Dos hombres para una hipnosis argentina
Borges y Perón no pueden ser considerados como parte de un equilibrio póstumo, producto de una reconciliación que borre las enormes diferencias. Sin embargo, pueden ser pensados como parte de una época en la que con igual intensidad, fueron símbolos de diferencias que no pasaban desapercibidas. ¿Eso los hace parecidos en su drástica diferenciación? No, no alcanza el mero hecho de haber compartido un tiempo común y dramático, para postular una semejanza. Tampoco para ejercer una piedad de último momento, imaginando que una época desactivada tiene privilegios para congeniar los enfrentamientos de una época tempestuosa.
¡Es que las discrepancias son muy grandes! La primera de ellas es que Borges habló y escribió mucho sobre Perón y el peronismo. Está La fiesta del Monstruo, cuento escrito a fines de los ’40 junto a Bioy Casares, en el que el peronismo es considerado como un fenómeno de barbarización del lenguaje, como una inocencia exterminadora. En otras piezas borgeanas, el peronismo aparece como un simulacro o como una doble historia, de naturaleza cómica por un lado, y brutal por otro. Borges conservó siempre la imagen de lo que el peronismo le parecía representar –el Mal absoluto– y se negó a transformarla en una opinión más matizada. Cuando sobrevino el desarrollismo con su llamado a integrar al peronismo, Borges opinó que si el país pasaba a debatir otros temas, él siempre quedaría estacionado en su recuerdo de la quema del Jockey Club.
Por su parte, Perón no había leído a Borges y tenía una vaga noción de lo que representaba. Hay que tener en cuenta que la consagración definitiva de Borges ocurre cuando Perón ya está en Madrid, aunque había comenzado un lustro antes. En la formación intelectual de Perón, que no era escasa, todo acababa subordinado al sentido que proveían las técnicas de conducción. En la tensión total que éstas provocaban, no había lugar para paradojas de la subjetividad o ironías de la historia. Es cierto que había una picaresca de por medio, chanzas martinfierrescas y un denso anecdotario que servía para designar un lugar pensable, objetivamente, dentro de la “economía de fuerzas”. Perón pensaba en una objetividad práctica a la que le dictaba decisiones solitarias. Ante ello se mostraba impávido, sin que fuera visible cualquier atisbo de conciencia desgarrada.
Borges rechazaba pensar sobre cuestiones que parecían reclamar decisiones unívocas que se justificaban como “exigidas por la historia”. Era irónico, paradojal, postulaba la realidad del lenguaje pero ésta era una fisura inasible, en la que estaba claro que al final sólo subsistía una cuestión de duelo y honor, de héroes y traidores. Sus temas eran esencialmente políticos, pero los anulaba con sus juegos de oposiciones simétricas y con las matemáticas del destino. Difícilmente pudiera pensarse la existencia de puntos en común entre el realismo de la “conciencia objetiva del jefe” y el tema borgeano del jefe llamado por una convocatoria de la muerte, como “hombre muerto” que no percibe que ya lo es mientras fingen que lo obedecen. En Perón hay cierto candor frente a la necesidad del fingimiento; Borges, en cambio, sigue el itinerario de lo que cada individuo no sabe de sí mismo hasta que se encuentra con su Otro mortal. Dos lenguajes antagónicos. Borges, siempre informado políticamente, festeja cada una de las medidas de represión contra el peronismo. Perón ignora a Borges.
Y sin embargo... hay formas conceptuales comunes que los abrigan a ambos. Se trata de la figura del destino. En Borges, un destino que implica anular el tiempo y buscar inútilmente una forma de eternidad, aun a costa de provocar efectos mortíferos. En Perón el destino tampoco es simple, ni proviene de un sentimiento cristiano. Se relaciona, al contrario, con un sentimiento ascético, amargo y pagano sobre la condición humana. Su gozo íntimo consistía en crear un orden natural que jugaba con invertir el mundo de los poderosos. El destino, en Perón, no consiste en descubrir lo contrario de lo que supuestamente se es, sino poner patas para arriba el mundo en medio de una épica social niveladora, que a la postre se torna una versión plebeya del orden.
Borges es conservador en su opinión política y revolucionario en las formas literarias. Perón es inquietante en las formas y tranquilizador en sus opiniones políticas de fondo. Ambos no se sostuvieron fácilmente sobre estas piezas segmentadas de sus prácticas y pensamientos, pero sobre esa base construyeron sus mundos, sus públicos y sus vidas políticas y literarias. Entre el orden y el caos, las cosas se les escapaban de las manos. David Viñas imaginó que en los dos casos había un estilo directivo que iba de arriba hacia abajo, uno impartiendo órdenes políticas y el otro plegarias literarias. Quizá podría decirse que Perón y Borges eran figuras que actuaban en un nivel de abstracción muy grande (la doctrina militar de la movilización en un caso, la doctrina del tiempo circular en el otro), pero cuando sus conceptos se llenaban de materia histórica y social, aparecían las trincheras del peronismo y del antiperonismo. En esta última situación, es posible el diálogo y la confrontación. Así nos quedamos tranquilos. Pero es posible una cosa más. Es intranquila. Palpar remotas semejanzas de ciertos modelos retóricos basados en la fuerza hipnótica de la palabra.
• ESTRÁZULAS
Uruguayo que fue agregado cultural en Buenos Aires y embajador en Cuba, Enrique Estrázulas es el autor de la obra teatral Borges y Perón, entrevista secreta. Su conocimiento sobre ambos personajes fue desparejo. Estrázulas recuerda al general de este modo: “Perón había leído a Borges, y después le dijo a un periodista amigo mío: ‘Yo no sabía que ese viejo de mierda, que me humillaba y me maltrataba verbalmente todos los días, era semejante escritor’. Entonces, Perón no era un burro, nadie puede decir eso. Tendría otros defectos, pero el problema de la inteligencia lo tenía asegurado... no sé si para el mal o para el bien”.
En cuanto a Borges, la relación con Estrázulas fue distinta: “Un día nos encontramos para almorzar en el Saint James, una confitería en Maipú y Córdoba, que ya no está. Hablamos y hablamos. Llegó el crepúsculo, y le dije: ‘Borges, usted tendrá algo que hacer’. Dijo: ‘No tengo nada que hacer. Lo que me gustaría es seguir dialogando y tomar un guindado oriental... si hubiera en este boliche. Me parece difícil, así que seguiré con este pobre jerez. ¿Qué está tomando usted?’. Le dije que whisky. ‘Caramba, en Escocia whisky quiere decir agua de los dioses. Yo lo que he tomado mucho es caña, pero agua de los dioses muy poco porque me hace toser’. Bueno, llegó la noche y cenamos en otro lado. A eso de las 11 le pregunté si quería ir a dormir o tenía una cita con alguna dama. ‘Desgraciadamente no tengo una cita con ninguna dama. Le ruego que no se vaya’. A las 4 de la mañana me pidió si podía ir a desayunar con él a las 10. Me levanté, lo fui a buscar, empezó el desayuno y seguimos conversando hasta la madrugada del otro día. Yo fui naturalmente amigo de Borges”.

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