Facundo Moyano es una de las pocas caras nuevas surgidas en la dirigencia sindical. Claramente alineado con su padre Hugo en la interna de la CGT, aboga por una mayor democratización del modelo sindical.
–Sin juzgar la postura actual de Hugo Moyano, daría la impresión de que no eligió el mejor camino para canalizarla, ya que si vemos la composición actual del Consejo Directo, por lo menos la mitad de sus miembros hoy están en la vereda de enfrente.
–Pero hay otros gremios importantes que sí están. Si vamos a lo cuantitativo, creo que los números los tiene Moyano. En el último Comité Central Confederal (CCC) estuvieron presente 130 gremios. A eso hay que sumar gremios chicos y los nuevos que se han incorporado. Esto último habla de una gestión que fue totalmente democrática y que le permitió la adhesión a más de 50 organizaciones sindicales. Se incorporaron a la CGT porque encontraron una representación y una contención de esta conducción. Eso habla de que la CGT está nutrida de muchas organizaciones que pesan en lo cualitativo y por la cantidad que son también terminan pesando en lo cuantitativo. Hoy, la conducción de la CGT no te la definen cuatro gremios, como sucedió en los ’90.
–De todos modos, en el sector moyanista hay gente como el Momo Venegas que durante el conflicto por la resolución 125 estuvo del lado de las entidades agrarias.
–Hay una diferencia fundamental. Los que encabezan aquella coalición son los Gordos, más allá de que Caló sea el presunto candidato. De este lado, no conduce el Momo Venegas, conduce Moyano. Es otra cosa. Además, Venegas en los noventa fue parte del MTA. Acá lo que se está disputando es la CGT que peleó en los noventa, con la que vendió a los trabajadores. Lo que sucede acá es que el frente antimoyanista le está disputando a Moyano en el terreno político. Por eso no concurrieron al Consejo Directivo y al Comité Central Confederal. Eso hubiera sido disputar en términos gremiales y al interior de la CGT. Pero que se defina una cuestión gremial en términos políticos no va a tener buenos resultados. Esta es la disputa que están dando los Gordos y con la incidencia del Gobierno. No digo Cristina, pero sí muchos funcionarios. No reparan siquiera en decirlo, cuando sostienen que están esperando una respuesta del Gobierno para impugnar el Congreso.
–En distintas declaraciones venís sosteniendo que se ha producido una menor participación del movimiento obrero en las decisiones del Gobierno. ¿Cuándo considerás que se empezó a dar esa situación?
–Particularmente, lo empecé a notar cuando se discutió las asignaciones familiares en el Consejo del Salario Mínimo Vital y Móvil. Se acordó el aumento del salario mínimo con la promesa por parte del Gobierno de discutir más adelante la suba de las asignaciones familiares. Pero al final, el Gobierno fijó un 8, 33% de manera unilateral. Hasta entonces, siempre se definía en una mesa en la que estaba representada la CGT. La asignación familiar tiene que ser universal porque es un derecho y una conquista. Lo mismo sucede con el mínimo no imponible. Desde el Gobierno se ha tratado de imponer que los que están reclamando una suba son parte de la aristocracia obrera. Y lo real es que un trabajador que no tiene casa y alquila, que tiene dos hijos, cobra $8.000 y por lo tanto no recibe asignación familiar, no llega a fin de mes. Entonces, no estamos hablando de aristocracia obrera.
–¿Y por qué creés que se fue dando ese alejamiento entre la CGT y el Gobierno?
–Cristina tiene una forma de conducir que es soslayando a las mediaciones de la conducción. No lo digo como una crítica, sino como un elemento de la realidad. Ese estilo lleva a una cuestión de circunscribir la política a la voluntad individual de una persona. Y eso también es un error. La dignidad a un sector importante de los trabajadores se la consiguió el movimiento obrero organizado y el Gobierno. Éste, porque creó las condiciones para que después los trabajadores, a través de sus organizaciones, fueran por más dignidad. Pero un trabajador de comercio, por ejemplo, no tiene dignidad. Los trabajadores camioneros tienen dignidad porque hubo dirigentes a la altura de las circunstancias. No se puede negar la importancia de esos movimientos y de las personas que los encabezan, ya que le dan sustento al líder para que lleve adelante esas decisiones políticas.
–El movimiento obrero necesita darse un debate acerca de un nuevo modelo sindical?
–Yo creo que sí. Pero también hay que ver cómo se concretan en la realidad. Por ejemplo, yo soy uno de los primeros que le planteé a mi viejo el voto directo en la CGT. Pero mirá lo que le pasó a la CTA. En una central obrera mucho más representativa, como es la CGT, de darse una situación similar el costo sería mucho mayor. La virtud que tiene el modelo sindical argentino es que garantiza la unidad al establecer mayores facultades a más representatividad. Eso evita la atomización y lleva a que la Argentina sea el país de la región con más alto nivel de sindicalización. Lo que tenemos que discutir es sobre la igualdad para conseguir esa mayor representatividad y, por ende, mayores facultades. Yo no puedo plantear que se junten diez tipos y formen un sindicato con las mismas facultades que otro que ya existe y tiene dos mil afiliados. Pero sí que cuente con las mismas condiciones para ganarle en representatividad a ese mayor y cuando lo logre, que tenga las mayores facultades. Eso no es posible con la actual ley sindical. Por ejemplo, el delegado de un sindicato simplemente inscripto no tiene la misma estabilidad laboral que uno de un sindicato con personería gremial. Pero discutir la ley sindical no significa cambiar la esencia del modelo sindical que hay que seguir defendiéndolo.

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