Entrevista. José Pepe Mateos. Fotógrafo

Año 5. Edición número 214. Domingo 24 de junio de 2012
“Vi a Darío al lado del cuerpo tirado de Maxi, y cómo los policías le tiraron”

El 26 de Junio de 2002, José Pepe Mateos fue a cubrir para Clarín la marcha piquetera convocada para cortar el Puente Pueyrredón. Antes de salir con su equipo fotográfico, estuvo a punto de calzarse un par de zapatos, pero lo cambió por unas zapatillas. Supo que iba a tener que correr. Horas más tarde, la violenta represión por parte de la Bonaerense terminó con la vida de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Sus fotos (ver pág. 15) fueron incorporadas a la causa y acallaron las versiones que inculpaban de los asesinatos a las propias organizaciones piqueteras.
–¿Cuál es la historia detrás de esa emblemática foto?
–La historia de la foto es lo que pasaba en ese momento. Era Duhalde contra todos: cacerolas, piqueteros, ahorristas. Toda la semana anterior había habido reuniones entre el ministro del Interior, Aníbal Fernández y grupos piqueteros, que pedían planes y políticas sociales más amplias. El planteo de Duhalde era que no quería dejarse ganar más la calle; ese era el pedido de todo el arco político. El tema era no permitir que se cortara el puente. Y las organizaciones piqueteras no podían aceptarlo. Si bien había tensión, no se esperaba que la represión tenga un carácter tan violento. Aunque la del 19 y 20 de diciembre fue tremenda, se esperaban gases, palos, pero nada más. De alguna manera el clima de tensión estaba y todos podíamos presentir que no iba a ser fácil. Pero nadie fue pensando que podía terminar en muerte.
–¿Cómo fue el momento en que hiciste la toma?
–Lo tengo presente porque, por una cuestión u otra, lo tuve que rearmar muchas veces. He ido varias veces después a la estación, y me acuerdo bien de la sucesión de los hechos. Cómo veo el cuerpo tirado de Maxi, cómo llega Darío, que lo mira, y después los policías le tiran. Recuerdo los disparos, el sonido. Y todo lo que sigue después, la persecución. Sucedieron muchas cosas. De alguna manera, sabía el material que tenía porque estaba totalmente consciente de que habían muerto los dos, y que la policía había entrado a la estación. Pero en ese momento, estaba aturdido, muy conmocionado.Volví al diario a las dos de la tarde con unas 200 fotos.
–¿Cómo viviste le repercusión que tuvieron en lo inmediato?
–Yo con Clarín tengo montones de problemas. Pero me parece una banalidad absoluta decir que ocultó el material sin mirar los diarios del 27. El título “La crisis se cobró dos nuevas muertes” es infeliz, impreciso, uno de los peores títulos de la historia. Pero en la tapa está claramente la policía adentro de la estación; y en el interior del diario, le dedica 12 páginas al tema. Podemos coincidir o disentir, pero no decir que postergó la información. En el velatorio de Darío, cuando a uno de sus compañeros le preguntaron qué pasó, lo contó usando como pie las fotos publicadas en el diario, que relataban lo que había sucedido realmente. El día 28, lo que hace Clarín es ordenar todo el material y darle una lógica. Porque la confusión informativa de ese día fue tremenda. En la web, a las cinco de la tarde sale publicada la foto. El día 27, creo que el único que responsabiliza a la Bonaerense fue Página/12. En ese sentido sí se puede reprochar algo, pero no decir que no publicó material.
–¿Creés que la fotografía por sí sola dice mucho más de la realidad de lo que puede llegar a decir un artículo periodístico?
–Totalmente. Primero, por el efecto que tiene, el golpe visual de algo puesto ahí. Además, porque la foto tiene un carácter simbólico muy fuerte. Aunque puede ser engañosa también porque cada uno puede ver e interpretar algo distinto, el peso de la fotografía es muy grande. A veces, el artículo lleva una elaboración que es mucho más larga.
–Personalmente, ¿cómo se sienten estos 10 años?
–A mí me pega porque fue muy importante. Desde lo profesional tuvo una incidencia muy grande: sirvió para anular todo tipo de especulación política. Que el gobierno tuviera que decidir adelantar lo votación… es casi inédito que suceda algo así después de una foto. Por otro lado, desde lo humano: el enorme significado que tienen Maximiliano y Darío como militantes. Creo que con el tiempo uno valora más el significado de sus vidas y de las circunstancias en las que mueren. Darío y Maxi son referentes de pibes que en la adversidad social en la que vivimos tratan de encontrar una dignidad no sólo individualmente, sino con la militancia y el trabajo social. Crean sentido de dignidad para ellos y para el grupo social en el que trabajan. Sus muertes a manos de gente que representa algo tan innoble, oscuro, siniestro –y me refiero tanto los ejecutores concretos, como a los de detrás– me parece de una tristeza inmensa.

