El uranio como moneda de cambio

Año 3. Edición número 149. Domingo 27 de marzo de 2011

La tragedia japonesa reabre el debate mundial sobre la controversia del uso de energía nuclear derivada del uranio como sustituto de las no renovables. El uso de la energía nuclear tuvo una gran aceptación desde que en diciembre de 1951 se puso en marcha el primer reactor y que alcanzó la cúspide durante la crisis del petróleo de 1973. Luego, fue perdiendo la aprobación inicial con el accidente de Chernobyl de 1986 para retomar su impulso a finales del siglo pasado debido a nuevos argumentos como el calentamiento global y las disputas por la potestad del petróleo.
El dominio de las fuentes de energía resulta relevante para el sistema capitalista basado en sociedades consumistas, y que adquiere incluso características bélicas como la demuestran las experiencias de la Otan en sus invasiones a medio oriente. Es por ello que, ante el virtual agotamiento de los recursos energéticos fósiles (petróleo y gas), renace la discusión sobre la conveniencia de utilizar la energía nuclear como forma de lograr independencia –los países industrializados, con Estados Unidos a la cabeza– en la provisión de petróleo frente a las potencias petroleras.
Es obvio que la hegemonía del capitalismo no refiere sólo a la explotación sino también a la dominación política, por lo que el control energético trasciende lo meramente económico y se traslada al plano geopolítico. Ello explica los esfuerzos de las potencias por desarticular todo intento de soberanía energética ante el desarrollo de la energía nuclear de los países emergentes, a quienes las potencias hegemónicas estigmatizan ante la comunidad internacional como amenazas a la paz mundial.
De hecho, cuando se mira el planisferio en perspectiva, casi no existen naciones con reactores nucleares de la línea del Ecuador para abajo, mientras que el hemisferio norte se encuentra plagado de ellas. Hasta el año 2008 existían 438 centrales en funcionamiento repartidos en 31 países. De ellos, casi el 77% se concentran en sólo 10 países que producen poco más del 80% de la energía nuclear. La delantera la llevan los Estados Unidos que cuenta con 104, Francia con 59 y Japón con 54, es decir, que casi la mitad se agrupan en tan sólo tres países.
Contrariamente, siete compañías produjeron en los últimos años el 86% de concentrado de uranio: la canadiense Cameco (19%), la australiana Río Tinto (17%), Areva de Francia (15%), Kasatomprom de Kasajistán (12%), la rusa Armz (9%), BHP Biliton de Australia (8%) y uzbekistanense Navoi (6%).
Si se mira bien, sólo Francia de todas estas naciones produce y utiliza uranio en grandes cantidades, por lo que es fácil advertir que el uranio será en poco tiempo el nuevo commoditie estrella en la generación de energía y hacia allí podría dirigirse la mirada de las potencias hegemónicas, como hoy lo es el petróleo en medio oriente; y Estados Unidos –el mayor consumidor de energía del mundo– apenas participa con el 4% de la producción mundial. ¿La necesidad energética de las potencias seguirá atada a la dominación económica y política? La tragedia de Japón pone al desnudo un debate que recién comienza.

¿Qué es el uranio? El uranio es un elemento químico de origen natural que está formado por tres isótopos: uranio 238 (U-238), uranio 235 (U-235) y uranio 234 (U-234). De cada gramo de uranio natural, el 99,285% de la masa es U-238 que no sirve para que funcione el reactor. El 0,71% es U-235 que se utiliza para la generación de energía y el resto (0,005%) es U-234.
Para generar energía (a fabricar bombas) sólo sirve el U-235 al que hay que enriquecer. Las plantas nucleares usan uranio enriquecido al 4-5%, mientras que para hacer bombas con uranio como combustible hay que enriquecerlo al 90%. Un kilo de uranio equivale a 100 barriles de petróleo, o 20.000 m3. de gas o 35 tn. de carbón.

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