Dos casos de atípica inguridad

Año 5. Edición número 200. Domingo 18 de marzo de 2012

Cíclicamente, sucede: un hecho de inseguridad resonante dispara en la agenda mediática –y pública– un debate sobre el aumento de la “inseguridad”. Esta vez, fue el robo armado al animador Baby Etchecopar, en el que resultó herido junto a su hijo y murió un delincuente. Para aumentar el impacto, algunos medios lo vincularon a otros dos casos de personajes públicos que por esos días habían sufrido la inseguridad: el secuestro de la familia de Juan Horacio Zabaleta, secretario administrativo del Senado y hombre cercano al vicepresidente Amado Boudou, y el brutal ataque en su propia casa a Nora Centeno, una madre de Plaza de Mayo. Sin embargo, ninguno de los dos casos se trató de delitos comunes y tienen algo en común: los móviles no están claros.
El reloj marcaba las 7 de la mañana del lunes, cuando varios hombres –a cara descubierta–, después de cruzarle un auto gris, abordaron la camioneta Tiguan de Mariana Bagatela, la ex mujer del asesor de Boudou. La llevaron hasta su casa donde sumaron otros rehenes: sus dos hijas de 18 y 19 años, sus novios y la actual pareja de Bagatela. Se comunicaron con Zabaleta y le pidieron rescate. Reunió 40.000 dólares en un soplo y los entregó a los secuestradores –al menos seis– en Morón (donde fue concejal y candidato a intendente). Al rato y en tandas, sus parientes fueron siendo liberados entre Caseros y El Palomar.
Varios indicios llevaron a los investigadores a descartar un secuestro casual: sabían muy bien donde vivía Bagatela, y de inmediato le pidieron que llamara a Zabaleta, “ese que trabaja en el Senado”. Sabían quién era y cuánto podían pedirle. Durante las negociaciones, uno de ellos dijo “ya cobramos 60 lucas verdes por esto, así que estamos hechos”. Si no es un señuelo, significa que fue un secuestro mafioso, por encargo.
La feroz golpiza que le propinaron el sábado pasado a Nora Centeno, una Madre de Plaza de Mayo, en su casa de Villa Castels, La Plata, es un claro ejemplo de cómo investigan la policía y la Justicia bonaerense cuando urge darle un golpe de eficacia a la sociedad. Su relato se repitió en los diarios: su nuera, su pareja y su bisnieta de dos años fueron encerrados en el baño del quincho por al menos dos hombres que llevaban gorrita y chalina. A Nora –cuyo hijo Alejandro Di Sío desapareció para siempre en septiembre de 1976– la asfixiaron con un cordel y la golpearon brutalmente con la culata de un arma. Le pedían “plata, oro, joyas”, pero se llevaron 500 pesos y unas cosas más. Le dejaron la cara violeta y una pierna hinchada.
–Lo del oro y la plata era una mandada de parte para que creyéramos que era un robo. Tengo 35 años de militancia en derechos humanos, a mí no me pueden engañar– afirma Nora varios días después, consultada por Miradas al Sur.
–¿Usted cree que sabían que era una madre de Plaza de Mayo?
–Yo supongo que sí.
Pero cuando ella se los dijo, la saña de los tipos aumentó. Por otro lado, nunca le achacaron su presencia en los juicios. Indicios que podrían significar que hasta entonces, los atacantes no lo sabían. Después de amenazarla de muerte, se fueron. Cuando el caso salió en la prensa, recién el martes, el gobernador Daniel Scioli la llamó por teléfono y el ministro Ricardo Casal le ofreció una audiencia. Nora le dijo que si quería verla fuera a su casa. “Me dijo que iba a ir hasta el fondo.”
El jueves, el ministro anticipó en una entrevista que la investigación estaba “muy avanzada” y que en 48 horas esperaba “alguna identificación positiva”. La pesquisa policial, supervisada por el fiscal Marcelo Romero cumplió sus deseos: ese mismo día, efectivos de la seccional 13 de La Plata (está en Gonnet), detuvo a una adolescente de 16 años y a dos hermanos de 18 y 19 años, Sergio y Vicente Morales, los tres acusados en otras causas: a la menor VGN por un robo el lunes, y a los Morales por violación de domicilio y amenazas.
Ese mismo día, para vincularlos a la investigación por Nora, el oficial Carlos Omar Ávalos declaró que “por sus descripciones físicas” y su “modus operandi”, tres NN del barrio de VGN habrían participado también del asalto del sábado. Un vecino –que no declara por “miedo a represalias”– le dice que uno es Vicente Morales y que el botín robado a Nora “estaría en el interior de la casa de los Morales”. Así, sin orden judicial, allanaron la casilla y secuestraron objetos que, dijeron, estarían vinculados con el robo.
A VGN –a quien acusaban de haber hecho de campana– la dejaron ir luego de golpearla y tenerla incomunicada cinco horas. En la fiscalía de menores denunció que los bonaerenses le dijeron que la iban a “re engarronar” por un robo “que yo no había hecho”. Le dijeron que la tenían filmada, y le sacaron fotos de frente y de perfil.
Consultada por este diario, Nora fue rotunda al respecto:
–No eran pibes chorros ni marginales. Más de 20 años tenían, eran bastante grandotes.
Un perfil que –en apariencias– no encaja con los detenidos del fiscal Romero.
Una versión aportada a este cronista, decía que Nora había denunciado una zona liberada. Pero Nora lo negó:
–Yo no hablé de liberación de zona. Y en foros de seguridad nunca he estado. Mi defensa siempre ha sido por los derechos humanos de los compañeros desaparecidos.

