El hermano mayor

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Año 5. Edición número 195. Domingo 12 de febrero de 2012
Opinión

Una de las tantas posibilidades que brindaba tener un hermano mayor en los ’60, cuando los padres formaban el límite a traspasar, era la de aprender a endurecer las opiniones propias oponiéndose de manera sistemática a alguien que ostentaba un respetable grado de autoridad pero pertenecía, de manera indudable y maravillosa, a la misma generación que uno. Eso debió ocurrir la tarde de octubre cuando Carlos (ese hermano mayor de 17, ahí de la adultez allá en 1969) puso en el Winco el simple de vinilo de un grupo que se llamaba Almendra, formado por cuatro tipos –hombres, en el universo de un pibe que estrenaba los 13– de casi su misma edad. Pero eso no ocurrió. Allí estalló otra de las posibilidades que brindaba tener un hermano mayor en los ’60: endurecer las opiniones haciendo tándem generacional con alguien que ostentaba aquella autoridad respetable mencionada. Era el “Tema de Pototo” en el lado A, la reedición de la canción editada un año atrás y que habíamos escuchado en el primer long play de Leonardo Favio sin prestarle demasiada atención, inmersa en el bolerismo de “Fuiste mía un verano” y el “o quizás simplemente le regale una rosa” y escondida bajo el título de “Para saber cómo es la soledad”, que pertenecía a los últimos coletazos de actualización musical de nuestros viejos. Era “Final” en el lado B. Y era el silencio de los dos en la pieza, aquella tarde de octubre, dando vuelta una y otra vez el disco para escucharlo de nuevo y entender que no habría discusión posible. Que ahí estaba la confirmación de una banda sonora para la película callejera que protagonizábamos en aquellos años cada uno por su lado. La banda sonora que habían arrancado Los Gatos y Moris menos de dos años atrás pero que, de la mano de Almendra, crecía poética y musicalmente hasta lo que aquella tarde nos dejó en silencio y, paradojas nacionales, nos llenaba de palabras y sonidos que, a partir de ese momento, ya eran nuestras.
No podría contar la cantidad de veces que caminé silbando “Final” (era imposible cantarlo sin imitar de manera patética la voz de Spinetta “grillos, plantas vengan hacia mí, yo también me dormí detrás de la gran ciudad...”) hasta la casa de mis amigos. Y tampoco podría determinar a ciencia cierta si lo que me producía tanta felicidad era ver a Eduardo Anetta, a Ángel Larrea, al Gallego Héctor Ramos o la canción sirviendo de telón de fondo a esa libertad.
A los dos meses, ni sé cómo (aunque supongo que las monedas de los vueltos que quedaban en nuestros bolsillos y no en el de nuestros viejos deben haber tenido un lugar destacado en la compra), en secreto nos regalamos para año nuevo el primer long play: el tipo, la lágrima, el ojo, la sopapa y “Muchacha” y “Figuración” y “Ana no duerme” y la sensación de que el mundo estaba cambiando. El mundo era, para aquel pibe de 13, la posibilidad de atravesar Villa Urquiza sabiendo que el respaldo de Almendra estaba ahí en cada esquina, las juntadas en el cordón de la vereda después de la cena para escuchar a Pedro Aníbal Mansilla anunciar en la Spica “la media hora de rock nacional” por Modart en la noche y “Laura va”, conseguir como sea la Pinap o la Pelo para saber más y la satisfacción de sacar la guitarra a la calle (hay que decirlo, Almendra, como nunca nadie antes, fue la posibilidad de sacar la guitarra a la calle) para intentar sin éxito esos acordes imposibles que Spinetta parecía inventar más allá del do-fa-sol con los que pretendíamos atrapar la sonrisa magnética de las pibas del barrio aunque todavía quedara demasiado grande el sueño de “hasta que por la ventana suba el sol”.
Después, con los años, Spinetta fue Pescado Rabioso, Invisible, Jade y eternamente El Flaco para otros pibes de 13 y de todas las edades. Después, mucho después, supe que en aquel Spinetta de Almendra ya estaba toda la poesía del Nuevo Cancionero Argentino con Armando Tejada Gómez y Hamlet Lima Quintana a la cabeza, todo el arte de componer sin red del Cuchi Leguizamón o Aníbal Troilo y toda la música de Charlie Parker o Miles Davis como si patearan ellos también por Corrientes y Uruguay. Después, cada uno de esos pibes que éramos, entramos en otras discusiones y aprendimos a endurecer las opiniones enfrentándonos a otras autoridades nada respetables. Pero llevamos, con la misma certeza de aquella tarde de octubre cuando estalló en el Winco Almendra, esa música de fondo que compuso el Flaco desde siempre y para toda la eternidad. Por eso, quizás, Carlos sigue tratando de sacar todavía esos acordes imposibles y yo, cada vez que lo necesito, silbo “Final” para sacarme de encima el esgunfie.

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