Entrevista a Petros Markaris, escritor y guionista

Año 5. Edición número 196. Domingo 19 de febrero de 2012
Cronista de la realidad. El novelista se ha convertido en uno de los más duros críticos de la crisis.
“En Grecia vivíamos una riqueza virtual”

Conocido entre los cinéfilos como guionista de uno de los grandes cineastas griegos, Theo Angelopoulos, Petros Markaris (Estambul, 1937) ha logrado la popularidad entre los lectores gracias a una saga que ya cuenta con cinco títulos y varios miles de seguidores incondicionales. En la más reciente de las traducidas al español, Con el agua al cuello (Tusquets), el escritor parte de una fantasía muy extendida en los últimos tiempos entre la ciudadanía, el asesinato de un banquero, para ofrecer la radiografía de una Grecia hundida en su peor depresión económica, expoliada y acosada por la deuda.
En sus páginas veremos cómo se desarrolla la vida cotidiana en estos tiempos difíciles. Sabremos que el comisario Jaritos ha cambiado su fiel Mirafiori por un Seat con GPS, pero también que hay cosas que no cambian: el gusto del comisario por la lectura de diccionarios, el arte de Adriani para hacer deliciosos platos o los roces generacionales de estos padres con su hija, Katerina.
–Vargas Llosa se preguntaba al principio de una de sus novelas en qué momento se jodió Perú. ¿En qué momento se jodió Grecia?
–Hay una diferencia entre el momento en que Grecia empezó a joderse y cuando empezó a darse cuenta de que las cosas se estaban poniendo realmente feas. Hasta el momento, lo dividíamos en tres secciones: de 1974 a 1981, fase inmediatamente posterior a la dictadura, el momento de los sueños y las grandes ilusiones, el sueño de la democracia, de vivir en un mundo libre, la toma del poder por el pueblo; de 1981 en adelante, con la entrada en la Unión Europea, comienza el periodo de las falsas ilusiones. Grecia empieza a pensar que somos ricos, vivimos en la opulencia, el tiempo de tener tres coches y casa en la playa. Eran falsas ilusiones porque vivíamos en una riqueza virtual, es decir, una realidad virtual. Hasta 2007, que llega la desilusión real.
–¿Qué cambió entonces?
–Lentamente nos hemos dado cuenta de lo que tenemos que pagar por esas falsas ilusiones. La gran diferencia es gestionar las finanzas basadas en unas ilusiones falsas. No es necesario que explique las consecuencias: lo vemos todos los días en los periódicos. Para los escritores, al menos para mí, surgió la necesidad de hacer crónica, contar lo que sucede…
–Hace poco, pudimos ver en la prensa española una imagen de Olga Onassis rebuscando en la basura, metáfora perfecta de que incluso los ricos padecen la situación. ¿Es una imagen real, o algunos han logrado escapar, o incluso enriquecerse con la crisis?
–Vivo en un barrio que hasta finales de los años ’70 era de clase media. Ahora se ha convertido en barrio de inmigrantes, quedamos muy poquitos de los moradores originales. Delante de mi ventana, cada mañana, veo a gente hurgando en los contenedores de basura. A los ricos, en cambio, no los entiendo. No tengo nada contra la riqueza, es parte de nuestra vida normal. Pero esa clase de gente que ha prosperado jugando, haciendo trampa, defraudando al Estado, sólo me inspira furia. Desde el 2010 hasta ahora, esa gente ha sacado seis billones de euros que habían amasado con el deporte nacional griego: la evasión fiscal. La segunda parte de mi trilogía, que ya ha salido en Grecia, girará en torno de la evasión fiscal.
–En todas las novelas de Jaritos, el policía parece echar de menos una Atenas que ya no existe. ¿Cuál es esa Atenas?
–Es verdad. Extraña la Atenas de siempre, también a nivel ético y moral. Jaritos nació en un pueblo, su padre era un gendarme, procedía de un entorno muy pobre. Su única oportunidad fue la academia de policía, que le dio educación y manutención. Vino a Atenas a principios de los ’60, una ciudad muy pobre pero con principios morales muy altos. Él vio lo que yo vi cuando llegué en el ’65: el sueño menos estético que podría imaginar. Casas de una planta de cuyos tejados salían barras de hierro, donde ahora ves antenas de televisión. Era el sueño de construir una segunda planta para el hijo, para la familia. Se quitaban el dinero de la comida o la ropa para hacer esa segunda planta. Ese tipo de decencia moral es la que echa de menos Jaritos.
–Jaritos también desprecia la Grecia de postal, pero sabe que atrae divisas. Es la maldición y el milagro, ¿no?
–Todos saben que en verano la ciudad está en manos de los turistas. A ningún griego le gusta eso, pero sí les gusta el dinero que reporta. A Jaritos y a mí nos sucede lo mismo.
–¿Qué rasgos comunes tiene Markaris con los otros autores actuales de novela negra mediterránea?
–No me siento cerca de ellos: soy parte de esa literatura. Creo que hay grandes diferencias entre la literatura de género negro que se está haciendo en el Norte y en el Sur de Europa. La primera, la brutalidad con la que se cometen los asesinatos en el Norte, versus los crímenes casi humanos [risas] del Sur. Y eso porque el Norte ha estado engañándonos, convenciéndonos de que eran más humanos y liberales que nosotros, mientras escondían la brutalidad real que existe allí. Los albores de la novela negra sueca fueron el asesinato de Olof Palme; mientras que el Sur ha atravesado una tormenta de acontecimientos políticos. Portugueses, griegos, italianos, españoles, todos hemos pasado por dictaduras, y ya estamos cansados de brutalidad. No necesitamos imaginarnos la brutalidad, la hemos vivido.
–¿Y la segunda?
–La segunda diferencia es muy humana: la cocina, ese problema social. Es imposible leer un libro de Vázquez Montalbán sin desear la comida de Pepe Carvalho. Y lo mismo sucede con Camilleri y su Montalbano: un personaje que está convencido de que resolver casos es muy importante, pero primero hay que comer. Tomemos ahora a los libros de Mankell, todo el día comiendo sándwiches. Así no se puede vivir. Puede que se deba a que las mujeres del Norte se emanciparon antes que las del Sur, dejaron las cocinas para acudir a sus puestos de trabajo. Ha sido muy bueno para las mujeres, pero malo para las cocinas. En el Sur, esa emancipación ha llegado más tarde. Para mi generación, la comida era la prueba de que el ama de casa era buena, no el hecho de que la casa estuviera limpia. De ahí que también sea importante para nuestros protagonistas.
–En sus novelas, las relaciones del comisario Jaritos con la prensa no son las mejores...
–Son tensas, sí, tensas.
–¿Qué poder tienen hoy los medios de comunicación en Grecia y cómo han actuado frente a la crisis?
–El impacto de los medios en Grecia es grande en la televisión, pero no menos el de los periódicos. Porque la gran mayoría de la gente se ha hecho una idea de lo que pasaba a través de la televisión. Lo que ocurre en Grecia ha cambiado la muy clásica pregunta del redactor jefe al periodista: “Tráeme una noticia”. Ahora dice: “Tráeme un escándalo”. Así, lo que la gente ve es un acercamiento a las cosas a través de la búsqueda de un escándalo.

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