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Otras notas

  • El puente Pueyrredón tuvo dos batallas. La primera se vio ese miércoles 26 de junio a la noche. Las cámaras de los noticieros habían quedado ubicadas estratégicamente para registrar el posible choque. Y las imágenes metían miedo: se veía a un grupo de policías que quedaba en medio de dos grupos piqueteros. Una batalla campal entre desocupados atrevidos con palos que avanzaban al paso lento de la infantería y policías de 400 pesos al mes que repartían gases y palos a diestra y siniestra. Luego, se veían heridos y se sabía de dos muertos en la estación de Avellaneda. Todo muy confuso.

  • En el local de San Telmo del Frente Popular Darío Santillán, el olor a comida y los chicos jugando a la pelota contrastan con los cientos de afiches apilados que recuerdan que “Darío y Maxi no están solos”. Sobre el rojo y negro están pintadas las caras de los dos jóvenes asesinados hace 10 años por la policía en la estación de trenes de Avellaneda. Los verdugos, condenados a perpetua en 2006 pero sin sentencia firme, tienen un pie de nuevo en la calle.

  • Además de ser mi trabajo, yo lo seguía a Aldo Rico porque era un personaje que detestaba”, cuenta Rafael Calviño. Corría diciembre del ’87 y para conseguir la fotografía del líder carapintada en libertad condicional, Calviño comienza una persecución automovilística que culmina con una amenaza y una foto inolvidable que recorre el mundo y queda como un símbolo de época.
    –¿Cómo recordás esa fotografía?

  • El artículo de prensa nos cuenta, nos ayuda a comprender. La foto te sacude. Si una foto periodística es buena, te agarra de las solapas, te despierta”, sostiene Eduardo Longoni, autor de una serie de fotos de la toma armada del cuartel militar de La Tablada, el 23 de enero de 1989. Ese día, vio a través del lente a un muchacho arrodillado y con las manos en la nuca frente a un fusil. La foto –que ilustra la entrevista– fue la prueba de que algunos guerrilleros se habían rendido y estaban con vida al momento de ser capturados.
    –¿Cómo fue la cobertura del hecho?

  • Mucho calor. Mucha tensión. En la madrugada del viernes 26, en silencio, se concentraban decenas de patrulleros y camiones de transporte de las fuerzas de choque de la Policía Metropolitana. La cita: Amancio Alcorta al 2500, frente al Tomás Ducó, el Palacio, el estadio de Huracán. En el Ducó, exactamente ocho días antes, había entrado una cantidad de barrabravas para apretar jugadores y al mismísimo técnico Juan Manuel Llop, que días después daba un paso al costado. Aquel día, en el vestuario, varios habían avisado al 911. Sin embargo, ninguna comisión policial se presentaba. Curioso.

  • Empezaron sintiendo vergüenza por sus ropas de obreros, trataron de ponerse a tono con los despachos y antesalas ministeriales y, poco a poco, de representantes obreros frente al poder, se convirtieron en representantes del poder frente a los obreros. Se enriquecieron, adquirieron hábitos y vicios incompatibles con sus cargos de dirigentes sindicales, burocratizaron sus sindicatos, los transformaron en maquinarias sin contenido”. Publicado en 1968 en el primer número del diario de la CGT de los Argentinos, este párrafo es de una vigencia impresionante.