Falcón y Villar, a retiro

Año 3. Edición número 152. Domingo 17 de abril de 2011

Se podría decir que esos tres uniformados compartieron la coincidencia de un final explosivo.
El 1º de mayo de 1909, en entonces jefe de la policía capitalina, coronel Ramón L. Falcón –sobre cuyo pasado brillaba su valiente desempeño durante la Campaña del desierto–, ordenó una sangrienta represión en un acto obrero celebrado ese día en Plaza Lorea: su saldo: 11 muertos y 152 heridos. Seis meses después, exactamente durante el mediodía del 14 de noviembre de 1909, su eficaz gestión policial tuvo un abrupto corte cuando una bomba casera arrojada sobre su carruaje por el anarquista Simón Radowitsky lo partió en dos.
Seis décadas y medio después, el jefe de la Policía Federal, comisario Alberto Villar, hacía lo imposible para emular a su desafortunado antepasado. Mientras que a la luz del día se concentraba en el manejo de esa fuerza, por las noches comandaba las huestes de la Triple A, de la cual habría sido uno de sus fundadores. Su carrera quedó trunca el 1º de noviembre de 1974, cuando él y su esposa súbitamente fallecieron en el riacho la Rosqueta, de Tigre, al explotar en su lancha una carga de trotyl que había sido colocada por un comando montonero. Durante la ceremonia fúnebre en la que sus camaradas y familiares despidieron sus restos, el comisario Silvio Colotto pronunció un sentido discurso: “Cuando la patria nos necesite, tus amigos seremos una masa compacta de cabezas y brazos. No somos sádicos, pero tampoco podemos permitirnos el lujo femenino de la debilidad”, dijo, antes de hacer una pausa para calibrar la reacción de los presentes. Luego prosiguió: “Si las puertas de la patria se vieran avasalladas por la subversión apátrida, las defenderemos a balazos”. Sería , desde luego, el prolegómeno de una masacre.
A su vez, el general Cesáreo Cardozo, un oficial de caballería del Ejército, fue puesto al frente de la Federal el 31 de marzo de 1976, una semana después del golpe. Desde ese lugar, estuvo en la primera línea del plan represivo de la dictadura. Sin embargo, no llegó a ver sus ominosos resultados: Cardozo murió como consecuencia de otro explosivo. Lo había colocado bajo su cama Ana María González, una militante montonera de 18 años que había sido compañera de estudios de la hija del militar.
Hasta el jueves pasado, la Escuela de Cadetes de la Federal llevó el nombre del coronel Falcón; la Escuela de Suboficiales, la de Villar;en tanto que Cardozo le prestaría el nombre a la Escuela Superior de Policía.
Por una resolución de la ministra de Seguridad, Nilda Garré, se reemplazaron esos personajes por otros jefes policiales “cuya trayectoria estuvo asociada con la democracia y su trabajo tuvo una fuerte vinculación con la comunidad”. Los cambios, explicaron en el ministerio, acompañan modificaciones en los tres niveles de la formación policial. Desde el el 14 de abril, la Escuela de Cadetes pasará a denominarse “Comisario Angel Pirker”, el recordado policía designado por Raúl Alfonsín como jefe de la Federal. A su vez, la Escuela de Suboficiales cambió su nombre por el de Don Enrique O’Gorman, un civil que fue jefe de la policía de la Capital desde 1867 a 1874. Éste pasaría a la Historia por haber prohibido en su gestión el uso del cepo y otros instrumentos de tortura. Y la Escuela Superior de Policía se llama ahora “Comisario General Enrique Fentanes”, un policía con perfil académico pero también con experiencia como investigador.
Los cambios fueron impulsados por Ministerio de Seguridad, con el propósito de “acompañar las modificaciones que se encararon en los tres niveles de formación policial”, explicó a el subsecretario de Gestión de Personal de las Fuerzas Policiales y de Seguridad, Gustavo Palmieri. También informó que “en todos los casos fueron consultados con las autoridades de la institución”.
Con respecto a las nombres que tendrán las instituciones de formación policial, tanto el comisario Pirker como Fentanes cuentan con un gran respeto dentro de la oficialidad de la fuerza.
El primero, porque su gestión es recordada por los policías de mayor edad: Pirker estuvo al frente de la fuerza desde 1986 a 1989, cuando falleció, dentro del Departamento Central de Policía. Su deceso se produjo en su despacho, cuando tuvo un repentino ataque de asma. Algunas versiones jamás corroboradas aseguran que, de manera intencional, no fue asistido en aquel instante. Es que Pirker sobrellevó su gestión en medio de una feroz interna desatada contra él por los sectores duros de la institución. Lo cierto es que, desde entonces, fue recordado por sus innumerables logros. Bajo su mando, la Federal desarrolló importantes investigaciones; se desbarataron bandas de secuestradores extorsivos en las que participaban ex represores.
Fentanes, a su vez, fue uno de los propulsores de la federalización policial. Además será reconocido como autor de importantes textos que aún hoy forman parte de la carrera policial. Su nominación, además, tiene algo de revancha: la Escuela Superior llevaba su nombre hasta que la última dictadura decidió homenajear a Cesáreo Cardozo.
O’Gorman, hermano de la malograda Camila, en tanto, es un pionero en la organización de la policía porteña, en tiempos de lucha entre autonomistas y nacionalistas, y tuvo un papel destacado durante la epidemia de fiebre amarilla, en 1871, junto al médico Francisco Javier Muñiz.
El cambio de nombres en los institutos de formación “se fundamenta en la obligación del Estado de construir una sociedad donde todos sus espacios, en particular las instituciones formadoras, proclamen valores democráticos y el respeto a los derechos humanos”, aseveró el subsecretario Palmieri. Y agregaría: “Por eso es pertinente que las denominaciones de las escuelas se relacionen con la trayectoria de personas que han contribuido con su accionar a proteger la vida y las libertades de los ciudadanos”.

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