La idea era ambiciosa: intentar una narración desde las artes visuales de aspectos centrales de la vida política argentina, en el marco de la celebración del Bicentenario. Una de las tres muestras con que el Museo Nacional de Bellas Artes se ocuparía del tema debía apuntar a la obra de un solo artista, el más grande de todos, las otras dos serían colectivas. El plástico elegido para la muestra solista resultó una fija: nadie puede discutir que ése es el lugar que ocupa por amplio consenso el pintor rosarino Antonio Berni. La excepcional muestra que por seis semanas aún está colgada en el Museo Nacional de Bellas Artes (Av. del Libertado 1473), con entrada gratuita, es un inmejorable homenaje del Estado Argentino a un hombre que no se cansó de dar batallas, desde el caballete, contra los hipócritas, los avestruces, los explotadores, los snobs, los tilingos, los idiotas útiles, los aburridos y los mercenarios, utilizando para ello todos los lenguajes a sus alcances, para encontrar a menudo la belleza donde otros ven solo marginalidad. Aquí terminaron reconociéndolo por la fuerza, luego de sus éxitos en el extranjero, como solía suceder en aquel país que también se llamaba Argentina.
No es una forma de decir que Berni (1905-1981) eligió vivir en una sociedad repleta de conflictos. Cuando ya era un proyecto de gran pintor, por ejemplo, pudo haberse quedado para siempre en París, acunado por los elogios de la crítica, tomando café con sus amigos famosos (entre ellos Max Jacob, André Bretón y Louis Aragón) como mandaba el manual de las clases influyentes argentinas. Su pasado de paisajista y luego sus tuteos con el impresionismo hubiesen ido convirtiéndose de a poco en recuerdo, e imbuido de los nuevos aires del dadaísmo y el surrealismo, podría haber cumplido con el sueño de muchos artistas latinoamericanos. Pero las noticias que le llegaban por cartas desde la Argentina terminaron por cambiarle el destino: cuando comenzaba la Década Infame, regresó al país, sin saber que su obra se convertiría en una referencia ineludible del arte político latinoamericano, como las del brasileño Emiliano di Cavalcanti o los maestros muralistas mexicanos (Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros).
Hay varios Berni en Berni, incluso uno cercano al pop art, producto de su estadía en una convulsionada Nueva York en los años ’70, pero podría pensarse que todo Berni estalla en una de sus obras más impresionantes, Manifestación . Este cuadro es el más importante de los trabajos que le generó su retorno a la Argentina, para vivir en Rosario, su ciudad natal, mientras millones de trabajadores descubrían en los años ’30 que los golpes militares no sólo tenían bastones largos, sino también políticas económicas. La obra sigue produciendo un estremecimiento: el dolor en las miradas de esos quince rostros que en ningún caso miran al espectador grita en silencio la ausencia que mucho más atrás recuerda en palabras un cartel. El cartel dice “Pan y trabajo”. “El artista está obligado a vivir con los ojos abiertos –explicó Berni–, y en ese momento, la dictadura, la desocupación, la miseria, las huelgas, las luchas obreras, el hambre, las ollas populares crearon una tremenda realidad que rompía los ojos.”
El recorrido por las 31 obras que seleccionaron los curadores Roberto Amigo y Martha Nanni junto al director del Museo, Guillermo Alonso, permite recordar que lejos de hacer panfletos a partir de su visión del mundo, el autor se obligó a denunciar sin perder de vista ciertas obligaciones con la belleza. En su visión, el arte abstracto también podía ser el refugio de los cobardes y los cómplices. La muestra está montada a partir de obras propias, del Museo Sívori de la Ciudad de Buenos Aires, de colecciones privadas, del Museo de Arte Moderno y del Malba, que aporta nada menos que Manifestación (1934) y el magnético La mujer del sweater rojo (1935). Para Amigo es clave entender que Berni tuvo una fortaleza ejemplar sobre el valor de las imágenes para intervenir en la historia sin ser devorado por ella.
Manifestación está pintado sobre bolsas de arpilleras de grano grueso, utilizadas originalmente para el transporte de azúcar por la compañía Mercedes, de Tucumán. En ese momento, y después de haber leído a Marx y Freud durante sus largos años en Europa –hacia donde había viajado ayudado por becas del Jockey Club de Rosario primero y del gobierno santafesino– Berni había iniciado un romance con las ideas del socialismo revolucionario, aunque nunca llegó a afiliarse a un partido. El último que intentó seducirlo fue el maestro Osvaldo Pugliese, en nombre del PC, en los primeros años ’70, cuarenta años después de los primeros trabajos de realismo social de su carrera. “Dejémoslo así, estoy mejor sin afiliarme”, le contestó.
Su pintura tuvo permanente relación con los cambios del mundo, pero a su vez mantuvo los pies en la fuente de la realidad nacional. De ese desvelo, y de su ternura, nacieron Juanito Laguna y Ramona Montiel, dos personajes inventados por su pincel que, de una manera atípica para la plástica, adquirieron vidas independientes: sobre ellos se han hecho desde canciones a películas, pasando por poemas y ensayos. De Juanito Laguna, dijo que no era un pobre chico, sino un chico pobre. Su fe en el hombre, sin embargo, no era a prueba de balas. El mundo del negocio de arte, por ejemplo, lo asqueaba. También había un Berni que se enfurecía ante la realidad de que los cuadros en que expresaba los dolores del pueblo iban a parar a los museos para pocos o a las colecciones de los que ganan dinero explotando a sus semejantes o cobrándoles aranceles u honorarios que los harían enrojecer, si aún tuvieran conciencia.
En el apogeo de su fama mundial, aceptó concurrir a un programa de televisión que se transmitía desde el Centro Pompidou, en París. Había plásticos de buena parte del mundo y el entrevistador sacaba conclusiones sobre sus respuestas. Para Berni, las sandeces eran tantas que en un momento, se paró y se fue. Cruzó delante de las cámaras y abandonó el estudio en vivo. Esa fue su opinión. La fama le había llegado luego de la obtención en 1962 del Gran Premio de Dibujo y Grabado de la Bienal de Venecia, el primer gran galardón internacional conseguido por la plástica argentina. Otorgado antes a genios como Marc Chagall (1948) o Joan Miró (1954), ese premio lo convirtió en un peso pesado para los europeos e inició el afán internacional por su obra. En los tumultuosos años ’70, siendo un sexagenario avanzado, se entusiasmó con el mundo del rock y llegó a compartir veladas con personajes como Tanguito , aunque sus afinidades estéticas estaban más cerca de Astor Piazzolla, Osvaldo Pugliese, Mercedes Sosa, Cipe Lincovsky, Iris Scacheri o Cecilio Madanes.
El que se pierde esta muestra, no sabe lo que se pierde.
