Evita y el regreso del Movimiento

Año 5. Edición número 219. Domingo 29 de julio de 2012

Regresó Evita en millones de puestos de trabajo y otras conquistas sociales. Regresó la política y el
Estado. Regresó la juventud.
Tenía que suceder entonces: regresó el Movimiento. Una categoría distinta y superadora de los clásicos partidos políticos que nacieron, crecieron y se agotaron en el siglo XX.
Esta es una señal de cambio paradigmático no siempre consignada en los análisis de coyuntura. Será, probablemente, porque la raíz y la dinámica de los movimientos populares, si bien impactan sobre lo inmediato, interpelan y convocan a cambiar
la historia.
Por eso el acto de José C. Paz en memoria de Evita, este 26 de Julio, tuvo la pasión, la militancia, las contradicciones, el orden y el desorden de las multitudes, los empujones, los olores y sabores que sólo genera el Movimiento. Nadie más.
Esta vez, es un pueblo en movimiento tras un proyecto de país conducido por Cristina Fernández de Kirchner.
Vale escudriñar las razones profundas de este nuevo liderazgo político en la sociedad. Al no existir un paralelo en otro costado de
la política, no podemos cotejar representatividades, al menos
en el tiempo que llevamos
de democracia.
Queremos bucear en esas razones hasta encontrar el lugar desde donde se construye esta legitimidad del siglo XXI, tan novedosa como histórica.
Se hace evidente que Néstor
y Cristina construyeron una
nueva síntesis con raíz peronista
que supo unir lo mejor de su frustrada Renovación, lo mejor
de la democracia argentina y latinoamericana y lo mejor que tenemos, que es el pueblo.
La resultante es la reconstrucción del Movimiento, en su única misión histórica posible que es la transgresión, la rebeldía, la reparación y la construcción de derechos sociales. Barajar y dar de nuevo, bajar “próceres” anquilosados y odiosos y subir a los hacedores de nuestra historia, enfrentarse con los poderes económicos locales e internacionales, es su sello distintivo.
Es Movimiento en tanto se nutre de las mejores tradiciones políticas y culturales; aunque se parezca poco a los elementos que lo integran.
Incorpora la renovación política y generacional, pero no es la esterilizada Renovación peronista de inicios de la democracia.
Incorpora la cultura movimientista, en tanto es expresión de multitudes que protagonizan la política, que la hacen suya, que la resignifican; pero no es el viejo Movimiento en su fase achacosa, caótica y anarquizada.
Incorpora a la Revolución de Mayo en tanto Revolución liberal democrática.
A las banderas de Artigas, en tanto fuente del Federalismo.
A Juan Manuel de Rosas y a los caudillos del interior, en tanto combatientes de la soberanía y el desarrollo nacional autónomo.
A Yrigoyen y Perón en el camino ascendente a la inclusión y la justicia social.
Y al mismo tiempo incorpora, las luchas de los obreros anarquistas y la Resistencia peronista.
Es Movimiento, no porque sea el lado B de un viejo disco rayado, sino porque se corresponde con este nuevo siglo.
Tiene proyecto. Tiene conducción política. Tiene mística. Tiene pueblo. Tiene juventud. Tiene raíces culturales hundidas en lo mejor de la historia de la patria.
Y tiene el gobierno y sabe cómo se gestiona. No entender este nuevo emergente de la realidad, transforma a los opositores en fantasmas errantes incapaces de comprender y asir las cosas y los sucesos.
Pero las cosas están y los hechos suceden. Dicho a la vieja usanza: la única verdad es la realidad.
El “posibilismo” fue la ideología predominante en la pos dictadura. Fue la conducta de la derrota.
Los opositores atrasan pues optaron por ser “posibilistas” de Clarín, un remanente de la dictadura, antes que integrarse a esta nueva democracia.
El Movimiento, en cambio, nunca es posibilista. Será revolucionario o no será.
Desde el 2003 ha recompuesto lo que parecía etéreo: el campo nacional y popular.
De allí que la unidad, la solidaridad y la organización a que convoca Cristina se corresponden con esta fase movimientista.
Por eso mismo es una consigna de poder y una respuesta adecuada a la crisis política provocada por la banda neoliberal que azota al viejo mundo.
A mayor desestructuración económica y social lanzada por
el poder económico mediático mundial, el Movimiento plantea mayor estructuración en lo económico, en lo social y
en lo político.
Venimos hablando del kirchnerismo, claro está.
Y aquí nos acercamos al hueso del asunto: la cuestión del poder.
Hay tensión en las alturas, en algunos políticos y en los grandes medios, como apuntó Cristina, porque el hecho maldito del kirchnerismo es disputar el poder para construir una nueva democracia, en un nuevo país, más justo e inclusivo, integrado a la región y no al FMI ni a los centros de poder financiero.
Desde una mirada panorámica, el desarrollo y el crecimiento sirven para eso.
O la hegemonía la seguían teniendo los grupos concentrados
o la tiene el pueblo y sus representantes.
Esa disputa por el poder en democracia es la que explica la revalorización de nuestra propia historia y, en consecuencia, explica el bombardeo feroz contra la esperanza colectiva ejecutada por el Grupo Clarín y La Nación de Mitre en sus últimas batallas defensivas.
La participación de la juventud, acompañando las medidas transformadoras del Gobierno y el claro liderazgo de Cristina, así como su contracara reaccionaria, la demonización de La Cámpora, demuestran que ya todos saben el juego que se juega.
La corporación juega al desgaste y a la destitución, pero ya no juega a su antojo en la cabina de mando. De allí fueron desplazados cuando la política recuperó su domicilio real: la Casa Rosada.
La democracia puso proa definitiva hacia y con el Mercosur. Así, la incorporación plena de Venezuela es un salto a la luna en el espacio de la integración regional, porque la Patria Grande pasó de firmar “memorándum de entendimientos” a la unidad continental autoabastecida.
La energía compartida,
en términos petroleros y gasíferos, es el nuevo abrazo entre San Martín y Bolívar.
Como se verá, Evita está presente y el Movimiento también.

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