El más grande
Tiene los ojos bien abiertos, sin parpadear. Está parado como un torero que espera el error del toro para clavar a fondo. Su guardia está baja, la boca a medio abrir, provocativa, y el torso tirado levemente para adelante. Puede descargar una serie interminable de golpes en tres segundos sin moverse del lugar, para después salir disparado. Puede retroceder pegando. Puede jabear con mano cambiada, desafiando todas las leyes del boxeo y quedando descubierto. Puede decirle una barbaridad a su rival y reír. O simplemente puede salir bailoteando hacia un costado.
Existieron boxeadores que con un par de características sobresalientes fueron campeones mundiales por años. Él las tenía todas y poseía una virtud más: sabía qué recurso iba para cada momento, “no soy un boxeador, soy un científico”, decía. Era cierto.
Debajo del ring, era mucho más guapo que arriba. No era su jab, era su boca la que “picaba como una abeja”. No era rudimentario y no tenía miedos, no le tenía miedo a quedarse afuera del negocio, ni a los periodistas, ni a los grandes medios. Tampoco a volverse pobre, ni siquiera le temía a su nación.
Alí era todo lo contrario a lo que se entiende por una estrella políticamente correcta, a lo Nadal a lo Beckam. Con los laureles colgados, decidió no alistarse en el ejército, ni siquiera para la foto. “En Vietnam nadie me dice negro como me dicen acá”, dijo en 1967. Se jugó todo en una sola mano. Fue condenado a prisión y a una multa de 10 mil dólares por negarse a ir a la guerra. Y corrió el riesgo de quedarse sin nada, como cuando sacaba su jab de frente, con su guardia baja y sin denunciar su perfil. Por eso fue el más grande: se bancaba con su cuerpo lo que decía con su boca y viceversa, en todo sentido.
El ángel de la bicicleta.Su madre, Odessa Clay, le había comprado una bicicleta para su cumpleaños número 8. Un día salió a andar por Louisville, Kentucky, su ciudad natal y vio que en el gimnasio Columbia se había armado lío, la estacionó y entró. Miró como se peleaban unos chicos sin intervenir. Cuando salió, su bicicleta no estaba. Llorando, le dijo al policía Joe Martín que se la habían robado. El agente, que por la tarde entrenaba a boxeadores jóvenes en el Columbia, lo invitó a sumarse. “Voy a venir para vengarme del que me robó la bicicleta”, le contestó.
Gloria. Alí supo de marketing inclusive antes de que existiese la palabra. Fue el primero en darse cuenta de que había un aparato llamado televisión y que el cambio de paradigma de la comunicación venía de allí. Los periodistas, desacostumbrados a los boxeadores con ese perfil, no lo pudieron ver. Incluso Julio Cortázar, aficionado al boxeo, lo trató de “bocón” y, como símbolo de lo que se suponía eran los boxeadores hijos de la TV, con más tendencia a las declaraciones que a las piñas.
Diez años después de que le robaran la bicicleta ya era campeón olímpico en Roma 1960 y desafiaba a la prensa con derrotar al campeón de peso completo, Sonny Liston.
Los periodistas, siempre atentos para encuadrar al personaje en el marco que prefieren, no podían creer que entrado 1964 caminara al lado de Malcom X y al mismo tiempo prometiera terminar a Liston. Pero lo hizo. Luego de ponerlo KO, se abalanzó y señalando al periodista del Miami Herald Edwin Pope, uno de los sus más feroces críticos, le bravuconeó “I told you, I told you!!” (¡¡Te lo dije, te lo dije!!). La conferencia de prensa posterior no fue menos: “Les voy a enseñar periodismo, ¿quién es el rey?”, les dijo a todos. En esa misma sala confesó que dejaba su “nombre esclavo” (Cassius Clay), que se convertía al islamismo y se pasaría a llamar Mohamed Alí. Tenía 22 años.
Bumaye! Pero, tal vez, la pelea que más simbolizó su grandeza fue el combate con George Foreman en Zaire, el ex Congo Belga. “Sí, estoy en África”, declaró al llegar. “África es mi hogar. Maldita América y sus ideas. Vivo en América, pero África es el lugar del hombre negro. Hace 400 años fui un esclavo aquí y ahora vuelvo a luchar con mis hermanos”. Los africanos lo adoraron. Alí, bumaye! (¡Alí, matalo!) fue el grito de guerra contra Foreman, a quien el mundo daba favorito, ante un Alí considerado un veterano de 32 años. Howard Cosell, periodista de ABC Sports, lo dio por terminado ante el prime time americano: “Ha llegado el momento de decir adiós para Mohamed Alí, no es el mismo de hace 10 años”. Alí le respondió desde África: “Cosell, dijiste que no soy el mismo que hace diez años atrás, yo hablé con tu mujer y me dijo que no eres el mismo de hace dos meses atrás”.
Alí trotaba por las carreteras de Kinshasa, se abrazaba con los nativos y les decía entre risas a los periodistas africanos que lo registraban. “Ya no soy el experimentado niño que peleó con Sonny Liston (…) Ya luché contra un cocodrilo, me peleé con una ballena, esposé rayos y truenos en prisión. En la última semana herí a una piedra, hipnoticé a un ladrillo y soy tan malo que hice enfermar a la medicina (…) Soy muy malo y muy rápido, tan rápido que anoche apagué la luz de mi dormitorio, le di al interruptor y estaba en la cama antes de que la habitación estuviese a oscuras.”
Cuando los periodistas de la prensa internacional lo chicaneaban por la bolsa del combate (5 millones de dólares para cada uno), soltó “los países entran en guerra para que sus nombres entren en la tapa de los diarios. Es mejor entrar en las tapas por el boxeo porque las guerras salen mucho más que 10 millones de dólares”.
En el combate, acaso el más promocionado de la historia, Alí salió a hacer todo lo contrario a lo que había prometido hacer ante el campeón, bailotear ante Foreman. En el primer round se le plantó de frente, con los ojos bien abiertos, sin parpadear. Parado como un torero que espera el error del toro para clavar a fondo. Su guardia baja, la boca a medio abrir, provocativa, y el torso tirado levemente para adelante. Y le pegó de frente, con la cara al descubierto, sólo para provocarlo.
Con el correr de los rounds se dejó castigar por un boxeador de 25 años que pegaba como una mula. En el octavo round, Foreman, exhausto, se le caía encima como si fuera una bolsa de papas. En una de las tantas veces que se tiró contra las cuerdas para atraer la furia del campeón, Alí encontró un hueco y le aplicó 11 golpes consecutivos (eso era Alí, un welter con puntería que peleaba en peso completo) y Foreman no se levantó nunca más. Notable.
No abundan en el deporte los héroes de verdad. Y los pocos que existen rara vez llegan a cumplir 70 años. Felicidades, Rey.
