El adiós a Juan Carlos Gené

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Año 5. Edición número 194. Domingo 5 de febrero de 2012
Murió el 31 de enero, tenía 82 años y el mismo compromiso con el arte y con la política.

Juan Carlos había nacido en Bulnes al 1900 cuando se iba 1928 y sus padres, radicales de fierro, se ilusionaban con el futuro del gobierno de don Hipólito Yrigoyen. Como sus dos hermanos, cuando Uriburu cortó ese futuro y sembró las raíces del golpismo, creció con los cuentos del mucamo de la casa, Alonso (un marplatense hijo de gallegos, que escapó del destino de guardabarreras como su padre), comunista, para más datos. “Tenía la particularidad de recordar, o decir que recordaba, novelas de memoria. Probablemente no fuera cierto, pero para nosotros era maravilloso que él comenzara un relato mientras limpiaba el consultorio de nuestro padre diciendo ‘Capítulo 24: –Buenas tardes, doctor Watson –dijo Sherlock Holmes mirando hacia la ventana que daba al poniente...’. Seguro que nos engrupía, pero era un personaje tan singular que a lo mejor era verdad que se sabía a Conan Doyle de memoria”, contó una tarde hace unos años, pensando cuándo le había picado eso de escribir, mientras cargaba su pipa con tabaco Dunhill y ofrecía un café mirando una tormenta de verano porteño por la ventana.
A los 20 años escribió su primera obra: El herrero y el diablo. Y a los 23 (un 19 de diciembre de 1951 que jamás olvidó por “ese temblor en las piernas”) debutó como actor en el viejo teatro Comedia de Paraná al 400 con una pantomima de Pablo Palant y una obra breve de George Bernard Shaw. Y, ahí nomás, el compromiso político. Ese compromiso del cual Juan Carlos Gené recordaba fecha y hora de parto: “En las largas noches del 16 al 23 de septiembre de 1955, cuando Lonardi entró a Buenos Aires, tomé conciencia de que eso era una revolución de curas y militares, un golpe reaccionario. Después, sólo faltó que mis decisiones se profundizaran”.
Entonces ya no hubo pasos atrás. Con el compromiso político al que había ingresado en esos años de ebullición nacional se metió de lleno en la actuación, la escritura y la militancia. Como él mismo dijo varias veces, “poniendo el cuerpo en el escenario y en las propias obsesiones, lo que pone en marcha ese mágico ‘yo quiero estar ahí’ del espectador de teatro”.
Como muchísimos, en el ’56 tuvo que capear el temporal político y pucherear: hasta 1960 fue guionista de historietas, como “Bull Rocket” y “El Indio Suárez”, en la revista Misterix que publicaba la Editorial Abril. Mientras tanto, escribía para mejores tiempos o para llenar esos intersticios que siempre dejan, sin quererlo y sin adivinarlo, las dictaduras: Se acabó la diversión, El inglés, Golpes a mi puerta, Memorial del cordero asesinado, Ulf, Ritorno a Corallina, Memorias bajo la mesa y El sueño y la vigilia.
A fines de los ’60 creó uno de los mejores programas en la historia de la televisión argentina: “El director artístico de Canal 11 era un viejo compañero de teatro, Mauricio Farberman –recordó aquella misma tarde de tormenta Juan Carlos Gené–. Y nos convoca a partir de la sugerencia de la gerencia general de contar con un ciclo basado en casos judiciales auténticos. En algún lado del mundo habían visto algo similar y les había interesado. Pero nadie lo había visto y yo tampoco. Cuando pregunté, bueno, pero, ¿cómo es el programa?, Farberman me dijo que eso era justamente de lo que tenía que ocuparme. Le estaba diciendo eso a alguien que había tenido poca presencia como autor de televisión. Simplemente le respondí que haría el programa que me gustaría ver”. Y fue Cosa juzgada, donde Gené escribió 76 de los 96 capítulos. En 1971, cuando Héctor Ricardo García se hizo cargo de la dirección de Canal 11, Cosa juzgada fue levantado gracias a los últimos coletazos del trío militar Onganía-Levingston-Lanusse. Pero también por lo que recordó Gené: “Eran los años que presagiaban el regreso de Perón, el proceso electoral, la gran ofensiva popular en todo el continente. El programa estaba montado en esa atmósfera de país con salida, de país con varios proyectos en pugna.
Uno de esos proyectos, el que llevó adelante la presidencia de Héctor Cámpora, lo tuvo en primera línea, cuando se hizo cargo de la dirección de Canal 7. Pero el proyecto de ese país duró tanto como su cargo: 56 días. Después, fue la vuelta al arte: el guión de La Raulito, la actuación en Quebracho. Y la lucha sindical, asumiendo como secretario general de la Asociación Argentina de Actores.
El golpe del ’76 lo condenó al exilio. Fueron los años en Venezuela: siete por la fuerza, poco más de diez preparando la vuelta. En 1993 regresó al país. Volvió escribiendo, dirigiendo, actuando y comprometiéndose políticamente con aquel proyecto de país que nunca olvidó.
Aquella tarde, después del café, mientras crecía el aroma del tabaco Dunhill y la tormenta dejaba de ser amenaza para ser realidad, Gené miró por la ventana y habló de la muerte: “Es la misma sensación de haber pasado un veraneo fantástico. Llega el otoño, se van los veraneantes, cambia el clima. Chéjov, ¿no? Puro Chéjov. Uno mira todo y sabe que se tiene que ir. Así”.

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