El tiempo pasa, nos vamos poniendo viejos

Año 6. Edición número 259. Domingo 5 de mayo de 2013

Si algo viejo hay en la Argentina es esta oposición que no da pie con bola. Se juntan y se desjuntan. Se mezclan y se fragmentan. Y mientras tanto, el reloj electoral ha comenzado a marcar la hora.
Para poner un poco de frescura, cantemos la bella canción de Pablo Milanés que hoy nos presta su nombre.
Hay que reconocer a esa oposición una cualidad común: se manejan con viejas categorías políticas que se corresponden con el viejo país que dejamos atrás desde el 2003. No pueden salir de ese laberinto. Y no podrán salir de allí mientras piensen y actúen de ese modo. Allí está la razón primera de sus desvaríos.
Es útil cotejar los hechos y las imágenes diversas que produce la oposición, cualquiera fuese su signo partidario, para poder apreciar la dimensión de esta crisis terminal.
No hablemos de los bordes delirantes de Carrió y Cobos, de Tumini y Prat Gay, ni de los vedetismos entre el macrismo y la derecha peronista.
Pongamos sobre la mesa lo importante y lo dramático.
Por ejemplo, la represión criminal en el Hospital Borda.
Eso es parte de una decisión y una concepción de la política del macrismo. No es un daño colateral de la “guerra fría” contra el kirchnerismo. Es la expresión de una política basada en el control social por el miedo y la represión.
Como se verá, no adscribimos a la opinión de aquellos que ponen el eje principal en una supuesta demanda social de los votantes y adherentes del PRO.
En esa hipótesis y como esa gente pide palos, el pobrecito de Montenegro se siente en la obligación de dar palos, previa consulta con Rodríguez Larreta y Mauricio Macri.
Preferimos creer que es la comandancia del PRO la que piensa y actúa de ese modo criminal por propia voluntad, no porque se lo pidan las masas enfurecidas de la gran aldea.
No estamos negando que haya un mercado pro-golpista y represivo. Estamos poniendo el acento en la oferta política de esos dirigentes en esta etapa de profundos cambios.
Y si hablamos de oferta y de demanda, es porque hablamos del PRO.
La represión, desde esta mirada, es una categoría política. Cruel, bestial, anacrónica, antidemocrática, humillante y ofensiva contra la condición humana, pero categoría política al fin.
Otra imagen fue la producida por la derecha peronista en la ciudad de Córdoba hace pocos días. En un mismo plano se aprecia la presencia de 16 hombres y una sola mujer. Ninguno de ellos, joven. Toda una revelación fotográfica. Y política, claro. Están entre otros, el gobernador De la Sota, Hugo Moyano, Roberto Lavagna, Francisco De Narváez. Y la única mujer, Claudia Rucci.
En ese plano sobran años y falta juventud.
En su declaración de “principios”, le hablan al país de los años noventa y le hablan a una interna peronista que ya es parte de los libros de historia, que ya fue, que ya es memoria. Que ya es pasado. Es como si no pudieran desprenderse de sus viejos fantasmas. Nótese que lo que elaboran como propuestas políticas, concedámosles, tiene más que ver con una profunda crisis de identidad y ausencia de matriz política que con una vocación real de construir poder democrático.
¿A quién le hablan si no?
Da toda la impresión de que le hablan a un pasado violento que superamos hace rato y le hablan a los dueños del poder económico concentrado, para congraciarse con ellos. Y todo sale con fritas en nombre del “peronismo”.
¡Vamos! Eso tiene patente de corso registrada y se llama menemismo. O su versión residual, llamada duhaldismo.
Veamos ahora la franja del radicalismo que en este baile opositor hace el mismo trencito con el PRO y el cordobesismo, aunque se agarren de las mechas.
La confesión del senador Ernesto Sanz nos releva de más pruebas. “Se volvieron troskos”, diríamos en los años en que cualificábamos así a los que sostenían la vieja tesis de “cuanto peor, mejor”.
El legislador radical realmente quiere que la economía se derrumbe para ver si mojan algo en ese lío mayor. Desean y trabajan para eso. Están incapacitados para otra cosa mejor que le doble la apuesta al modelo nacional y popular. Es así.
Son duchos en carpintería porque son de madera. Pero no construyen cunas, sino sarcófagos.
Esa imagen de Sanz se corresponde con la de Aguad hablando en el Congreso para humillar a los sectores populares que se identifican con el liderazgo de Cristina. “Van por el chori”, fue su consigna.
La verdadera tragedia para el partido centenario es quedarse con la foto de su peor imagen: la que niega a don Hipólito Irigoyen y los muestra gorilas en épocas del peronismo.
Como si se brotaran cuando gobierna el movimiento popular que heredó las mejores banderas del radicalismo: la soberanía y la justicia social, principalmente.
Las declaraciones recientes del hijo de Alfonsín son un disparate político.
Dijo, parafraseando a Hermes Binner, el anestesista que fue a pasear a los EE.UU. para “aprender a gobernar”, que “al Gobierno le convienen dos cosas: que vayamos todos separados o todos juntos”.
Nos ponemos de pie y aplaudimos.
Está reconociendo Alfonsín, el hijo, que al Gobierno le importa un comino lo que hagan o dejen de hacer. Si se juntan o se desjuntan es una decisión que deberán tomar los opositores. Ya están grandes, muchachos. Pero además está reconociendo que elaboran política a partir de lo que le interesa al Gobierno, no a sus votantes ni a sus partidos.
El día que acepten la realidad; que entiendan que la estructura social y productiva argentina se ha transformado en estos diez años de kirchnerismo; que hay una nueva generación que levanta orgullosa las banderas de la transformación; que por primera vez en 200 años de historia somos parte de un mismo continente de intereses comunes, la Patria Grande; el día que entiendan que nos liberamos no sólo del FMI sino también del Grupo Clarín y que no es el sistema de partidos de antes de la crisis que ellos generaron en el 2001 y 2002 el que hay que reconstruir, sino un nuevo país, como el que se viene construyendo, ese día volverán a renacer.
Mientras tanto, el tiempo pasa y se van poniendo viejos.

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