Se acaban de cumplir siete años de vigencia del “Consenso de Buenos Aires”, magnífico documento político y programático fruto del genio de dos grandes estadistas latinoamericanos con dimensión histórica: el presidente Lula y nuestro querido compañero Néstor Kirchner.
Mal que les pese a quienes pretendieron calificarlo como un catálogo de “buenas intenciones” en el momento de su creación, pronosticando la imposibilidad de su cumplimiento, el “Consenso de Buenos Aires” continúa vigente como la brújula orientadora de los procesos de integración regional basados en el desarrollo interno, la lucha por la equidad distributiva, el desarrollo científico y tecnológico, la creación de empleo decente, las políticas de reinserción social, las jubilaciones dignas y la ampliación de las políticas de protección social del Estado.
Pero además y sobre todo, el documento significó la defunción de aquel otro “consenso”, el de Washington, que presidió la época “dorada” del neoliberalismo en los años noventa postulando la “autorregulación” de los mercados, la privatización de los activos públicos, la apertura indiscriminada, con su secuela de millones de excluidos y de enajenación de la soberanía política y económica de nuestros países. Podría decirse que en el contraste entre los dos “consensos” está la clave de la lucha política nacional e internacional en estos días.
Donde el canon neoliberal propugnaba una integración regional exclusivamente concebida como zona de libre comercio, Lula y Néstor K plantearon la integración como un gran proyecto político, centralmente dirigido a asegurar el protagonismo de nuestra región en el mundo global y a impulsar el desarrollo social y económico con libertad y justicia social. Sobre estas bases se recuperó el dinamismo del Mercosur con una nueva agenda: la creación de los fondos estructurales, el código aduanero común, la eliminación del doble cobro de aranceles, los proyectos de infraestructura en común, el proyecto en marcha de la ciudadanía Mercosur, la ampliación de sus miembros y los proyectos de integración productiva en marcha.
Pero también Lula y Néstor fueron claves en el proceso de construcción política que llevó a la creación de la Unasur.
Unasur y Mercosur interactúan y se complementan. No puede haber una instancia política de articulación como la Unasur sin un soporte material de entrelazamiento económico-productivo como el que expresa –y tiene que expresar mucho más– el Mercosur.
Esta nueva concepción, permitió frenar al Alca tal como fuera concebido en tiempos de Bush: un acuerdo desigual, de consolidación de las asimetrías y de perpetuación de nuestro atraso estructural.
Diariamente desfila ante nuestros ojos el último gran fracaso de las políticas del Consenso de Washington. Lo vemos en los ajustes brutales en España, en Francia, en Grecia. Lo vemos en el colapso del modelo de Irlanda, que nos presentaban como el milagro económico de fines del siglo XX. Los que vendían esa mercadería en mal estado hoy están a la defensiva en nuestros países, aunque anuncian todos los días la proximidad del caos y el fracaso de nuestras economías. Invocan la apertura al “mundo” y el “fin del aislamiento”, cuando ese mundo vive hoy la crisis más profunda del capitalismo global de las últimas cuatro décadas.
Por el contrario, nuestra región, aunque se vio afectada por esa enorme crisis, morigeró sus impactos y salió relativamente indemne. Nuestra experiencia tiene lecciones importantes para los países que hoy sufren la peor parte en este gigantesco desajuste de la economía global. No es por el camino del ajuste, de la pérdida de empleos y las privatizaciones que se sale de las crisis. No es por el lado de la apertura indiscriminada. Hace falta un rol activo del Estado.
Lula y Néstor, como hoy Cristina y en pocos días Dilma, no son aventureros ni demagogos, son transformadores del mundo realmente existente. Saben trabajar en el contexto de las relaciones de fuerza reales. Reconocen el mundo global y procuran hacer pesar los intereses de nuestros pueblos en ese mundo y no en uno de fantasía.
Sin embargo, todavía estamos en deuda con el Consenso de Buenos Aires. Todavía la integración no es una causa popular mayoritaria; no se ha construido la base de sustentación cultural que lo haga irreversible. Esa es la tarea que tenemos por delante.
Los argentinos valoramos el rol que en este proceso jugó Brasil y ese presidente de proyección histórica que es Lula da Silva. Y estaremos eternamente agradecidos a ese gran patriota que fue Néstor Kirchner.
