Edipo recaló en Buenos Aires

in
Año 3. Edición número 146. Domingo 6 de marzo de 2011
En 2006, Lola Arias fue becada en Varsovia, Polonia. Hoy vive entre Berlín y Buenos Aires.
La generación nacida en dictadura interpela en "Mi vida después" a sus padres militantes

Lola no es Dolores. Lola es Lola. Si hubiese sido Dolores, sería una chica más contenida, tal vez introvertida y levemente inclinada hacia adelante, como buscando una posición fetal, las arañitas en el estómago que Cortázar evocaba en “Manuscrito encontrado en un bolsillo”. Pero Lola es Lola, que significa que es una mujer que hará lo que le guste y si no te gusta, lola. Siempre le dicen que está loca. Por las ideas que tiene como directora teatral. Como cuando en 2007, durante Striptease, puso a un bebé en escena para tensar la cuerda que sigue desmadejando en esa zona de frontera en que ha plantado la bandera de su arte: el cruce en que la ficción se encuentra con historias verdaderas y los personajes son, al mismo tiempo, personas, historias documentables, sangre que habita fuera del escenario.
Mi vida después, su último trabajo en Buenos Aires (vive parte del año en Berlín), interroga la época de la dictadura cívico-militar desde la perspectiva de la generación nacida en esos años. Ha vuelto de una gira por Europa, Brasil, México y Chile. Se presenta en La Carpintería (Jean Jaurès 858) hasta el 29 de abril. Luego de un proceso de selección exhaustiva, seis actores y actrices en busca de un futuro indagan como mineros por su pasado y su prehistoria, reconstruyendo la vida de sus padres a partir de fotos, filmaciones, ropa usada y esos recuerdos que permanecen mojados en el ténder memorial. Allí están Vanina Falco (la hija del agente de inteligencia que se apropió del actual legislador porteño Juan Cabandié), Carla Crespo (hija de un ex ERP caído en combate) y Liza Casullo (hija del intelectual Nicolás Casullo y de la ex periodista e investigadora académica Ana Amado, exiliados en Venezuela y México) y Mariano Speratti (hijo de un periodista de automovilismo, desaparecido de la JP). Pero también están los otros que no fueron alcanzados por el Monstruo: el hijo del banquero que agachó la cabeza (Pablo Lugones) y el del cura que abjuró de los hábitos (Blas Arrese Igor). “El derecho de hablar de la dictadura es de todos, no es que es derecho adquirido de los hijos de”, dice Arias.
–Todos podemos hablar de los ’70: yo, los que fueron víctimas, los que no, los que se fueron a otros países, los que a los padres les chupa un huevo y los que quieren otro país. Justamente eso es lo que la obra muestra, que todos somos una generación que nació en la dictadura. Todos. Obviamente no puedo comparar mi experiencia con la de Carla, que perdió a su padre antes de nacer. Pero sin embargo sí sé que mi infancia está regida por eso: el miedo, la paranoia. Luego estuvimos durmiendo todo el menemismo, como la Bella Durmiente, y el país explotó. De repente, para nosotros es un proceso histórico de involucramiento. La obra piensa sobre eso.
–¿Y eso al teatro en qué lo modifica?
–En cuanto a la relación entre arte y política, Jacques Rancière en El espectador emancipado dice justamente que no se le puede pedir al arte que te lleve a la acción directa. No es un “mensaje” que uno recibe y pone a funcionar en el mundo. Es mucho más complejo. Rancière dice que lo que una obra hace es abrir pensamientos donde antes había silencio. Eso es lo que produce: expande las fronteras de lo decible y de lo pensable, pone al espectador en movimiento. En relación con Mi vida después se trata de una generación que le hace preguntas a la generación precedente, aún sin resolverlas. Se atreve a hacerlas. Las pone a flotar.
–¿Cuáles por ejemplo?
–Hay miles. “¿Qué significaba la militancia?” Es el caso del papá de Mariano, cuando aparece la transformación del periodista de autos en el militante político, lo que produce es una división de roles con la madre, que se aparta. Cuando desaparece, la madre saca a los hijos del país, los salva. La relación entre militancia y maternidad es un tema difícil. Se trata de pensar cómo convivían la familia y el partido. Es bien complejo cuando Carla dice que vivía con otros compañeros de partido. Para ellos, las casas eran lugares de paso. ¿Cómo te marca esa experiencia de vivir todo el tiempo en un lugar prestado, que no es tuyo, donde no tenés intimidad, donde sos el partido y el partido es tu familia? La obra simplemente abre esas preguntas. Para mí fue muy importante durante todo el proceso de creación y ensayos no utilizar la palabra “desaparecidos”.
–¿Por qué?
–Porque parecía que el desaparecido era un identikit, una foto blanco y negro, la víctima total. Pero no la persona en sus ideas, su humor. Como si esa palabra lo volviera sólo víctima y no persona políticamente involucrada, pensante, con delirios y fantasías, lo que sea. Se trata de reconstruir esa vida, esa persona, ese humor, sus fantasías.
–Es como si se necesitara emancipar la vida del hijo del relato heroico o victimizante.
–Totalmente. No hay una sola forma de recordar, una forma oficial, lo que hay que decir o la manera en que hay que pensar. Desde esa perspectiva, si uno hacía una pregunta, le estaba haciendo un sacrilegio al muerto.
–Por decir, si un militante del ERP o de Montoneros mató a alguien...
–Claro. Cuando Carla dice: “Yo le pregunte a mi mamá si alguna vez mataron a alguien, y ella me dice que prefieren no hablar de esos temas”. Está bien que esta pregunta aparezca, sino es como que hay zonas del pasado intocables. Y hay algo de la operación de construcción de la obra que tiene mucho de afectivo y personal, de subjetivo, de centrarse en el detalle. Al principio, cuando contaba la obra, la gente me decía “ah, es una obra de hijos de desaparecidos”. No –decía yo–, es una obra de mi generación hablando de ciertas preguntas que tienen relación con sus propios padres a partir de ciertos detalles que ellos reconstruyen. La obra no es moralizadora. Ni estoy pretendiendo contar toda la historia de la dictadura.
–La obra tiene una estética desacralizadora de los ’70.
–Claro. Y también por el recurso del humor. Una de las cosas con que se ataca la obra es que uno sale contento. No lo comparto. El humor es corrosivo, político, desbaratador, te puede hacer pensar algo que de otra manera te resultaría ajeno. Creo que esa es una de las cosas más bestiales que tiene la obra: se puede hablar con humor también del Horror.

