El dolor de los enfermos

Los 33 centros de salud municipales muchas veces deben compartir un único anestesista. Por eso, algunas intervenciones quirúrgicas se demoran meses.
La muerte de un bebé en el Penna y el procesamiento a tres médicos del Santojanni actualizaron un problema que se torna cada vez más dramático: la ausencia de anestesistas en los hospitales porteños.

Edimburgo, diciembre, 1847. Un obstetra llamado James Simpson se acerca a su paciente embarazada y le coloca una mascarilla sobre el rostro. La paciente inhala: es cloroformo. En pocos segundos su cuerpo se relaja, se duerme y se torna distante. Lejos del dolor, la paciente da a luz una niña. Cuando despierta del parto, echa por tierra todos los nombres y se queda con uno: “Va a llamarse Anestesia”, dice.
Y se llama Anestesia.
Pasó más de un siglo y medio desde entonces. Pero no para todo el mundo. Y es que cinco generaciones después de la llegada de Anestesia, buena parte de las mujeres que dan a luz en hospitales públicos de la Ciudad de Buenos Aires lo hacen a la vieja usanza: sin sedación. ¿La razón? Prácticamente no hay anestesistas. Los 33 centros de salud municpales muchas veces deben compartir un único profesional. ¿La consecuencia? Los casos de urgencia –entre ellos, cesáreas– no pueden ser operados; se postergan intervenciones programadas con meses de anticipación; las mujeres dan a luz como a principios del siglo XIX y alguna gente se muere.
Eso quedó en claro con dos episodios que se dieron este mes de junio: por un lado, la Cámara de Apelaciones ratificó el procesamiento contra tres médicos del Hospital Santojanni por no haber practicado una cesárea en el año 2008 –dada la falta de anestesiólogo– lo que derivó en la muerte del bebé. En segundo lugar, según revelaron algunos medios esta semana, otro niño habría fallecido semanas atrás en el Hospital Penna por idénticos motivos.
Estos episodios de abandono de persona devolvieron a la agenda mediática un tema que en rigor no es nuevo. Hoy, y desde hace varios años, cualquier paciente que deba operarse en un hospital porteño quedará en el medio de una batalla ajena y potencialmente definitiva: la que involucra al Gobierno de la Ciudad y a la Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires (Aaarba). Por un lado, la voz oficial denuncia que Aaarba certifica pocos especialistas por año, una dosificación que –pura ley de oferta y demanda– permitiría a la corporación exigir salarios más altos que los del resto de los médicos. Por otro lado, desde la Aaarba aseguran que la falta de anestesiólogos en la órbita pública se debe a la lentitud con la que salen los nombramientos y a los brutales atrasos con los que el Estado paga algunas de sus obligaciones.
“El año pasado, catorce anestesiólogos pasaron a trabajar como suplentes de guardia para hacerse cargo de las guardias desocupadas, y un año después aún no cobraron esas guardias”, dijo el jueves pasado Marcelo Campos, vicepresidente de la Aaarba, durante su única presentación pública, ocurrida en el programa El Juego Limpio de Nelson Castro.
“Es que hay muy pocos anestesistas. Voy a pedirle a Jorge Lemus que hable con la gente de la Asociación (de Anestesistas) a ver si tienen alguna idea de cómo agilizar los plazos” se desvinculó el miércoles 23 de junio el jefe de gabinete porteño, Horacio Rodríguez Larreta, entrevistado por Radio Mitre.
Y en el medio la gente se muere.

