El hambre y la tecnología

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Año 5. Edición número 194. Domingo 5 de febrero de 2012

Los seres humanos comenzaron a alejarse de su condición de cazadores y recolectores hace unos 12.000 años. Fue entonces cuando debutaron la agricultura y la ganadería, como actividades progresivamente centrales para asegurar la alimentación de una comunidad.
Los estudiosos de varias disciplinas hoy acuerdan que hubo cuatro centros principales y dos secundarios en que se comenzó a trabajar la tierra y desde allí se diseminó la práctica al resto del mundo. Los cuatro primeros fueron Siria-Palestina, el sur de México, el norte de China y Papua-Nueva Guinea. Los otros dos se ubican en los Andes peruano-ecuatoriano y en la cuenca media del Mississipi en Estados Unidos.
En todos los casos, el origen fue la escasez de caza y de leña provocada por la presión creciente de la población sobre el medio.
Desde allí, hasta el siglo XVI, toda la evolución de la humanidad tuvo como limitante casi central su capacidad de producir alimentos para toda la población. Los imperios –griego, romano o toda potencia hegemónica posterior– ocuparon territorios en buena medida por su capacidad de someterlos a la producción de alimentos para exportar a las metrópolis. La existencia de las ciudades implicó que sus habitantes debían ser abastecidos por excedentes de la producción de los que vivían en el campo, lo cual planteó límites concretos a su crecimiento y exacerbó las ansias guerreras para conquistar otras tierras.
En todo ese largo período, los aumentos de productividad de la tierra se debieron básicamente a:
Diseño de herramientas simples que permitían eliminar las malezas y sembrar las semillas.
Pasaje de la tracción humana al uso de animales.
Utilización de las deyecciones animales para recuperar la fertilidad de suelos sembrados antes con cereales.
Ciclos de rotación que fueron achicando progresivamente la fracción de tierra que se dejaba ociosa hasta eliminarla por completo.
Acumulativamente, estos cambios –a lo largo del tiempo– apenas triplicaron la productividad de la tierra, aunque requirieron bastante menos personas ocupadas. Una evolución tan lenta hizo que hubiera defasajes importantes entre oferta y demanda de alimentos. La crisis más seria –aunque de ninguna manera la única– se produjo en el siglo XIV donde el hambre y luego las pestes asociadas redujeron la población europea en un 50%, llevándola a los niveles del siglo X.
En el siglo XVI, como se dijo, se generalizó en Europa y en su área de influencia el uso de tracción animal, la fertilización con guano, el mejor riego donde fuera posible y la rotación con utilización plena de la tierra.
Aparecieron así los excedentes. No en todo lugar ni todo el tiempo, ya que persistieron algunas hambrunas, pero con frecuencia muy declinante.
Con los excedentes apareció la posibilidad de liberar el crecimiento de las ciudades y disminuir progresivamente la población aplicada a la agricultura. París era la ciudad más grande de Europa en el siglo XIII y tenía 100.000 habitantes que podían ser atendidos por la cuenca triguera y ganadera de alta productividad relativa que la rodeaba.
Con los excedentes, también apareció el negocio en gran escala; casi diríamos el capitalismo agrario, donde el acopio de tierras y los empleados asalariados constituyeron una nueva forma de producción en reemplazo de la producción de subsistencia, fuertemente comunitaria.
Sin embargo, sólo a fines del siglo XIX –cuando llegó la selección genética, el uso de fertilizantes sintéticos y el tractor y cosechadora a motor– se dispuso de una tan alta productividad que presentó la primera crisis ya no por falta sino por exceso de alimentos. Como ya no se producía principalmente para el consumo local sino para el mercado, apareció el primer derrumbe generalizado de precios de toda la historia humana.
Desde entonces, la tecnología siguió aumentando la productividad, aunque el efecto fue mayor en la reducción del trabajo necesario, antes que en el aumento de los rendimientos por hectárea. Se desplazó más y más gente hacia las ciudades –sobre todo por falta de demanda laboral en el campo–, convirtiéndose en consumidores absolutos, que no producen proporción alguna de su alimento.
Después de tan largo camino, hoy la humanidad se enfrenta a una situación con algunos rasgos inéditos: hay varios países ricos con déficit de alimento, por sus condiciones naturales y su muy alta urbanización, que salen a buscar tierras en otros continentes para asegurar su consumo. No es conquista armada, pero es dominio económico en la globalización.
Hay muchos otros países, que albergan más de 2.000 millones de personas, que son pobres y además no producen suficientes alimentos, porque allí no llegó buena parte del avance tecnológico del último siglo. Esos países son incentivados a especializarse en productos de exportación para los países ricos y así cubrir sus necesidades básicas con las divisas que esas ventas generan. No saben ni pueden –diría: no se les permite– organizarse para producir en su lugar lo que necesitan. Para ello hace falta quien les transfiera tecnología y eso no forma parte de la lógica del capitalismo global. Esto vale hasta para fracciones de territorio de países exportadores fuertes de alimentos, como el nuestro.
Esta es la nueva contradicción global de la humanidad en busca de su alimento. El mercado malordenando la satisfacción de una necesidad básica y nada en la historia para aprender, salvo poner la calidad de vida de la comunidad por encima del lucro.

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