Desde los 18 años, Brassaï vivió como un extranjero. A esa edad, el Imperio Austro-Húngaro lo alistó para pelear en la Gran Guerra de 1914. Oriundo de la ciudad de Brasso, una aldea de Transilvania, nació como Gyula Halász, casualmente unos días después de Borges, en 1899. Imposibilitado de viajar a París –era un soldado del ejército vencido–, al finalizar la contienda se mudó a Budapest. Allí, estudió en la escuela de Bellas Artes, pero en 1920 siguió viaje a Berlín, donde trabó amistad con Kandinsky, Kokoschka y Béla Bartók. Su reverbero artístico, sin embargo, todavía no encontraba su forma definitiva. En 1924 finalmente recaló en la anhelada capital francesa.
Junto a Henry Miller y Jacques Prévert yiró por el reverso de la Ciudad Luz como un animal de observación, de obcecación. Encontró poesía en los adoquines y los pissotières, los mingitorios callejeros. Vio revelarse la humanidad en las prostitutas del cabaret Suzy. Vio que la fotografía era la mejor manera de expresar el pensamiento moderno y allí se quedó.
Empezó a caminar por las noches, desde Montparnasse a Montmartre. Entendió a las calles empedradas como un Marco Polo de la soledad. “La vida nocturna en esa época era pensada como una fuente de placer o de desarraigo, pero no como fuente de observación del ser humano”, apunta Agnès de Gouvion Saint-Cyr, curadora de la muestra que se exhibe en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Las 126 fotografías de Brassaï viajaron como parte de los XVI Encuentros Abiertos Festival de la Luz, auspiciado por la Embajada de Francia. Se dividen en seis capítulos temáticos, que también responden a un orden cronológico: París de noche, París secreto, Surrealismo, Picasso, Graffitis y Transmutaciones, y el corto Tant qu'il y aura des bêtes, premiado en Cannes 1956.
La primera colección apabulló al público en 1932 y ubicó al fotógrafo expatriado en un lugar venerable. París apareció como una nube solitaria pero encantadora. De algún modo, había hecho caso de la conmoción que le había producido el pensamiento de Goethe. “Lo importante es el embeleso que producen las cosas”, había dicho el filósofo. Brassaï dispuso que sus retratos sólo estuvieran iluminados por la luz a gas de los faroles y los faroles de los autos. “Quiso mostrar la belleza en lo siniestro”, explicó Saint-Cyr. Tenía métodos muy originales. Calculaba la distancia con un piolín, el tiempo de exposición según la duración de su cigarrillo. “Esta foto es un Gauloise”, bromeaba.
La segunda parte de la exposición está destinada a reificar criaturas de la noche que no habían sido jamás miradas. El fotógrafo reprodujo situaciones con prostitutas y chicos malos para ilustrar las novelas policiales del momento. Personajes como Kiki, la mujer de Man Ray (¡que es igual a la actriz argentina Karina K!), o la Mome Bijou, una señorona pintarrajeada y llena de falsas joyas, son maravillas del retrato.
Durante el período de entreguerras, Brassaï tuvo la sensación de que Europa llegaba a su fin, de que todo había estallado y no había reglas. La idea de que pertenecía a una parte de Oriente y otra de Occidente, y de que iba a tener que elegir, lo angustiaba. “Tiene una obsesión por la desaparición de un mundo, que traduce en París”, continúa Saint-Cyr. “Alguna vez escribió: ‘Estuve en los últimos estertores de una civilización’”.
Por entonces, Brassaï se dejó seducir por el surrealismo, pero sin adscribir al movimiento, porque creía que André Breton era un Pitufo Gruñón, demasiado autoritario. “Él pensaba que había que partir de la realidad y dar una sensación de surrealidad. La sensación de lo extraño proviene de la vida cotidiana visto de una manera distinta.” En la muestra, el principio surrealista se plasma en el primer plano de varios objetos: una vela, un dedal, el ala de una mariposa. Por su parte, Picasso quiso que sólo él fotografiara su obra escultórica, lo que derivó en una gran amistad. De hecho, la serie de saltimbanquis del pintor malagueño es parte de la influencia que produjo en él el fanatismo que ambos compartían por el arte circense.
Pasen y vean, amigos, el circo Brassaï: un maravilloso mundo decadente, que produce una fascinante nostalgia en blanco y negro.
