Escocia plebiscita su autonomía de Londres
La vieja potencia colonialista británica que siglos atrás dominaba vastos territorios de los cinco continentes, se niega a morir. No es ni la sombra de lo que fue en el siglo XVIII, en el XIX e incluso hasta mediados del siglo XX, pero sus herederos del siglo XXI se resisten a perder los últimos bastiones.
A David Cameron, el primer ministro tory británico, se le han reabierto en poco tiempo dos frentes, dos llagas abiertas hace tiempo, de las varias que todavía tiene el otrora poderoso imperio. Primero, en diciembre pasado, se le reabrió el frente de l Malvinas, cuando 33 mandatarios de América latina y El Caribe respaldaron por primera vez conjuntamente la histórica reivindicación de la Argentina de recuperar esas islas arrebatadas por el imperio británico en 1833. Fue en la cumbre de la Celac y semanas después Mercosur hizo suya la demanda, para sorpresa e ira de Londres.
Cameron parece no haberse enterado de los cambios políticos y sociales que tienen lugar en esa región en la última década, cada vez con más peso en la escena mundial.
Este dolor de cabeza del primer ministro vino a sumarse al otro provocado recientemente por la mayor huelga general antigubernamental vivida en el Reino Unido en décadas, y se sumó también al revés causado por el encontronazo entre Cameron y la pareja Merkel-Sarkozy y el resto de socios de la Unión Europea, a causa de las diferencias sobre cómo afrontar la crisis.
Pero tampoco fue el de Las Malvinas el último conflicto que irrumpió como un vendaval en el 10 de Downing Street. Cameron y su gobierno se enfrentan a otro histórico y complejo problema en el propio territorio del Reino Unido: el gobierno regional de Escocia quiere celebrar en 2014 un referéndum sobre su futuro, para que sus ciudadanos decidan con su voto si quieren o no independizarse.
La fecha no es elegida al azar: en 2014 se cumplirán 700 años de la batalla de Bannockburn, en la que las tropas escocesas vencieron a las tropas inglesas. Será un momento de fervor patriótico, favorable para una votación de ese tipo.
A pesar de que fue la ascensión del rey Jacobo VI de Escocia al trono de Inglaterra –a la que ya estaba incorporada Gales– el que dio lugar a la unión entre ambos reinos y la formación del Reino de Gran Bretaña a inicios del siglo XVIII –Irlanda se uniría un siglo más tarde pero se independizaría en 1921 tras dos años de guerra–, el sentimiento nacionalista escocés nunca ha desaparecido.
En las últimas elecciones autonómicas de Mayo de 2011, el SNP (Partido Nacional Escocés) dirigido por Alex Salmond, arrasó, obteniendo 69 de los 129 escaños del Parlamento regional.
En el plano formal, David Cameron dijo ya hace tiempo que no tenía oposición a que se celebrara un referéndum independentista en Escocia, pero el debate que se ha desatado ahora con virulencia sobre el tema es porque el gobierno de Londres no le reconoce al gobierno regional de Salmond competencia para convocar un referéndum. Para Cameron, sólo su gobierno, con el visto bueno de la Cámara de los Comunes, está autorizado a hacerlo.
El diferendo constitucional, que puede llegar al Tribunal Supremo, es el mayor suscitado en el Reino Unido desde la independencia de Irlanda y la partición de la isla. Seis condados del Norte (Ulster, que luego viviría un sangriento enfrentamiento de décadas entre unionistas protestantes e independentistas católicos), pasaron a denominarse Irlanda del Norte, una de las cuatro regiones que constituyen el Reino Unido, junto a Inglaterra, Gales y Escocia.
Fue a partir de 1997, durante el gobierno de Tony Blair, cuando se inició la transferencia de competencias del gobierno central a las regiones, y la discusión actual pone en evidencia la puja y los roces que sigue habiendo entre Londres y zonas del país con marcadas identidades propias.
Reino Unido tiene también otro conflicto colonial, el del Peñón de Gibraltar, un pequeño pero próspero istmo de tan sólo siete kilómetros y 30.000 habitantes situado en el sur español, que Inglaterra arrebató a España a inicios del siglo XVIII, aprovechando la guerra que libraban dos candidatos a la Corona española. Gibraltar tiene importancia estratégica, punto de unión entre el Mediterráneo y el Atlántico y entre la península ibérica y el norte de África.
Paraíso fiscal y económico considerado “territorio de ultramar” por el Reino Unido, Gibraltar es también embarcadero de submarinos nucleares británicos. El litigio se arrastra desde hace tres siglos, a pesar de las excelentes relaciones entre Madrid y Londres.
España no emprendió nunca una ofensiva diplomática de la envergadura de la lanzada ahora por la Argentina, ni tampoco contó con un apoyo de Europa tan comprometido como el que está dando América latina y El Caribe a Cristina Fernández de Kirchner y de ahí la “indignación” del premier Cameron. A los ex imperios les cuesta entender y adaptarse a los nuevos tiempos.

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