Cuando asumió como jefe de Gobierno, jamás lo imaginó y ahora, que lleva dos años y medio de gestión, Mauricio Macri todavía no puede creerlo, pero es cierto. Su fuerza, el PRO, se está resquebrajando en sectores casi irreconciliables. Dentro de la Legislatura, la prolongada desatención del Ejecutivo porteño con sus propios legisladores ha empezado a dar sus frutos, especialmente para la oposición, que suma fortaleza gracias a los errores políticos del macrismo, la fuerza que empezó el año con 26 diputados en su bloque y que ha comenzado a desgranarse. El primer portazo lo dio Daniel Amoroso, el secretario general del Sindicato de Trabajadores de Juegos de Azar (Aleara) y ex diputado PRO. Su eco todavía resuena en el complejo tejido de alianzas y negocios que compone a la galaxia del PRO, una agrupación que pretende tener el funcionamiento de un partido, pero cuya única coincidencia parece ser la desconfianza que se dispensan todos los sectores que rodean al empresario.
Alrededor de Macri, confiaron que la partida de Amoroso no los tomó por sorpresa. “Mirá Daniel, no nos gusta que viajes en los vuelos de Francisco (de Narváez), no te podés mostrar de ese modo, a Mauricio no le gusta”, dicen que fue la frase que escuchó el ex presidente de la Comisión de Tránsito y Transporte cuando le llegó el reto de su jefe. Pero el diputado, por entonces integrante de la pata peronista del macrismo, les contestó: “Yo voy a donde me invitan, Mauricio nunca me invita y Francisco sí”. Con esa frase, selló su alejamiento. Hace diez días oficializó su partida y la creación del bloque unipersonal Unión Federal, el partido de De Narváez. Para el PRO la ida estaba prevista, pero ahora sus operadores no saben cómo evitar que se transforme en una sangría. La próxima a cambiar de caballo en medio del río es Mónica Lubertino, otra legisladora del PRO que ya les confirmó su partida a sus colegas de bancada. No lo haría sola, sino acompañada por, al menos, un edil más. El bloque que responderá al empresario colombiano es pequeño, pero su capacidad de daño es enorme. Con la salida de Amoroso, la bancada macrista se redujo a 25 diputados y podría achicarse a 24 o 23, un número que Mauricio Macri comenzó a padecer el 26 de mayo, cuando sus hombres se dieron cuenta de que no tenían los números suficientes para aprobar el aumento del Impuesto a los Ingresos Brutos. Ávidos de apoyo, los diputados macristas salieron a sumar adeptos y la cosecha casi termina en escándalo. El legislador opositor Martín Hourest habló de “compra de votos” y señaló a Diego Kravetz, jefe del bloque PJ, un espacio, por ahora, tan chico y tan dañino para el PRO como el de Amoroso. Su valor relativo está determinado por la dificultad macrista de alcanzar consensos con la Coalición Cívica y por la decisión del resto de la oposición de negarse a negociar con el PRO, un comportamiento que podría resultar letal para Bolívar 1 a la hora de evitar la conformación de una comisión que investigue la existencia de una red de escuchas ilegales dentro del Gobierno porteño. El caso, por ahora, tiene tras las rejas al ex jefe de la Policía Metropolitana Jorge Fino Palacios y al ex espía de la Policía Federal Gerardo Ciro James.
Pero al PRO no lo une el espanto. El escenario judicial de Macri es complejo y sus consecuencias políticas imprevisibles, pero eso no alcanza para evitar la fractura dentro de su fuerza. Los principales hombres de Mauricio dentro de la Legislatura se llevan pésimo. El jefe del bloque, Cristian Ritondo, no oculta su inquina contra el vicepresidente 1º del cuerpo, Oscar Moscariello, un conservador católico de extrema confianza de Macri y del ex embajador ante el Vaticano Santiago de Estrada, otrora vicepresidente del cuerpo y actual auditor porteño.
De Estrada es, desde que Macri no vetó el casamiento gay en la ciudad, uno de los látigos que utiliza el jefe del Episcopado, Jorge Bergoglio, para castigar la decisión que le sumó tantos puntos a Macri en las encuestas como los que le restó en su relación con la Iglesia. Para el Obispo, como le dicen al viejo embajador, el blanco móvil es el joven secretario general Marcos Peña, hombre de la ex vicejefa Gabriela Michetti y principal impulsor de la legalización del matrimonio homosexual. Peña no es el único que soporta la ira de sus compañeros de partido. El otro es el diputado Martín Borrelli, ex jefe de campaña del PRO y uno de los que menos diálogo tienen dentro del bloque.
En ese contexto, las pujas dentro del Ejecutivo porteño siguen solapadas: la ex vicejefa Gabriela Michetti, actual presidenta del PRO en la ciudad, sigue sin cruzar palabra con el jefe de Gabinete, Horacio Rodríguez Larreta. Mientras tanto, su ministro de Justicia y Seguridad, Guillermo Montenegro, único sobreseído en la causa de las escuchas, recibe un trato cada vez más frío e indiferente de parte del propio Macri, a quien las internas le preocupan un poco menos que la causa judicial que instruye el juez Oyarbide y que podría traerle más dolores de cabeza. Ya sabe que no puede saltar al vacío. La red institucional que lo podría sostener se achicó y está rota. Todo un peligro.
