Para cuando termine este año en Argentina se habrán construido unas 1600 nuevas escuelas superando un plan de infraestructura que hacia el 2004 comenzó llamándose “700 escuelas”. Para cuando termine este año seis de cada diez alumnos de escuelas públicas secundarias y especiales habrán recibido su notebook, con sus correspondientes planes de capacitación y desarrollo de contenidos propios. En el marco de la universalización de salas de cuatro años se habrán construido 530 nuevas aulas para 25 mil pibes. Sólo en las zonas más necesitadas del país, el NEA y el NOA, habrá también 200 escuelas más beneficiadas por las jornadas escolares extendidas. Y 5882 escuelas se sumarán a las 3584 que se incorporaron el año pasado en el plan de mejora educativa en el nivel secundario. Ese plan abarca desde la articulación de tutorías para los chicos más vulnerables a programas de recuperación y estrategias diferenciadas de enseñanza.
Todos estos datos –más buena parte de los que sigan– circularon el miércoles pasado en un desayuno de trabajo ofrecido por el ministro de Educación para hablar sobre las políticas educativas en marcha. Muchas de esas políticas tienen estrecha relación con los desafíos que generó el lanzamiento de la Asignación Universal por Hijo: miles de chicos se incorporaron al sistema educativo a partir de entonces y la primera respuesta que dieron algunos medios fue la idea de un colapso por problemas de infraestructura o recursos humanos. En Miradas al Sur por entonces el ministerio de Educación explicó precisamente que algunas de las respuestas a esos mayores niveles de matriculación pasaban por programas de enseñanza flexibles adaptados a demandas y realidades sociales muy diversas, además de la creación de mayor infraestructura escolar. Esas son precisamente las nuevas realidades en las que se está trabajando a pleno.

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