Entrevista. Rafael Calviño. Fotógrafo

Año 5. Edición número 214. Domingo 24 de junio de 2012
Peligrosa persecución. Un custodio de Aldo Rico apunta contra el lente de Calviño. (RAFAEL CALVIÑO)
Constructores de la memoria histórica.

Además de ser mi trabajo, yo lo seguía a Aldo Rico porque era un personaje que detestaba”, cuenta Rafael Calviño. Corría diciembre del ’87 y para conseguir la fotografía del líder carapintada en libertad condicional, Calviño comienza una persecución automovilística que culmina con una amenaza y una foto inolvidable que recorre el mundo y queda como un símbolo de época.
–¿Cómo recordás esa fotografía?
–Rico estaba preso en una escuela de suboficiales. Yo trabajaba en NA (Noticias Argentinas) y la idea era sacarle una foto cuando saliera en libertad. Llegamos y el lugar tenía el perímetro enrejado. Me había precavido de avisarle esta situación al redactor que me acompañaba y al chofer, para que estuviesen listos para seguirlo. El auto estaba lejos y al momento de la salida no lo conseguí, no había lentes tan poderosos. Entonces seguimos su auto, que iba acompañado de una caravana de simpatizantes carapintadas, creo que era por el camino del Buen Ayre. Me acuerdo que me senté en el asiento de atrás; en esa época no se usaba zoom, sino lente fijo. Decidí poner un lente normal, pensando que podíamos acercarnos, y así fue: su auto lo manejaba un chofer, y Rico iba sonriente. Pero los autos iban en zigzag, cercándonos el camino. En ese entonces la fotografía era analógica, así que no sabía el material que tenía. Suponía que se podía ver algo de lo que había sacado, pero decidimos seguir un poco más. No pasaron más de cinco minutos después de esa foto, que baja de la autopista y otro auto, pequeño, se nos cruza casi hasta tocarnos. Arriba iban dos, y el que estaba en el asiento del acompañante nos apunta. Nos apunta y yo saco la foto a través del parabrisas. En realidad, en el momento traté de bajarme, pero venía un auto de una televisión de una cadena americana, nos chocó, y quedamos paralizados. Y ahí los perdimos. Todo cargado de muchísima adrenalina. Las decisiones técnicas no eran automáticas. La medición de la luz, el foco, se tomaban a priori. Y te podía salir bien o mal.
–¿Y fuiste directo a revelarla?
–Nos fuimos directamente a la agencia. Yo estaba muy nervioso y había que revelar; me acuerdo que un compañero se ofreció a hacerlo. Pero preferí ser yo el que arruinara o no el rollo. Había un solo fotograma. Y aunque las agencias tienen una distribución restringida, NA decidió dar la foto incluso a diarios internacionales. Al año siguiente, esa foto ganó el premio Rey de España.
–¿Creés que una foto puede decir más que un artículo periodístico?
–Es distinto en cada caso. Son fotos de prensa, vistas como tal, y hay una cultura en el hacer de los periódicos y de los lectores. En el contexto adquieren valor. Al momento de disparar actúa la casualidad, pero también cuando uno dispara está toda la cultura fotográfica puesta en ese instante. Uno llega a componer de determinada manera, a tomar decisiones. En esta foto se ve el parabrisas, se ve el volante, hay toda una cosa expresiva que ayuda al impacto. Pero no hubiera modificado la historia si estaba esta foto o no. Las fotos pasan a trabajar en la construcción de la memoria histórica. Algunas tienen impacto en el momento y otras a posteriori, quedando como símbolos de época.

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Otras notas

  • El artículo de prensa nos cuenta, nos ayuda a comprender. La foto te sacude. Si una foto periodística es buena, te agarra de las solapas, te despierta”, sostiene Eduardo Longoni, autor de una serie de fotos de la toma armada del cuartel militar de La Tablada, el 23 de enero de 1989. Ese día, vio a través del lente a un muchacho arrodillado y con las manos en la nuca frente a un fusil. La foto –que ilustra la entrevista– fue la prueba de que algunos guerrilleros se habían rendido y estaban con vida al momento de ser capturados.
    –¿Cómo fue la cobertura del hecho?

  • El 26 de Junio de 2002, José Pepe Mateos fue a cubrir para Clarín la marcha piquetera convocada para cortar el Puente Pueyrredón. Antes de salir con su equipo fotográfico, estuvo a punto de calzarse un par de zapatos, pero lo cambió por unas zapatillas. Supo que iba a tener que correr. Horas más tarde, la violenta represión por parte de la Bonaerense terminó con la vida de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán. Sus fotos (ver pág. 15) fueron incorporadas a la causa y acallaron las versiones que inculpaban de los asesinatos a las propias organizaciones piqueteras.

  • La fiscalía que investiga el crimen de tres mujeres y una niña en la ciudad de La Plata, ocurrido a fines de noviembre último, busca identificar a un hombre que aparece en varias fotos junto a las víctimas. El 27 de noviembre último, fueron halladas asesinadas a golpes y cuchilladas Susana De Bártole, su hija Bárbara Santos; su nieta Micaela Galle y su amiga Marisol Pereyra.

  • El bisemanario Perfil publicó el martes pasado una nota en su sitio web con el objetivo de descalificar la fotografía y el artículo que Miradas al Sur difundió en su edición 133 del domingo 5 de diciembre pasado. En ella se dio cuenta de la presencia de Joaquín Morales Solá en lo que, presumiblemente, era un centro clandestino de detención. El argumento central es que la fotografía no se publicó en forma íntegra sino que fue editada por Miradas , con el propósito de evitar que se viera que junto a Morales Solá había un fotógrafo.

  • Se suspendió la declaración testimonial que esta semana debía dar ante la Justicia el periodista Joaquín Morales Solá, en una causa en que se investigan crímenes de lesa humanidad en el marco de la Operación Independencia, en Tucumán. El juez federal Raúl Daniel Bejas envió los primeros días de febrero una “rogatoria” a la Cámara Federal porteña para que Morales Solá pudiera declarar en Buenos Aires, y así no trasladarse a Tucumán. El exhorto llegó a manos de la jueza federal María Servini de Cubría.

  • Miguel Angel Pérez, un fiel lector de Miradas al Sur, estaba a punto de cumplir 10 años cuando conoció a Evita. Fue en los primeros días de julio de 1950. Eva había entregado, hacía pocos días, las primeras 1.000 pensiones graciables a la vejez.
    El padre de Miguel Angel, Antonio Pérez, era director General de Defensa Nacional en el Correo Central. El niño le insistía para que lo llevara a conocerla. “Quería verla de cerca”, afirma.