Con el milagro de la ley sancionada, representantes de la comunidad gay de diversos puntos de la Argentina –y que durante estos días hicieron la vigilia en el hotel Bauen– celebraron el Primer Congreso Nacional de la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans (Falgbt). Todos con ese rictus de felicidad que sólo es posible en rostros demacrados por el cansancio.
Se bromeó con que se trataba de uno de los grupos de autoayuda más grande o que se parecían a los vencedores españoles del Mundial. La mayoría se volvía a ver las caras tras el aluvión de trabajo que los mantuvo ocupados. Los abrazos y los besos se disparaban como los flashes que colmaban el gran salón del primer subsuelo del hotel.
Sobre el escenario, en el panel que se proponía discutir sobre una Legislación para la igualdad en la Argentina estaban algunas de las caras más públicas de la epopeya: la ex legisladora santafesina Silvia Augsburger (PS), Vilma Ibarra (Nuevo Encuentro), Vilma Ripoll (MST), María Luisa Storani (UCR) y el secretario general de la Federación, Esteban Paulón, a falta de la presidenta María Rachid, en misteriosa comisión que iría a develar hacia el fin de la velada, tras una suerte de entrada triunfal aturdida por los aplausos.
El micrófono saltaba del panel al público. La alegría se gritaba desde todos los rincones de una multitud que ocupaba el salón entero Había un clima y un ingenio más propio de la popu futbolera o del box. La emoción se contaba en litros de lágrimas. El clima se volvía muy íntimo lejos de la ignorancia y la maldad de acusaciones del tipo “tráfico de esperma” o “vienen por nuestros hijos”, e incontables pavadas que por estos días le fueron atribuidas a estos enviados del Diablo.
Como dijo la diputada Ibarra, en la reunión se estaba viendo la parte “de carne y hueso de la ley”. También hubo una suerte de balance a través del intercambio de experiencias, donde se formalizaron pedidos de disculpas en nombre del Estado y se repitieron los agradecimientos y las nuevas arengas.
El cuerpo heterodoxo, vital, bien real de esta ley estaba allí, atravesado intermitentemente por la terapia del chiste y el llanto.
La juventud porteña de Lgbt agradeció a las funcionarias que le hubieran devuelto la “ilusión en la política”, negada por los adultos con frases del tipo “la política es sucia”, “no sirve”, “es una mierda”. Alguien más confesó que el 15 de julio volvió a cantar el Himno, contra el que se había rebelado durante casi 10 años.
Augsburger, una de las autoras de esta ley, expuso su conclusión remarcando los dos puntos principales del logro: “Muchos medios preguntaban '¿qué pasó para que Argentina sea uno de los 10 países del mundo que promulgó esta norma?'. Pasaron ustedes -dijo la ex diputada- y no es que hayan iniciado el camino, porque muchos ya no están, pero ustedes recogieron ese tributo y fueron capaces de transformarlo en éxito”. Luego agregó que “otra cosa muy importante fue la valentía: para estar en política no solamente hace falta tener convicciones, compromiso con una determinada causa, sino que también hay que estar, existir en un espacio de representación para poder transformar la realidad. Y la valentía estuvo presente en el Senado el miércoles y también en cada uno de los que conformaron parejas antes de que la sociedad dejara hacer”.
La socialista asegura que allí falló la Iglesia, “no porque equivocaron el camino, por hacerse los duros o por amenazar en vez de dialogar; se equivocaron porque estaban fuera de la realidad, y los que están en la realidad son ustedes que, a pesar de los obstáculos, se aman y triunfaron como pareja. Esa fue la valentía fundamental para este triunfo”.
Los chistes y los llantos. Augsburger pedía disculpas porque el llanto no la dejaba continuar, y Ripoll la consolaba: “Si lloró Negre de Alonso, ¿no vas a poder llorar vos?”. Y todo se volvía risa de pómulos mojados.
Un muchacho aclaraba una vez más, luego de contar su juventud entrerriana: “Nosotros no estamos en guerra, nosotros queremos vivir nuestro amor como se debe, sin culpas”. Pero la nueva realidad le traía un nuevo problema: “Ahora me tengo que buscar un marido”.
Otra tanda de aplausos y risas la trajo una reconocible tonada cordobesa que prometía a los legisladores que votaron en contra que iban a ser recordados en el 2011. “Se llama ejercicio cívico y memoria”, justificó. Acto seguido, llamó “a trabajar por la ley que se viene, que es la de Identidad de Género” y aconsejó “decirle a la señora Negre de Alonso que vaya preparando el pañuelito”.
Alguien destacó el papel de la tímida María Luisa Storani, “que gastó el teléfono llamando a los legisladores y que representa lo mejor de esa UCR que fundó YPF” –“soy de Proyecto Sur tengo que hablar de YPF”, bromeó el dueño de la palabra–, y a la que le vaticinó que “se va a llevar puesto al otro candidato con pretensiones presidenciales, que no interesa nombrar”. “¡Cobos!”, gritó la popular a puro pulmón embravecido por la algarabía.
Los mates hacían la ola por encima de esos centenares de cabezas que eran iluminadas por 10 hileras de 15 focos. “No pienso pedir disculpas por llorar como una marica”, dijo alguno precediendo a Miguel Ángel, un sesentón militante con pareja estable hace décadas, que contó haber sido testigo del abrazo entre el diputado Ricardo Cuccovillo y su hijo, y pensó: “A mí me hubiera gustado tener ese padre”.
Cuccovillo dominó la emoción. Ya Augsburger había hecho saltar las lágrimas de todos cuando evocaba la confesión de culpa del legislador bonaerense, por la abrumadora infinidad de injusticias que se cometen inconscientemente.
Entre lo que sigue, la prioridad es la ley de Identidad de Género. Ripoll también consideró que por el mismo camino hay que “ir con la ley de aborto”. Y propuso “avanzar en terminar de pagarles el sueldo a los obispos para que después se movilicen en contra nuestra con la plata de nosotros. La mitad de las escuelas de nuestra ciudad (Buenos Aires) son privadas y religiosas, con subsidios que les pagamos todos”, recordó.
Lo más inmediato es que la Lgbvt tiene cita para el miércoles en la Casa de Gobierno –por primera vez en la historia– cuando la presidenta Cristina Fernández de Kirchner oficialice la ley promulgada por el Congreso. Tales las buenas nuevas que traía al final Rachid. La conclusión final quedó a cargo de Marcelo, un militante de Concordia: “La Iglesia no se interesó por las personas, volvió esto una competencia para ver quién la tenía más grande. ¿Y saben quién la tenía más grande? Ellos, pero no la supieron usar”.
