Entrevista a Rosa Roisinblit

Año 5. Edición número 201. Domingo 25 de marzo de 2012
Búsqueda. Rosa recuperó hace doce años a su nieto Guillermo, que nació en el año ’78 en la Esma.
“Tex Harris es un gran amigo de las Abuelas”. La vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo asegura que el diplomático estadounidense fue un pilar fundamental para que la lucha que emprendieron en plena dictadura tomara un reconocimiento internacional.

A los 92 años, Rosa Roisinblit –vicepresidenta de Abuelas de Plaza de Mayo– mantiene la memoria inalterable. Recuerda cada detalle de su vida como si hubiera pasado ayer. La desaparición de su hija Patricia, embarazada de ocho meses, la cambió para siempre. Aquella partera que no había participado nunca en política se convirtió en una tenaz militante de los derechos humanos. Y si bien nunca pudo reencontrarse con su hija, la lucha emprendida le permitió recuperar a su nieto Guillermo, nacido en la ESMA. Durante aquellos grises días de la dictadura, sin duda uno de los pocos momentos de esperanza que vivió Rosa junta con otras Abuelas fue durante la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos para tomar testimonio de las atrocidades que por aquellos años se estaban cometiendo. “Su llegada abrió para nosotros una luz de esperanza”, asegura.
–¿Tomó contacto directo con Tex Harris en aquella histórica visita?
–Por supuesto. Desde el primer día él se mostró muy interesado por conocernos y ayudarnos en nuestra búsqueda. Nos ayudó muchísimo sobre todo para que lo que estaba pasando en Argentina trascendiera a nivel internacional.
–¿No les generaba desconfianza en aquel tiempo que fuera justamente un diplomático estadounidense el que les brindara ayuda?
–Como yo no me dedicaba a la política, no podía tener un sentimiento adverso hacia los Estados Unidos. Y mucha gente del pueblo estadounidense fue solidaria con nuestra búsqueda. Además, el gobierno de Jimmy Carter también tuvo gestos de apoyo hacia nuestra lucha.
–¿Han mantenido la relación en todos estos años?
–Sí, Tex Harris es un gran amigo de las Abuelas. El jueves pasado me invitó especialmente para un agasajo que hizo en la embajada de Estados Unidos. Cada vez que viene a la Argentina se pone en contacto con nosotras. Incluso, hubo ocasiones que coincidimos en viajes en París o en Roma y también allí buscó un momento para juntarnos.

De partera a militante por los DD.HH. La desaparición de su hija Patricia cambió para siempre la vida de Rosa. En un nuevo aniversario de la irrupción de la dictadura más sangrienta de la historia argentina, la vicepresidenta de Abuelas rememora cómo dejó atrás su profesión de partera para llegar a convertirse en un símbolo mundial de la lucha por los derechos humanos.
–¿Cómo era su vida antes del golpe de Estado de marzo del ’76?
–Siempre he sido una persona pacifista. No me gustaban las cuestiones violentas. Trabajaba en un lugar que era todo sagrado, porque era partera. Tenía en manos la vida de dos personas: la madre que iba a parir y el niño que iba a nacer. Para mí era todo paz y tranquilidad. Buscaba en todo la pacificación.
–Cuando se produjo el Golpe, ¿pensó que la vida de su hija Patricia podía empezar a correr peligro?
–En el caso de Patricia se dio la particularidad de que ella empezó a militar después que se produjo el golpe. Quería actuar en política y empezó a militar en la Juventud Peronista porque quería hacer algo para que finalizara la dictadura. Yo conocía sus actividades, sabía lo que estaba haciendo.Vivían mudándose permanentemente porque les pisaban los talones. Hasta que finalmente la agarraron.
–Teniendo en cuenta que a usted no le interesaba la política, ¿qué valoración hacía de la militancia de su hija?
–No la censuraba pero tampoco aprobaba ciertas cosas. Veía con temor porque estaba al tanto de las actividades que hacían ella y su marido y me di cuenta de que los estaban buscando y persiguiendo. Cuando se la llevaron, yo no me transformé en una revolucionaria. Salí a buscar a mi hija que se habían llevado con un embarazo de 8 meses. Yo fui muy ingenua, estaba muy confundida y desorientada. No sabía qué hacer.
–Teniendo en cuenta que el secuestro de Patricia se produjo en octubre del ’78, más de dos años con posterioridad al golpe, ¿estaba al tanto del plan de desaparición de personas que estaba llevando adelante la dictadura?
–Yo sabía muchas cosas pero en el momento en que se llevaron a Patricia, se me borró todo de la mente. Lo único que sabía era que tenía que buscar a mi hija y que tenía que encontrarla para que volviera a casa para tener el bebé. Después, con el tiempo uno se va a asentando y se va dando cuenta de que la realidad era otra. Pasó el término del embarazo de mi hija y no me devolvieron a ella ni a mi nieto. Me llegaron a llamar por teléfono para decirme que preparara la ropita porque cuando naciera mi nieto me lo iban a entregar. Cuando pasó el término del embarazo, yo ya desistí de la posibilidad de tenerla de nuevo para cuando pariera y comencé la búsqueda por mi hija y por mi nieto que ya habría nacido.
–¿Y por dónde empezó?
–Fui tan inconsciente, que me presenté ante la Justicia para reclamar por la privación ilegal de la libertad de mi hija. No era consciente de que a mí también me podían detener.
–¿Cómo se contactó con las otras Abuelas que estaban en la misma situación que usted?
–Primero fui a la Apdh. Allí me encontré en el rellano de la escalera con un montón de mesitas que atendían a gente para recibir las denuncias. Me tocó justamente un abogado que tenía una hija desaparecida, Alfredo Galenti. Él me dijo: “A usted le conviene venir mañana a mi casa que se van a reunir otras mujeres que están en la misma situación que usted”. Me dio la dirección y fui para allá. Me encontré con un grupo de señoras que tenían desaparecidos a sus hijos y tampoco tenían datos de sus nietos que estaban por nacer o que ya habían nacido. Comenzamos a reunirnos en secreto. En alguna confitería donde nos hacíamos pasar por maestras que cumplían años y se juntaban para festejar. Ni el mozo tenía que enterarse de quiénes éramos. Nos pasábamos los papeles que necesitábamos por debajo de la mesa. Todavía no nos llamábamos Abuelas de Plaza de Mayo. Ni siquiera teníamos nombre.
–Tantos años de lucha le permitieron recuperar a su nieto Guillermo.
–Sí, fue muy fuerte encontrarse, de golpe, con un hombre de 21 años que mide más de 1,80 metro de altura. Tuve que empezar a ganarme su cariño desde foja cero. El ya está casado, tiene dos hijos y por lo tanto me ha hecho bisabuela. Las cosas siguen adelante.

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