Silvia se levantó temprano y lloró cuando se enteró mirando la televisión. El que lo cuenta y habla es su hijo Gabriel, de 21 años:
–Kirchner no es nuestro amigo ni nada, pero lo sintió así, estamos re mal acá.
“Acá” es la tarde del barrio Carlos Gardel, partido de Morón, tierra que supo ser villa y hoy es barrio a partir del plan de 482 viviendas que le permitió a los vecinos tener su propia casita de material. Es barrio porque la urbanización también trajo servicios de agua corriente, cloacas, electricidad y gas natural, apertura de calles, alumbrado público, parquización, impuestos que los vecinos empezaron a pagar mensualmente. Aquí, el último 21 de septiembre vinieron la Presidenta y Kirchner, en un acto de inauguraciones varias y entrega de netbooks.
Silvia ahora –tres de la tarde del miércoles– está a las puteadas porque la censista no viene, y ella se quiere ir a Plaza, con sus hijos.
–La voy a hacer re corta, voy a poner un cartel en la puerta que diga “acá somos siete”, y me voy a la Plaza de una.
Adentro, el sol entra por una de las ventanas y marca la luz y la sombra. Algunos de sus seis hijos miran televisión y comentan lo que dicen los políticos entrevistados. Afuera, con el griterío de fondo que viene del desafío que se juega en la canchita pegada a la capilla, tres pibes fuman un porro que acaban de comprar y le chiflan a una censista morocha y de flequillo que pasa por la esquina. Uno de ellos, tatuado, de pelo corto, arriba de una bici, dice: “Mal ahí lo de Kirchner, ¿no? ¿Sabés lo que sería esto si estuviera Duhalde? Nos matarían al triple de pibes que se matan hoy”.
Desde la puerta, Thiago, de cinco años, le dice a Silvia: “Mami, ya hay cuatro cuadras de gente”, y se mete adentro. Habla de la Plaza; sabe que lo van a llevar.
Silvia había salido a pedido de los pibes. La llamaron para saber si ella, treintañera, recordaba el censo de 2001. “La última vez no vinieron a muchas villas. Decían ‘Éstos están en el medio de la selva, o son veinte tribus locas’”, les contó a los pibes, que para 2001 deberían tener 9 ó 10 años.
De este lado del barrio la canchita de la capilla separa los monoblocks de la zona de casitas. Por ahí anda caminando el Monito. Tiene 24 años y vive en los monoblock 10; es uno de los censistas del barrio. Le tocó la zona de los edificios, y dice que la gente lo esperó con vasos de jugo, y que algunos llegaron a buscarlo en su casa para que los censara.
–¿Cómo tomó la gente del barrio la muerte de Kirchner?
–La gente del barrio lo lloró mucho. Se sintió mucho. Es que acá se pisó barro durante treinta años y las casas del plan de viviendas son un lujo, la gente cambió mucho, está contenta, es otra cosa vivir así.
En el televisor de la casa de Silvia aparece Julio Cobos.
–No le creas nada. Triste no está… Tiene unas ganas de reírse. A la que sí la ví congojada es a Michetti, Michelli, ¿cómo es?
–¿Se puede realmente percibir que el barrio está contento con la gestión?
–Sí, más con Cristina que con él –se mete Gabriel–, ¿sabés cuando lo noté? El otro día en la canchita con los pibes, loco. Los guachos colgaron a hablar entre ellos. Está bien, estarían re fumados, todo lo que quieras. Pero decían: “Ojalá siga esta mina, sino en un barrio como éste, ¿sabés qué?”.
Ahora, el entrevistado es Federico Luppi. Habla en Canal 7 y cuenta del día que Néstor ordenó bajar los cuadros de Videla y Bignone. En la casa se hace silencio y se escucha la voz de Kirchner diciéndole “proceda” al teniente general Roberto Bendini.
Silvia sale caminando a tomar el colectivo que la lleve a la Plaza. A la espera del censista queda una de sus hijas, la de 16. Gabriel camina hasta la vuelta para comer en lo de la abuela. En el jardincito de la puerta hay una moto, de esas que se usan para repartir pizzas. En la esquina, sentada, una censista toma apuntes y una vecina –al ver a dos chicos pasar corriendo– dice que vienen de robar.
La casa de la abuela es de paredes amarillas. Entrás y la escalera está a la izquierda, en la punta; arriba están los cuartos. Hay una tabla de planchar repleta de ropa y otras cosas apoyadas. No se ven cuadros o decorados. Atrás de la cocinita hay un patio. En la mesa se sirvió jugo de naranja, que cuando se termine será reemplazado por uno de durazno. El pan falta porque hoy estuvo todo cerrado. La abuela, mientras sirve ñoquis con pollo para sus tres nietos, comenta: “Ahora van a querer sacar los planes, las asignaciones por hijo, todo”.
–El pueblo tiene que salir a defender lo que es suyo, papá. Ésa es la que va, nosotros, por ejemplo, defendiendo estas casitas, responde Gabriel, ya sentado a la mesa.
El Monito también contó que cuando censaba, los vecinos no ocultaban el miedo a quedarse sin los puestos de trabajo de las cooperativas del barrio. Especialmente los pibes, que a partir de las oportunidades de laburo brindadas cambiaron el tipo de vida que supieron llevar.
–Noté miedo. Me decían que si se va la presi se acabaría todo. Va a haber que apoyarla porque desde que tengo noción nadie hizo las cosas que hizo este Gobierno por barrios como el nuestro.
–No es joda, uno porque está tan… La humanidad misma está tan hecha mierda que los poderosos se cagan de la risa. Pero dio la vida eh, porque el chabón les hizo cerrar el orto a todos.
–No lo podían voltear, dice Luis, de 19, el dueño de la moto de la puerta. Hizo cosas por el pueblo, salió a decirle a un monopolio: ustedes… están re sucios.
–Ya lo habían internado dos veces –agrega la abuela–, no pensé que estaría tan mal…
–Es como que en el medio de la batalla, antes de salir a pelear, el chabón murió, ¿entendés? Le tiraron tanta mierda. Hay maldades re piolas eh, ¿sabés la de muñequitos que deben haber pinchado?
La abuela es la que menos habla. Recién se levantó a pedido de los que quieren repetir. Son ñoquis caseros, esos que sólo pueden salir de las manos de la abuela. Habla poco. Después está Nadia, de 18, que directamente no habla, escucha, come, se ocupa de su hijo de 10 meses.
Acompaña la tele, rodeada de un mueble repleto de casetes de audios, de los viejos. Un conductor de noticiero que nadie de la casa conoce presenta a Florencia Peña. Peña, a minutos de la entrevista se refiere a los periodistas “muy crueles”. Y la abuela, insegura, imaginando la respuesta de su nieto, pregunta: “¿Será tan así?”.
–Abuela –dice Gabriel–, ¿vos crees que la gente es buena? ¿Vos crees que la gente de plata es buena? ¿Qué los empresarios son buenos, tienen buen corazón? Los periodistas que ganan fortunas por decirle otra cosa al pueblo, ¿también? A ellos les viene re bien que la gente piense como vos. Como dice la Biblia: “Es más fácil que entre un camello en la cabeza de un alfiler, a que un rico entre en los cielos”. ¿La sabían a ésa?.