Promedio: 5 (1 voto)
Seguinos en Twitter
Print preview icon

Otras notas

  • Las resonancias que ha tenido Mi vida después han ahuecado las paredes de instituciones que suelen ser ajenas al teatro. So pretexto de que el discurso de Vanina Falco respecto de la apropiación ilegal de su hermano de crianza, Juan Cabandié, era público a través de la obra, finalmente pudo testimoniar contra su padre biológico, Luis Antonio Falco, ex agente de inteligencia de la Policía Federal durante la dictadura, sentando un precedente en la materia.

  • Tenía un gran sentido del humor y gracias a eso se bancó lo que le tocó vivir. Por momentos, su humor era un poco ácido. Está bueno señalar que como comunicador fue muy importante. Permitió un ejercicio de conexión notable con las clases populares. Su

  • Con una ductilidad como de nadadora de los Siete Mares, la dramaturga Susana Torres Molina pasó de dirigir el año pasado Esa extraña forma de la pasión, una obra propia que representaba la llaga de la dictadura desde la entrañas (un centro clandestino), al teatro poé­tico en que lo medular es compartido por todos los seres humanos.

  • Viviana Ponieman, con Puente de la memoria, rompe con muchos de los preconceptos que todavía se mantienen en el arte. De manera fundamental, con uno de ellos, paradigma, si se quiere, de todos los demás: la certeza de obra finalizada. Esa rotura se expresa tanto en lo realizado por ella como en el rol del espectador que pasa de ser aquel casi siempre “otro que observa y asiente” a formar parte activa de un espectáculo (y léase aquí sólo lo mejor del término “espectáculo”: ojo que mira y es mirado).

  • “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.”
    Julio Cortázar

  • En La idea fija, la obra del coreógrafo, músico y actor Pablo Rotemberg, lo que impresiona es el despliegue multiforme de la sexualidad sin palabras. Porque el sexo, más allá de las muecas del porno estandarizado traducido al español de Galicia, del replique en la intimidad de un remachado fraseo copular globalizado (“oh, baby, Dios, yes, yes, chupamelá”) es onomatopéyico y estrictamente físico. Pero sobre todo, solitario.