Entrevista: Alberto Santillán. Papá de Darío.
En el local de San Telmo del Frente Popular Darío Santillán, el olor a comida y los chicos jugando a la pelota contrastan con los cientos de afiches apilados que recuerdan que “Darío y Maxi no están solos”. Sobre el rojo y negro están pintadas las caras de los dos jóvenes asesinados hace 10 años por la policía en la estación de trenes de Avellaneda. Los verdugos, condenados a perpetua en 2006 pero sin sentencia firme, tienen un pie de nuevo en la calle. “La justicia nos pega un golpe más que duro con esto”, se lamenta Alberto Santillán, padre de Darío que recibió un escopetazo por la espalda propinado por Alfredo Fanchiotti, ex comisario de la Bonaerense, el 26 de junio de 2002 en la llamada “Masacre de Avellaneda”. El entonces Presidente, Eduardo Duhalde, necesitaba un gesto de fuerza para demostrar que podía contener la renovada protesta social. Sin correa, la policía salió a matar. Y mató.
– ¿Qué pasó el jueves pasado en Baradero?
– Alfredo Fanchiotti fue trasladado a la cárcel de Baradero, igual que Alejandro Acosta, que está en La Plata, con régimen abierto. Lo nuestro es la bronca y la impotencia. No tienen el más mínimo derecho de gozar de ninguno de estos beneficios. Deberían estar encarcelados junto al resto de la población carcelaria común. Nosotros, la mejor forma que tuvimos de manifestar nuestro repudio, fue ir hasta allá a denunciar esto en el penal y en el pueblo. Porque también queremos que la gente sepa que en sus calles está caminando el criminal que mató a Darío y a Maxi. En el aspecto legal, estamos con los abogados para buscar la manera de revocar esta sentencia que le dieron.
– ¿Sobre qué se va a debatir el próximo martes en el Concejo Deliberante de esa localidad?
– El Intendente manifestó que iban a declarar a Fanchiotti persona no grata. Dijo que estaba sorprendido por su traslado. Primero, no creo que el Intendente no sepa que un personaje como ese iba a ir a su pueblo. Segundo, que de querer declararlo persona no grata, debería haberlo hecho en el mismo momento que lo supo. Descreo de la política. Me parece que todas las promesas que hizo son vacías. Yo vengo de la experiencia con Néstor Kirchner. A poco de asumir, él prometió ir hasta las últimas consecuencias con lo que había pasado en Avellaneda y nunca hizo nada.
– ¿De qué manera actuó la justicia respecto a los autores intelectuales de la Masacre?
– Hace 10 años que venimos apuntando a los responsables políticos y que la justicia no hace nada. Al contrario, la causa está encajonada y a punto de prescribir. En el 2002, el Presidente era Eduardo Duhalde y el Gobernador de la Provincia de Buenos Aires era Felipe Solá. Luis Esteban Genoud era Ministro de Justicia de la Provincia y Fanchiotti estaba bajo su mando. En el 2012, Genoud está en la Corte Suprema de la Provincia y Fanchiotti, detenido en su jurisdicción. Es imposible que se juzguen entre ellos. No es un mensaje suave: están haciendo todo para que los policías que matan, salgan libres. En el caso de Natalia Melmann: les dieron el dos por uno. Fuentealba: el policía que lo mató anda suelto por las calles de Neuquén. Darío y Maxi: los condenados van a una cárcel con régimen abierto. La forma que nosotros tenemos de protestar es salir a las calles e ir a los medios para denunciar el complot que siempre hubo entre la policía, la justicia y los políticos.
– ¿Tenés algún contacto con las familias de esos militantes que murieron a causa de la represión?
– Nos encontramos en los actos. No articulamos nada en conjunto todavía, pero lo estamos pensando. Lo hablamos justamente la semana pasada. La idea tuvo buena recepción. Pensamos juntar fuerzas y formar una mesa para denunciar casos de impunidad.
– Los gobiernos cambian ¿qué pasa con el aparato represivo?
– Desde el 2002 hasta hoy, hubo 14 luchadores sociales caídos. En realidad no cambia el aparato represivo porque no cambian los reclamos. Son los mismos por los que salieron Darío y los demás compañeros a reclamar: trabajo, justicia social, seguridad y educación. Sabemos que el aparato represivo está ahí, en los barrios. Muchas veces la gente tiene bronca por los piqueteros que van con la cara cubierta y con palos a las movilizaciones. Pero esos pibes vuelven a su barrio donde los espera la policía. Y ya sabemos cómo actúa la Bonaerense por haberlo sufrido.
– ¿Cambió tu relación con la militancia después de la muerte de Darío?
– No me considero un militante. Lo que busco es justicia por mi hijo. Darío habrá aprendido cosas de mí, pero yo he aprendido muchas cosas más de él. Pasaron diez años y sigo aprendiendo. De militancia, nada. Los militantes son los compañeros que están todos los días fogoneando la lucha en la cual Darío estaba metido hasta la médula.
– ¿Cómo fue el pasaje del dolor individual al compromiso colectivo?
– Una de las peores traiciones que le podría hacer a mi hijo sería quedarme en mi casa para llorarlo. Yo creo que se levantaría de la tumba y me daría un voleo en el culo. Hay que estar en esta línea de lucha, en la denuncia, no callarme. Darío se lo merece.
– ¿Dónde dejó marcas Darío?
– Dejó un agujero inmenso en nosotros, en sus amigos, en los militantes. Ha sido un ser muy especial, un gran luchador. Ha dado en su corta pero intensa vida más de una demostración de lo que se tiene que hacer. Me hubiera gustado, hoy por hoy, tener un hijo de Darío, un nieto que esté al lado mío. Pero creo que mientras Darío se estaba muriendo, estaba pariendo un montón de hijos. La cantidad de juventud que se interesa en el Frente, son jóvenes de lucha, no de escritorio. Son jóvenes a los cuales no se les da nada, sino que todo lo que se gana, se gana en base a pulmón, a trabajo, a corazón y a dignidad. El hecho de que Darío haya vuelto a la estación, le haya gritado a los demás que se vayan porque los iban a matar a todos, de tomarle la mano a Maxi para que no se sienta solo, sabiendo que lo podían llegar a matar, es eso, la demostración de que lo que tanto hablamos, lo tenemos que llevar a la práctica. Ese es mi ejemplo a seguir.

Tiempo argentino

