En boca cerrada…

Año 5. Edición número 193. Domingo 29 de enero de 2012
(TELAM)
River ante su principal rival histórico, Boca. El descontrol y las declaraciones de sus jugadores.

El Muñeco Gallardo, uno de los últimos armadores del fútbol argentino, tomaba los clásicos de manera vehemente. Sobre todo aquel de semifinales en la Libertadores 2004. El primer partido fue en la Bombonera. En las tribunas, el frío atravesaba los huesos con la crueldad de un diablo. En la cancha era empate a puro nervio. En una de las tantas jugadas sin trascendencia, Alfredo Cascini le pisó una pelota a Javier Mascherano atrás de mitad de la cancha y encaró. El Muñeco le hizo una zancadilla, esa patada que los volantes de sus características están acostumbrados a recibir pero no a dar, y los rústicos como Cascini acostumbrados a dar pero no a recibir. Era amarilla a Gallardo y a otra cosa. Pero Cascini rebotó en el piso y encaró al Muñeco, se le puso nariz a nariz unos segundos hasta que el 10 de River lo sacó con la cabeza. Claudio Marín, un árbitro al que le quedaban grandes los partidos grandes, sintió que la cosa se estaba picando demasiado y echó a los dos para cortar el problema. ¡Para qué! Cascini se le fue al humo al juez que lo topeteó con el pecho, siempre tan atento a los ademanes y los gestos que lo pusieran en el centro del escenario. Dedito índice arriba, “los dos afuera, los dos afuera”, repetía Martín, como quien manda a dormir a dos chicos sin postre.
Tumulto, locura. Roberto Abbondanzieri, el jugador más buenazo que dio el fútbol argentino en años, fue a separar, lo mismo que el Flaco Schiavi. Lo lograron a medias. El Muñeco y Cascini se encontraron camino al vestuario. Gallardo –no acostumbrado a copar este tipo de paradas– le hacía montoncito con la mano derecha: “¿A quién te comiste, Cascini?”. Cuando estaban cerca nuevamente lo agarró del cuello y Cascini enloqueció. Y enloqueció por dos cuando al problema se le sumó Horacio Ameli, que lo empujó hacia el túnel de un manotazo en la cara. Además, el Coco se le acercó a Gallardo y le sugirió al oído “llevate a uno”. Con cero tacto, el Muñeco eligió a Abbondanzieri. Mientras Ameli lo abrazaba en son de paz, el Muñeco lo arañó. El arquero –abonando que no existe nada más peligroso que un hombre bueno enojado– se lo quería comer. Entró Astrada (técnico riverplatense), Rojas (aquel paraguayo de la vaselina), y hasta el profe Gabriel Macaya, que fue debidamente acomodado por un cross de Guillermo Barros Schelotto. Obviamente, Martín se dio cuenta de que estaba metido en un gran lío y –aunque merecían un par más de rojas como mínimo– se quedó en el molde.

Declarar. Antes de ese partido Gallardo había afirmado “hasta que no gane la Libertadores, no me voy”. Hernán Díaz, ayudante de Astrada, había dicho en La Red: “A Boca le ganamos 3 a 0”. (El equipo de Bianchi había ganado 1 a 0, gol de Schiavi, en el partido de ida.) Siete días después, River estaba eliminado. Un ejemplo en docenas de los últimos años.
El Chori Domínguez, un jugador con nivel de Selección, cayó en la trampa que River no aprende. Primero, desde el banco, Matías Almeyda dijo que el clásico de verano podría ser “un desastre”, debido a los incidentes. Sugirió que ni siquiera ellos –jugadores y cuerpo técnico– podían bancarse las cargadas. Cuando se confirmó que el primero se jugaba en Chaco, el Chori, alguien sabrá con qué intención, afirmó: “Si les ganamos el clásico, se les viene la noche”. Un atrevimiento con un River en la situación más angustiante de toda su historia.

Pito. Diego Abal es más joven y mejor parecido que Claudio Martín. Pero padece los mismos problemas que la mayoría de los árbitros de Primera. No le interesa “ajustarse a derecho” a la hora de aplicar el reglamento. Intenta hacer equilibrio entre las leyes, tipo surfer que eligen las olas, “ésta la surfeo, ésta la dejo pasar que es muy grande; ésta te la cobro, ésta no”. Y con esa lógica –pitando más o menos lo políticamente correcto–, los árbitros hacen carrera y son despedidos con placas de reconocimiento. Técnicamente –salvo excepciones no tan recientes como Baldassi y Elizondo–, todos se parecen demasiado.
Abal miraba el miércoles, como un espectador más, un partido con iniciativa riverplatense. Ni él, ni su asistente vieron que Mouche (un futbolista con permanente tendencia a la repetición de los mismos errores) corría en offside como wing derecho. El delantero –sin mirar el área ni ver que entraba– metió el centro en la cabeza de Nicolás Blandi. 1 a 0.
Minutos después, el árbitro y su asistente, Pablo Bellatti, tampoco vieron el codazo que Franco Sosa le dio a Domínguez sobre el lateral derecho de Boca. La pelota derivó en Pablo Ledesma; con toda la bronca, el volante de River le fue de atrás. Abal, poniendo la misma cara de enojado que patentó el ex candidato a jefe de Gobierno Javier Castrilli, le sacó amarilla. Pareciera que esa pose con cejas para adentro y tarjeta erguida en lo más alto, le otorga más autoridad a un juez. Domínguez volvió hacia Abal, a hablarle con una mano delante de su boca, como para que ninguna cámara tomara sus labios, y otra amenazante, índice arriba. Cavenaghi logró sacarlo, pero no lo suficientemente rápido como para que llegara a oídos del árbitro algo que lo ofendió. A las duchas.
Domínguez, que debería haber salido disparado al vestuario, volvió a prepotearlo, lo empujó un par de veces (el informe sostiene que lo pateó), hasta que Cavenaghi lo sacó nuevamente y quedó de cara a las cámaras de TV. “Es bostero este puto”, le dijo el Chori al banco riverplatense. Y volvió hacia Abal. Lo empujó una vez más y Cavenaghi lo sacó definitivamente. Cuando se iba (imagen que no tomó la TV), Domínguez se tomó los testículos mirando a la platea de Boca. Una pinturita.
Abal, salvo la lógica expulsión de Roncaglia, no vio nada más, ni a favor de River, ni de Boca. El segundo gol llegaría cuando los delanteros de Boca acertaran. Acertó Colazzo en un desborde y 2 a 0 también factura de Blandi. La cancha explotó de júbilo por segunda vez. El comentarista de la televisación, Fernando Niembro, escuchó más fuerte los gritos de Jorge Capitanich y Maurice Closs, gobernadores de Chaco y Misiones. “Qué alegría que hay en el palco que hay al lado nuestro, el gobernador de Misiones y de Chaco son hinchas de Boca”, dijo inmediatamente después del gol. A la hora de repasar las mejores cinturas de la historia del fútbol argentino no habría que dejar afuera la del hijo de Paulino, el desaparecido sindicalista de la UOM. Houseman lo envidiaría.
“Hay que ganar sí o sí”, dijo el uruguayo Carlos Sánchez respecto al partido de hoy. Será función de los jugadores más experimentados del club poner la vista en lo que verdaderamente interesa, el ascenso. Y saber, como decía aquella canción de Soda Stereo, que algunas veces “el silencio no es tiempo perdido”. Desde el silencio, el trabajo y la humildad pueden salir grandes cosas. El ejemplo es el rival que hoy enfrenta River otra vez.

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