No existe cerco lo suficientemente alto para mantener oculto este debate. La de la soja es una controversia que interpela a toda la sociedad y con especial aspereza al sistema científico técnico. Los sectores pro y los anti en un diálogo de sordos, cruzan acusaciones. Es una antinomia en la que salud y calidad de vida se contraponen al éxito económico del campo, y en la que cada parte cita los estudios científicos que le conviene y omite mencionar los que no apoyan sus argumentos. En ese contexto, la sojización prolifera y pone en tensión a las identidades sociales, las culturas rurales, las políticas públicas de desarrollo y el comercio con la otra punta del globo.
“La soja y sus prácticas están cruzadas por polémicas con raíces profundas que convocan a múltiples actores a discusiones todas importantes: los riesgos de contaminación y la biodiversidad, el patentamiento y la mercantilización de la ciencia, y la diversidad biológica y cultural”, analiza Ana María Vara investigadora del Centro José Babini de Estudios de la Ciencia y la Tecnología de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín.
A esta forma de agricultura se la señala tanto como una imposición del mercado mundial, reproductora de inequidades sociales, como por la tecnología beneficiosa, columna vertebral de la recuperación económica del país. Se prevé que para septiembre, la tonelada de soja se venda a 367 dólares, con lo cual este año ingresarán al país 20.185 millones de dólares, con un aporte al fisco de 7.065 millones de dólares en concepto de derechos de exportación.
En 2010, los campos se fumigarán con un océano de 300 millones de litros de glifosato y cada tonelada de soja cultivada extraerá 80 kilos de nitrógeno, 33 de potasio y 8 de fósforo, entre otros nutrientes. “Con el monocultivo se destruyen las plantaciones autóctonas y se las reemplaza por cultivos para un mercado global. La tendencia es hacia la homogeneización de la producción de alimentos. Esta agricultura de escala es la puesta en práctica de una receta de agrotóxicos, que destruye la vida, la tierra y la vida de la tierra”, observa en diálogo con Miradas al Sur Jorge Kaczewer, miembro del Grupo de Reflexión Rural.
Cultivar es domesticar el tiempo. Pasar de la caza y la pesca a la previsión agrícola representó un salto cuántico. Pero desde el arado ancestral y el respeto a la Pachamama a la agricultura de escala industrial de hoy, se han dado al menos dos inflexiones. La primera fue la llamada “revolución verde”, aquel sideral incremento de la producción agrícola de los ’60. La segunda bisagra llegó en los ’90 con el paquete de la biotecnología. Jugando a ser Dios, en la asepsia del laboratorio, pistolas cargadas de genes intervienen en los cromosomas de los vegetales para transferir rasgos deseables, como, por ejemplo, la resistencia a un herbicida total como el glifosato. Nada de esto existía en el Jardín del Edén. Pero tiene sus beneficios: los nuevos tipos de semillas desarrollados por ingeniería genética se patentan y se licencian igual que un software.
Pasaporte al primer mundo. La revolución productiva generada por la siembra directa la hizo el ex secretario de Agricultura menemista Felipe Solá, que permitió a Monsanto traerla de los Estados Unidos e implantarla a velocidad récord. A caballo de una campaña de promoción para lograr una aceptación social, bajos costos y simplicidad técnica, el paquete tecnológico de este sistema de siembra era el pasaporte para que el país ingresara al primer mundo. Para el ingeniero agrónomo Alfredo Galli, ex técnico del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (Inta), “no hubo rigor científico. La soja entró por la ventana burlándose de las instituciones nacionales. Los estudios fueron presentados por la propia Monsanto, sin siquiera traducirlos ni contrastarlos. Primó el interés de la empresa”. En 1996, se autorizaron también otros cultivos transgénicos, como algodón y dos variedades de maíz resistentes a insectos. Ese año era transgénica sólo el 0,7 por ciento del total de la soja sembrada. A partir del 2002, el 100 por ciento.
En la Argentina el uso del glifosato es excluyente, casi no se usa otro herbicida. Los herbicidas han evolucionado desde los selectivos (para algunas malezas) a los de amplio espectro y finalmente los totales como el glifosato, diseñados para que eliminen toda vegetación con la que toma contacto. “Nos hicieron creer que era el menos tóxico para los seres humanos y el más amigable para el ambiente”, señala Kaczewer.
Efectos adversos. Hay quien puede decir que la biotecnología es inocua y confiable porque está detrás de las fermentaciones que producen vino, cerveza, pan, quesos y yogur. Pero la marea transgénica no es color de rosa. Si bien es escalofriante, la opacidad de la información y la falta de estudios en las universidades sobre efectos de agrotóxicos en humanos, días atrás, la Comisión de Investigación del Agua del Chaco fue la primera en confirmar oficialmente la relación entre los agroquímicos y el aumento de enfermedades en la localidad de La Leonesa, cerca de Resistencia. El ministro de Educación de esa provincia, Francisco Romero, le dijo a Miradas al Sur : “Desde las forestales, la de esta provincia ha sido una historia de expoliación irracional de los recursos naturales. En las últimas décadas, la tierra pública fue saqueada para plantar soja. En 1995 teníamos cinco millones de hectáreas de tierras fiscales y, en 2007, quedaban 600 mil. Aunque ya hemos logrado recuperar unas 600 mil que fueron vendidas ilegalmente, tenemos una deuda en la política ambiental. Por ejemplo, en la escuela rural de Cancha Larga, en el departamento Bermejo, donde han aparecido síntomas preocupantes en los chicos, estamos trabajando fuertemente en la educación ecoambiental y la organización social”.
Consultado por este diario, Enrique Martínez, titular del Instituto de Tecnología Industrial (Inti), aseveró: “No hay inocencia científica.Podrá haber ignorancia o indiferencia culposas, o acción u omisiones dolosas, pero en cualquier caso, los científicos y técnicos somos responsables ante la sociedad. Lo crítico es que la agricultura industrial prioriza el negocio por sobre la relación hombre-suelo. La actividad se ha simplificado al extremo de convertirse en extractiva, como la minería”. Martínez pone a la sojización en la mira y propone que desde el Estado se trabaje en “una ley del uso del suelo rural, que evite exponer a las tierras al riesgo de perder la fertilidad y convertirlas en un páramo y una normativa rigurosa para el uso de herbicidas y pesticidas”.
