El regreso de la república plebeya

Año 5. Edición número 201. Domingo 25 de marzo de 2012
Opinión.

Cada 24 de marzo hay algo en el pecho que te oprime y te vuelve a doler. Como un nudo en la memoria para que no olvidemos. Nos duele cada ausencia. Y al final de la jornada regresás del abrazo y las consignas en la Plaza del pueblo y te animas a decir: la vida es bella.
En los tiempos que corren, la Argentina sucede a toda marcha. La vida siguió andando después del desamparo, del horror, la humillación constante, el garrotazo en la espalda. Pocos preguntan cómo. Pero sucede. La vida nos empujó y empujamos a la vida con el último aliento que quedaba. Y amamos nuevamente, criamos hijos y conocimos otra gente y otros compañeros. Ninguno reemplazó a los que perdimos. No era el caso.
Lo cierto es que ahora sí, terminó la dictadura. La historia fija fechas en el calendario que son llamadas a ser un antes y un después de cada acontecimiento. Pero el almanaque no sabe de procesos tan complejos como los que vivimos.
El 24 de marzo de 1976 es el día en que se inicia la dictadura cívico militar de manera “institucional”. Pongámosle. Cierran el Congreso, echan jueces, ponen jueces, dejan jueces, prohíben partidos políticos y sindicatos obreros. Nombran a Videla presidente y a Martínez de Hoz, superministro de economía. Nombran gobernadores que son militares y civiles. Matan, secuestran y torturan a destajo. No se pagan horas extras para el exterminio. El terror no baja las persianas los fines de semana. Tampoco los feriados. Pero las causas que motivaron ese desenlace venían de más lejos.
De igual manera, las consecuencias letales del genocidio continuaron después que recuperamos la democracia y la república perdida, entre los basureros y los calabozos. Y entre los bancos y las financieras que siguieron administrando el botín de guerra de la deuda estatizada.
La dictadura empezó un 24 de marzo y terminó cuando asumió Alfonsín, el 10 de diciembre de 1983. Pero no hubo un punto-aparte, en términos absolutos. Ni antes ni después de ambas fechas. Los años ’90 lo demuestran. Julio López también. Recién ahora entendemos tal suceso. Y esa es la buena nueva. Descubrimos, al fin, que la guarida central de los dictadores no estaba en los cuarteles protegidos con alambres de púas y fusiles, sino en las oficinas alfombradas y remodeladas a nuevo del poder económico y mediático concentrado. La dictadura fue primero civil y, después, militar. Y no al revés. Los juzgados por crímenes de lesa humanidad, bien juzgados están. ¿Y Martínez de Hoz y su cría financiera? ¿Y el monopolio creado en plena dictadura? ¿Y los jueces, fiscales y secretarios colaboracionistas de los genocidas? ¿Y los religiosos que bendecían la picana y echaban agua bendita a los fusiles antes de un secuestro? ¿Y los médicos que asistían a las sesiones de tortura o envolvían al recién nacido para entregarlo al coronel y su mujer? ¿Y los empresarios que confeccionaban las listas de sus empleados “sospechosos” de subversión? ¿Y la banca financiera que robaba a cuatro manos en un país descuartizado?
No hablemos más de “complicidad civil”. Y si lo hacemos, deberíamos hablar de “complicidad militar” para ser ecuánimes, condenando el terrorismo de Estado. Ese templo cívico, que es el último reducto de la dictadura, ha empezado a derrumbarse por imperio de la política, de la democracia, de la memoria, la verdad y la justicia. Es la primera conquista que debemos a Néstor Kirchner.
La segunda es Malvinas. Sí, Malvinas. Porque hasta hoy, la causa mayor de nuestra soberanía era asociada exclusivamente al verde oliva de un uniforme militar. Digámoslo: la dictadura causó la mayor, la peor, la más dramática desmalvinización de tan digna causa. Con el gobierno de Cristina, Malvinas es un patrimonio de esta democracia que hoy tenemos. Está asociada a la paz, al respeto por las leyes internacionales, al respeto por la verdadera historia, asociada a la América latina. Ya no a una dictadura.
Malvinas no es una causa de soberanía territorial. Solamente. Malvinas es el decodificador de la América del Sur. Nos enseña la memoria del colonialismo. De los colonialistas y los colonizados por ajena o propia voluntad. Casi sin darnos cuenta hemos logrado lo que parecía imposible: Malvinas ya es una causa vital de esta democracia que venimos construyendo desde el 2003.
Crecimos escuchando que la política era el arte de lo posible, ¿acaso el kirchnerismo es el arte de lo imposible? La otra conquista sobre la dictadura es la Reforma de la Carta Orgánica del Banco Central. Ahora sí, cortamos amarras con la ley de gravedad que imponía el pensamiento neoliberal. Poder ser, como nación, soberanos económicamente, es poder restituir la espina dorsal de la democracia. Es el fin de la dictadura económica y el agotamiento de la democracia formal.
Para el final: cuando la oposición concentró sus fuerzas en el llamado Grupo A, conducido por Magnetto, Néstor Kirchner, en su rol de líder del movimiento nacional y popular, convocó a que se abran mil flores, mil agrupaciones, mil corrientes de opinión interna. Todo terminó en el triunfo de Cristina en el 2011, en la dispersión opositora y el caos conceptual del monopolio mediático.
Hoy, cuando esa misma oposición está en franca retirada, dispersa y atomizada, quizá llegó la hora que aquellas mil flores sean parte de un mismo jardín, de un mismo proyecto político y organizativo, todos cobijados bajo un mismo alero kirchnerista.
A mayor dispersión opositora, mayor unidad nacional y popular. Es un imperativo de la hora. El protagonismo heroico de la juventud será determinante en este lío. Por ese rumbo anduvo Alicia Kirchner en el masivo acto de Kolina. Es que el proyecto que lidera Cristina precisa concentrar sus energías para gobernar y transformar el país de los argentinos. Además, la cría civil de la dictadura dispara munición gruesa desde sus usinas editoriales.
Si el diagnóstico es certero, la unidad es un asunto imprescindible.

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