El socialismo y la cultura de izquierda dentro del peronismo

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Año 4. Edición número 175. Domingo 25 de septiembre de 2011
De José Ingenieros, Palacios y Juan B. Justo a la actualidad: la ruta nacional de una ideología internacionalista.

Esta palabra –socialismo– imantó dos siglos. ¿Y ahora? Noto en mi propio lenguaje que no ha desaparecido. ¿Que todos sabemos que esta gran doctrina, en todas sus mutaciones, se ha fusionado con vetustas tradiciones políticas, como el liberalismo, o su capítulo avanzado, el neoliberalismo, que la ha desfigurado? Sí, pero si hacemos la prueba del talismán, es decir, pronunciamos la palabra en voz alta (en cualquier lado, frente al espejo cuando nos afeitamos, o al entrar en el subte A en Plaza de Mayo), sentiremos una extraña vibración. Sigue siendo un talismán. Un objeto inesperadamente brilloso en el fondo del bolsillo del saco. Allí, junto al llavero, las monedas de 25 centavos y un olvidado comprobante del cajero automático. Es el talismán, la palabra que, dormida, sabe despertar.
Vibra la palabra porque en ella está la historia contemporánea, europea y latinoamericana. Aguzando el oído, se sigue escuchando la palabra de Saint-Simon (el socialismo como imagen total de una sociedad productiva e industrial),la de Auguste Blanqui (el socialismo revolucionario junto a una extraña teoría del cosmos y de la eternidad), la de Marx (socialismo científico junto a un poderosa escritura y un lejano tono profético), la de Lasalle (fundador del socialismo alemán, pasado por la constitución de un Estado interviniente), la de Kaustky (el socialismo junto a una alianza con las fuerzas productivas modernas), la de Lunacharsky (el gran ministro de cultura de Lenin, al que José Ingenieros comparó con Sarmiento), la de Gramsci (el socialismo como una filosofía colectiva que hereda el momento originario en que se fundan las culturas nacionales).
No parece ser hoy el momento propicio para los socialismos remanentes. En Europa las socialdemocracias se ofrecen como gestoras de un “capitalismo serio”, en tanto se respete el bienestar y el consumo popular. Metas muy modestas que incluso se hacen difíciles de mantener en épocas de ajuste, en que los partidos socialdemócratas suelen presentarse como resignados servidores. Las sucesivas crisis del capitalismo hacen temblar a estas crédulas hipótesis, que significan la fusión entre los rasgos fuertes del capitalismo y los rasgos débiles del socialismo, y que aún conservando la palabra, se ablandan cada vez más. Casi como continuación candorosa de las utopías socialistas de un Fourier, que de todas maneras se basaba en un pensamiento sobre las pasiones sociales e individuales, la faena socialdemócrata de tomar a su cargo el capitalismo en tensión no deja de ser una ilusión que al fin del camino, allana los accesos de las derechas al sillón natural de la gestión de las adecuaciones que exigen los tiempos de contención del gasto social.
Sin embargo, si la palabra no ha desaparecido se debe a que no ha cesado la memoria que carga, memoria de esperanzas y redención. Somos miles y miles los que queremos que no desaparezca. No debe serle indiferente a nadie la historia del socialismo en la Argentina. ¿Cómo olvidar el diario La Montaña, de Ingenieros y Lugones, el periódico socialista anárquico de las juventudes de ese fin de siglo XIX, que buscan una sociedad nueva entre los escritos de Marx y la transmigración de las almas? Tampoco podemos permanecer indiferentes a la gesta de Germán Ave Lallemant, fundador de uno de los primeros periódicos obreros del país, que intenta adecuar el marxismo a las condiciones específicas de la sociedad argentina, insinuando una alianza con el partido de Alem. El mismo Alfredo Palacios posee una trayectoria de densa complejidad, convirtiéndose en un socialista cuyos juicios independientes de las ortodoxias partidarias lo acercaban a las dimensiones de un socialismo popular (tamizado con los reconocibles reflejos de un dandysmo romántico) cuyos desencuentros con los movimientos de masas contemporáneos forman parte hoy de un equívoco –si se quiere de una tragedia nacional–, que es necesario revisar.
¿Y Enrique Dickman, que nació en Letonia, fue discípulo de Juan B. Justo y se convirtió en un socialista argentino abierto hacia el diálogo con el peronismo ya en los años ’50? ¿Y del mismo Juan B. Justo, al que fácilmente podríamos seguirle criticando su incomprensión de la singularidad que adquiría la cuestión nacional en la Argentina, no hay nada que decir una vez desprendido su desdén hacia los autoctonismos políticos argentinos? Queda entonces una gran discusión con el olvidado libro Teoría y práctica de la historia, donde Juan B. Justo pasa del biologismo al cientificismo y concluye con una apología de la sociología organicista. Este libro equivocado, aunque de gran título, puede ahora ser reescrito –tiene más de un siglo–, a la luz de las experiencias de todo el siglo XX, introduciendo los modificadores imprescindibles, la formación del peronismo y sus mutaciones posteriores. Ellas no se producen al margen de lo que el socialismo significa como vocablo vital de la historia nacional, aunque interpretado de manera truncada o rudimentaria, convirtiendo en dogma pobremente realista lo que se anunciaba como una gran teoría de la historia.
El socialismo en la Argentina estuvo antes del peronismo, durante el peronismo, en contra del peronismo, con el peronismo en su contra, aceptando el golpe contra el peronismo, dividiéndose por el peronismo, renegando del peronismo, perseguido por el peronismo, solicitado por el peronismo. Hubo fusiones, conversiones, maldiciones y rituales. Los años ’70 fueron testigos de superposiciones y rechazos, la palabra talismán siguió vigente gracias a su extendida ambigüedad. Hasta hoy es así, sólo que con dosis aún más diluidas de su rastro ideológico. No aclara su situación frente a los bloques agrarios o se conforma con meras proposiciones de honestidad republicana. Por momentos parece que la espesura de su memoria cae en una trivialidad irreversible.
Sin embargo, el halo que la recubre sigue en pie, porque todavía los movimientos populares de Latinoamérica coquetean con ella. La toman, la apremian o la alejan pero no son indiferentes a ella. Para muchos, un mundo unidimensional ya no dejaría otra opción que un trabajo de adecentamiento del capitalismo. Pero no hay tal. El tenue eco de la vieja palabra persevera con su rango utópico, más allá de partidos y candidaturas –aunque es lógico, las hay–, a disposición de los múltiples rostros que adquieren las prácticas sociales de lucha y reflexión sobre los tiempos nuevos. Sigue actuando allí donde haya proyectos de transformación que aunque no la nombren, tienen que ver con ella. Sabemos que los nombres suelen no coincidir con la cosa. Pero aun convertido en un tímido susurro en el seno de los movimientos sociales masivos que llevan otras denominaciones, es en ellos que subyace.

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