Era muy difícil pelear contra Carlos Monzón. Tenía ese jab con el que te daba, te ponía distancia, te castigaba. Vos te desgastabas queriéndole entrar y no había manera. Cuando conseguías acercarte un poco, en la pelea corta, sacaba esos ganchos que te rompían todo. ¿Sabés lo que era pelear con un rival que a la mínima equivocación te entraba con una potencia estremecedora y no te perdonaba nada, que castigaba con una fiereza muy poco habitual? (…). Además del desgaste físico, el desgaste psicológico contra un hombre así era demasiado fuerte.” De esta manera, el francés Grattien Tonná –el otro protagonista de la defensa trece, de las quince, por el título que llevaron a Monzón a ser uno de los mejores medianos de la historia– definía cómo era enfrentarse con el púgil de San Javier.
Estudiantes, que hoy puede consagrarse campeón si vence a Arsenal, posee características equivalentes a las de Monzón, pero en una cancha de fútbol. Porque fundamentalmente tiene claro lo que quiere y la manera en que lo puede conseguir, una situación que a muchos deportistas y a muchos equipos les lleva un tiempo prolongado resolver. Con ese tema solucionado, juega con ventaja. Este equipo, que hace un año estuvo a minutos de ganarle al mejor Barcelona de la historia y quedarse con el campeonato Mundial de Clubes, parecía que había entregado todo lo que tenía para dar, que sus individualidades habían tocado techo.
Abajo. Es un equipo al que es muy difícil entrarle. Es granítico en el fondo. Tiene un arquero que encontró en La Plata el lugar ideal. Desaparecieron rápidamente de su alrededor los estigmas de las noches en vela previas a los partidos definitorios de la Copa Libertadores en San Lorenzo. Aún con errores, perdió exposición y ganó tranquilidad. Ahora busca resolver con simpleza y efectividad, algo bastante complejo de encontrar en un arquero argentino. Leandro Desábato es el jugador símbolo del equipo junto con Verón. Completa perfecto el formulario del zaguero pincha. Es fuerte de arriba, rudo de abajo, habla con los árbitros y es suelto de lengua con los rivales. Además, comprende a la perfección las intenciones de los lanzadores de pelotas paradas del León. El segundo marcador central, Germán Ré, es rápido, resolutivo y filoso: el complemento perfecto para el Chavo. Los laterales Federico Fernández y Gabriel Mercado son regulares y cumplidores. Con eso alcanza. Es simbólico lo del ex jugador de Racing. A pesar de ser un prometedor juvenil y formar parte de varios seleccionados menores, en Avellaneda estaba contrariado y extraviado. Lejos de ser un lateral de excepción, asimiló el puesto y rara vez falló.
No se recuerda que Carlos Monzón haya recibido palizas. Sólo aquella mirada clavada en el reloj de Luna Park contra Bennie Briscoe en noviembre del ’72 o algún golpe de la última pelea con Rodrigo Valdéz. Estudiantes es el equipo al que menos goles le convirtieron en el campeonato, ocho. Le llegan poco y le convierten menos.
Al medio. Matías Sánchez y Rodrigo Braña son dos mediocampistas filosos, raspadores, que juegan todo el tiempo al borde de la mala intención. Al igual que el jab del campeón, no paran nunca, están ahí, pistoneando, ensuciando, fastidiando, desgastando al rival, manteniendo el peligro bien lejos. Se suma Gastón Rojo, uno de los jugadores con más recorrido del fútbol argentino, recientemente vendido al Spartak ruso. Juan Verón y Enzo Pérez son el talento, manejan los tiempos del equipo y, sobre todo el capitán, saben en qué momento jugar un golpe a fondo y cuándo regular las energías. Lo de Verón es equivalente a aquellas fintas que Monzón hacía para atrás cuando esquivaba los golpes largos, situaciones de las que salía pegando, con la extraordinaria facilidad con la que contaba para castigar hasta cuando retrocedía. Aún lateralizando o distrayendo, Verón piensa todo el tiempo en cómo golpear.
Arriba. Leandro Benítez y la Gata Fernández son los encargados de la estocada final en este equipo literalmente agresivo. La última goleada a River es un ejemplo. En la primera que tuvo, el León castigó duro y sometió a los dirigidos por Jota Jota López durante casi ’90 minutos. Estudiantes es un equipo que desmoraliza al rival, le saca autoestima, de a poco. Con la pelota o sin ella; cuando los prepotea; cuando retrocede, cuando ataca; cuando habla con los árbitros, o cuando gana un partido con la contundencia del 4-0 contra River. Está dicho: gana por demolición. Como le ganó Monzón a Tonna hace exactamente 35 años con un derechazo en su oreja izquierda en el quinto round, previo a castigarlo con dureza, sin prisa ni pausa. Calculando sus golpes, no malgastando sus energías, porque su caja torácica no se lo permitía. Como el Pincha piensa hacer nuevamente hoy contra Arsenal, para ser un poco más grande aún.
Fortín. “La verdad, nos hubiera gustado estar ahí a nosotros o a Racing, a River, a Boca.” Son palabras de Ramón Díaz, el desmoralizado técnico de San Lorenzo, el pasado miércoles, refiriéndose al cierre del Apertura. Las conquistas parecen estar vedadas para los grandes en el ámbito casero. Las puertas están abiertas, con una lógica históricamente extraña, para aquellos que tienen ordenada la casa. Dentro de ese contexto, Vélez, una vez más, es el ejemplo de la coherencia. Fue en el equipo de Liniers –junto con el de Newell’s–, el único club donde funcionó la figura del manager: Christian Bassedas. Todo un símbolo de cómo está conducido el club. Tiene en su equipo al mejor jugador del campeonato, Santiago Silva, un goleador estremecedor. Puede forzar un desempate o salir campeón si Estudiantes empata o pierde. Nadie podría considerarlo una injusticia.
