los inmigrantes haitianos que deseen residir en Brasil”. El anuncio de Rousseff, en contraposición a la misión militar, tiene un carácter humanitario y busca descomprimir uno de los peores males disparados en Haití tras el fuerte terremoto de dos años atrás: el del éxodo compulsivo de haitianos hacia países vecinos.
Finalmente, Dilma regresó este fin de semana a su país con un color de piel más bronceado y conforme con haber cumplido otro capítulo de su hoja de ruta internacional sin fisuras. Pero, la agenda doméstica la forzó a tomar decisiones rápidamente. Una vez en el Palacio de Gobierno, Rousseff le comunicó a su ministro de Ciudades que lo echaba del cargo. Se trató del séptimo alto funcionario expurgado por corrupción en apenas seis meses. Sin dudas, el Brasil potencia todavía está lejos de ser un cuento de hadas.