Promedio: 4.6 (8 votos)
Seguinos en Twitter
Print preview icon

Otras notas

  • Nora Centeno, integrante de la Asociación de Plaza de Mayo Línea Fundadora, volvió esta semana a ser noticia en los suplementos policiales. La primera vez, el 10 de marzo pasado, lo fue por su condición de doble víctima de la dictadura –en septiembre de 1976 desaparecieron a su hijo Alejandro Di Sío– y un robo feroz: después de alzarse con un plasma, una computadora, un celular, alhajas y 1.500 pesos, dos tipos la golpearon con la culata de un arma hasta dejarle la cara irreconocible. Siete sábados y tres horas y media después, volvieron a robar en su casa de Villa Castels, en Gonnet.

  • El ministro de Justicia y Seguridad bonaerense, Ricardo Casal, es como un empresario del espectáculo con varias obras al mismo tiempo en cartel.

  • El de la inseguridad es un debate sobre un campo minado: depende del factor sorpresa y de algún estruendo que sacuda la buena conciencia del espíritu público. En ello consiste una buena parte de la dialéctica del asunto. Al respecto, en esta semana nada fue comparable al episodio en la casa del conductor radial Ángel Pedro Etchecopar. Pero el largo brazo de la violencia urbana también zamarreó a una Madre de Plaza de Mayo y a la familia de un altísimo funcionario parlamentario. Como para dejar en claro que tal flagelo no tiene ideología ni descanso.

  • La designación de la senadora Nora de Lucía en lugar de Silvina Gvirtz en Educación deja un interrogante no menor: ¿quién se sienta en su sillón?; ¿no debería ser una mujer debido a la ley de cupo femenino? En la lista, el primer suplente es varón, Luciano Martini, y la segunda es mujer, Alcira Vallejo. Martini está vinculado a Julio Alak mientras que Vallejo es una vieja militante del peronismo combativo que se remonta a su militancia en la Unión de Estudiantes Secundarios en los setentas y ahora integra la agrupación John William Cooke de La Plata.

  • Cuando subió al taxi en la casa de su hermana para volver a la suya, en la madrugada del domingo, Mario Verón no tenía razones para sospechar que iba a terminar golpeado, con un borceguí tatuado en la cara, en un calabozo de la comisaría 1a de Berisso. Su hermana vive en esa localidad que limita con La Plata y el río, y supo recibir inmigrantes, industrias mercantes y frigoríficos. Otra parece la historia actual, al menos la de su policía: en una celda de la misma seccional fue torturado y asesinado, en febrero de 2005, el joven Christian Domínguez.

  • No dejes que la realidad te arruine una buena nota.” El lugar común le suele atribuir la máxima a Chiche Gelblung, pero lo cierto es que hay editores que la repiten todos los días, incluso en las redacciones más progresistas. ¿Cuándo se usa más? Cuando la agenda de los medios se unifica y un caso fogoneado por la televisión obliga a que todos corran en pos de la primicia. En esa búsqueda, los periodistas suelen comprar cualquier dato y la verdad, de por sí inasible, se diluye como sal en el agua.