El quiebre del monopolio en los servicios de Internet –a partir de la declaración de caducidad de la licencia de Fibertel– y el proceso de migración hacia los pequeños y numerosos proveedores abrió un nuevo debate alrededor de cómo el Estado administra un bien aparentemente escaso, que hay que redistribuir entre cientos de fuentes (pymes y cooperativas) y millones de destinatarios (usuarios domiciliarios).
Ese debate comenzó esta semana en el microcine del Ministerio de Planificación Federal, donde los representantes de decenas de cooperativas de servicios telefónicos y de Internet buscaban, junto a los técnicos del ministerio conducido por Julio De Vido las soluciones al problema central: el ancho de banda, su disponibilidad, su redistribución, su medida y su costo. Abordarlo y encontrar soluciones es el camino concreto para terminar con la concentración de los monopolios, abrir la competencia en igualdad de condiciones para las fuentes y ofrecer una efectiva libertad de opción para los destinatarios. Para eso hay que empezar por definir ese bien del que todos hablan y valoran como el gran tesoro escondido, invisible, de las comunicaciones electrónicas. Curiosamente, es un concepto más inscripto en la lógica que en la tecnología.
El ancho de banda expresa la velocidad de reacción de cualquier medio o canal físico de las redes de comunicaciones a las variaciones de las señales, que transportan los mensajes, sean imágenes, sonidos o textos. Se mide en hertz si son analógicos o en bits por segundo (bps) si son digitales.
Pero resulta que, sorprendentemente, en las comunicaciones digitales como Internet, esa velocidad no depende de si el canal es espectro radioeléctrico, fibra óptica, videocable o telefónico, sino de la tasa de información que se le inyecta al canal.
La información en los sistemas de comunicaciones puede medirse. Esa medida depende del grado de libertad de la fuente para elegir el mensaje a transmitir o del grado de incertidumbre del destinatario acerca del mensaje a recibir. Éste es el principio probabilístico de la teoría matemática de la información en las comunicaciones, desarrollada por Hartley y Shannon, que sustenta a todos los modernos sistemas multimediales: audio, video, radio, televisión e Internet, tanto digitales como analógicos. Créase o no, que tengamos 1 Mbps, 3 Mbps o 100 Mbps en nuestra conexión domiciliaria depende en última instancia de la multiplicidad de fuentes de información que se conecten a ella y no de si tenemos los viejos alambres de cobre que heredamos de nuestros abuelos o una antena satelital.