Bueyes solos. Los anestesiólogos son gente solitaria. El estado de ánimo no es una consecuencia del azar, sino de un hecho muy concreto: a diferencia de otros médicos, el anestesiólogo –cuando trabaja– no puede abandonar a su paciente ni un minuto. Su función consiste no sólo en elegir el mejor método de sedación para el paciente, sino también en controlar goteo, saturación de oxígeno y signos vitales mientras esté bajo efectos de la anestesia. “Si un anestesiólogo se integra socialmente, es porque no está haciendo bien su trabajo”, define un médico del Hospital de Niños Dr. Ricardo Gutiérrez. Y sugiere que esta dinámica laboral podría entenderse como el origen de un sistema corporativo que hace del comportamiento antisocial su mayor fortaleza.
La Aaarba es la única asociación que negocia sus convenios laborales por separado dentro del universo médico gremial. A diferencia de las otras especialidades, el 95% de los anestesistas cobra a través de la Asociación, bajo criterios muy particulares: la Aaarba les retiene casi un 20% de su sueldo –mientras que a las otras especialidades se les retiene un 6%– pero a cambio les ofrece negociar salarios que triplican los de un médico común y fija un arancel que impide la competencia desleal entre profesionales de la misma especialidad. La mayoría acepta el trato sin mucho entusiasmo: no hay opción. De lo contrario, quedan condenados a trabajar en lugares desprestigiados y pequeños, una dinámica que llevó a la Comisión Nacional de Defensa de la Competencia a acusar a la Aaarba de “abuso de la posición dominante y actitud monopólica”.
Este sistema sólo puede sostenerse con una cantidad moderada de profesionales bajo el ala de la Aaarba. “Entre las varias potestades de la Asociación, está la de decir ‘este año formamos equis cantidad de anestesiólogos’ –explica Guillermo Muñiz, médico psiquiatra del Hospital Álvarez y miembro del comité ejecutivo de la Asociación de Médicos Municipales–. La consecuencia es significativa. Si nosotros necesitamos 500 anestesiólogos ya, ellos presentan 50 y, a escasez de oferta, negocian mejores aranceles. El criterio de la Aaarba es mercantilista y no tiene nada que ver con la preservación de salud de la población. El problema es que esto está avalado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires”.

El dolor es estatal. Se estima que hay 20 anestesiólogos habilitados para una residencia por año. Sin embargo, esta aparente escasez no se siente en los sistemas de salud privada, lo que hace pensar que más que un tema de número hay un problema de gestión por parte del gobierno de Mauricio Macri. Por un lado, hay quejas respecto de la lentitud de los nombramientos: un anestesiólogo puede tardar un año en ser nombrado, y eso lleva a priorizar un cargo en el sector privado.
En segundo lugar, se reclama que el gobierno, ante el monopolio de la Aaarba en la formación de anestesiólogos, no arme escuelas de formación que puedan romper esa dinámica.
Y en tercer lugar están los atrasos en los pagos, un problema que quedó al descubierto el año pasado, cuando el Ministerio de Salud hizo un acuerdo con la Aaarba para que garantizaran un mínimo de 50 anestesiólogos en las guardias del sector público. Esas guardias aún no fueron abonadas. “El gobierno no cumplió, y eso hace que naturalmente se caiga todo tipo de acuerdo –opina el doctor Guillermo Muñiz–. Las demoras en los pagos no son demoras: son hechos políticos. Por este motivo, en muchos hospitales varios días de la semana no hay anestesiólogos. Sólo que la gente se entera cuando sucede alguna situación complicada. Estoy en contra de las corporaciones, pero acá la mayor responsabilidad le cabe al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, que tiene a todos los profesionales de la salud trabajando por sueldos miserables”.
Este tipo de desinteligencias tiene consecuencias concretas y habituales. Una de ellas la explica un médico del Hospital Dr. Ricardo Gutiérrez: “Si un anestesiólogo tiene que operar a dos chicos, pero luego de operar al primero ve que su horario de trabajo va a terminar en la mitad de la operación siguiente, se niega a hacer la segunda operación”. La consecuencia es que hay miles de niños en lista de espera para ser atendidos. Estos retrasos no afectan sólo el área quirúrgica: las tomografías computadas, por ejemplo, se hacen con sedación en el caso de los bebés. “Se puede entender la lógica con la que funcionan: al no poder vivir con un sueldo público y tener un empleo también en otra clínica, evidentemente deben cumplir con ese horario –reflexiona el médico del Hospital Gutiérrez–. Pero, de todas formas, más allá de las formalidades, si te ponés a pensar no entendés cómo hacen para irse”.
En el medio de esa confusión, en la ciudad de Buenos Aires aumentó el índice de mortalidad infantil por primera vez en cinco años.

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