Estilo, ideología, pasión y reconocimiento de su arte
Piero cantó con mucha intensidad algunas piezas clásicas del repertorio de Mercedes, y ella se lo agradecía. Tenía un trato muy fuerte con los músicos. Yo la vi, en la intimidad, agradecer y retar como madre y como maestra. El más clásico fue el ‘gracias, Piero’”, dice Marcelo Simón, uno de los tipos que más sabe de folclore por haberlo vivido bien desde adentro. El cantautor Piero, otro gran pedazo de la historia de la música argentina de los últimos años, sonríe por el recuerdo y, a su vez, recuerda emocionado la frase.
–Mercedes arrancó en el canto siendo muy chica. ¿Es una voz natural la de ella o estudió?
Marcelo Simón: –Soy sordo profesional. No me quiero meter en esos terrenos, pero lo que sé es que siempre era ella, estudiaba mucho todo: canto y texto. No hacía dos canciones iguales.
Piero: –Es que, aparte de tener la mejor voz, ella era una estudiante tremenda. Con toda su trayectoria y su seguridad seguía estudiando como una alumnita ante cada tema.
M. S.: –Estudiaba hasta el último momento. Ella cantaba por placer, por eso tomaba los textos y les daba su forma. Ahí está el caso concreto de “Todo cambia”, por ejemplo: la hacen otros intérpretes, pero la versión que recordamos es la de ella porque es la que le dio una entonación única y dramática, en el sentido más semántico de la palabra, que la distingue de todas.
P.: –Yo tengo otro caso, el de “Soy pan, soy paz, soy más”. Ella cantaba “dale, decime, contame…” y originalmente era “dale, contame, decime”. Pero toda la gente, y yo mismo, la cantamos como ella la reescribió. Porque ella arrasa con las versiones. Nunca compuso pero recreaba las canciones y les ponía un sello único. La Negra, con dos compases, ya te conmovía.
M. S.: –Tenía un dominio extraordinario de la escena. Aún en los últimos tiempos, cuando cantaba sentada, escenificaba cada tema. Después, cuando muchos sabíamos que no podía hacerlo, hacía una coreografía alucinante, levantarse para el final y bailar.
–Hablamos de lo que era su voz: imponente, magistral, trabajada. Y sobre lo que eran los ’60, Cosquín y la industria discográfica. Tenemos que hablar sobre la censura y cómo fue la prohibición de Mercedes Sosa.
M. S.: –Escribí una nota hace unos años que se llamó “La música procesada”. Ahí puse un índex de palabras prohibidas que algunos amigos me habían mostrado en los diarios y que después recogió Lanata, el Lanata de antes, y puso en uno de sus libros. Ahí señalaba que, además de brutales, eran brutos. Si hay algo que le aconsejaría a los gobernantes que no hicieran es que intentaran ocultar a los artistas. A Mercedes la obligaron a irse y ahí es cuando se la conoce internacionalmente. Su fama mundial viene de esa censura.
P.: –En los ’70 y ’80 quedó como un sello. Por querer taparla.
–¿Hubo personas cercanas a ella en las decisiones políticas que tomaba, su afiliación al Partido Comunista, su integración a todo el movimiento latinoamericano o, como a nosotros, la inundó la militancia?
P.: –Ella estaba muy cerca de Armando Tejada Gómez, del primer César Isella. Todo un grupo que caminaban juntos en ese sentido. Ahí arranca algo natural y temporal en ella.
M. S.: –Respetando su ideología, yo sospecho que ella se acercó al comunismo por amor. Ella era una mujer muy enamorada. Creo que aquella jovencita que era Mercedes Sosa se deslumbró con Oscar Matus. Y Oscar era comunista, compañero de Tejada Gómez.
P.: –Ella era muy confidente. Se abría y escuchaba todas las historias. Tomaba esas personalidades con pureza.
–Para las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, Mercedes fue una figura muy protagónica…
M. S.: –Ella era muy valiente para acudir a un lugar común cuando otros se metían debajo de la cama.
–Piero, ¿cuánto tuvo que ver la música popular latinoamericana para recuperar nuestras raíces y vencer algunos de los miedos?
P.: –La canción no hace la revolución pero acompaña. Fue un gran lugar para cobijarse. Era una ayuda, una compañía y una escapatoria para la gente. Y Mercedes la representa como madre de todos nosotros al elegir determinadas canciones. Hay varios autores, pero ella de cada jardín sacó una flor.
–Uno piensa en alguien como Charly, no necesariamente en términos ideológicos, y ve su sonrisa al mirarla a Mercedes como la de un chico lleno de admiración…
P.: –Charly cuando se portaba bien. Lo llamaba La Negra y él era como un niño ante la llamada de su madre.
M. S.: –Ella lo protegía, lo mimaba, lo retaba, lo hacía cantar. La música es imprescindible en todos los procesos. El primer día que cantó Mercedes en Cosquín, en el año 1965, hizo “Canción del derrumbe indio”. El primer día que se mostró para todo el país dijo “aquí estoy y esto es lo que yo pienso”.
–Mercedes fue la armonizadora entre los disensos de cada integrante de los procesos culturales de identidad. Su desaparición física, ¿pudo dejarnos esa enseñanza?
P.: –La Negra se nos fue pero uno la sigue descubriendo. Estamos rescatándola continuamente. Sigue siendo una madre protectora de toda nuestra identidad.
M. S.: –Eso es una madre: protestar y proteger. La primera vez que se presentó en público después de ese período de enfermedad tan fuerte que pasó, Mercedes me llevó para que dijera un poema: “Hay un niño en la calle”, de Tejada Gómez. Cuando terminé, ella salió pero no se movía. Y se me ocurrió decir al público: “Acá está la madre de todos nosotros”. Luego me acerqué a abrazarla. Lloraba como nunca vi llorar a nadie.

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