Dice Antonin Artaud: “El cine es más excitante que el fósforo, más cautivante que el amor…”. Cuando comencé a escribir Juan y Eva pensé en esto, el desafío de hacer una película sobre el amor que fuera más cautivante que el amor. La relación entre el mundo público y el mundo privado, el amor que se construye entre esos dos mundos.
No sé si logré acercarme siquiera a este concepto, pero algo sucede con esta película, algo me sucede a mí con esta película. La reacción del público me devuelve algo que no esperaba. Aplausos en todas las funciones, agradecimientos, lágrimas…
Y entonces empiezo a verla con otros ojos, intento cambiar el ángulo de cámara para mirarla desde otro lugar. Me pregunto qué hice y no tengo certezas, cada vez tengo más preguntas sobre mi propia obra. Supongo que cuando haya pasado el tiempo podré darme cuenta más claramente. Por el momento, sólo escucho, leo y miro las reacciones del público (no sin sorpresa, por supuesto) y vuelvo a pensar en esos días en que la filmábamos.
Porque hacerla fue un acto íntimo y estrenarla es un acto público, abandonarla, sacarla de mi cabeza y entregarla. Todo eso, que vuelve desde el público, me la devuelve en algún sentido, me transporta a ese momento en que empecé a pensarla.
Filmar una película es una cosa muy extraña y bella, un grupo de personas (en el caso de Juan y Eva, un grupo muy grande de personas) que construyen un acto íntimo. Que conviven durante un tiempo completamente ajenas a la realidad, concentradas en el plan del día y en el del día siguiente, pendientes de cosas tan fuera de lo común como conseguir para dentro de dos horas un barco de 1940 o improvisar una calle de esa época eludiendo semáforos, carteles, avenidas. Las risas, los nervios, las osadías del equipo de producción que a modo de grupo comando logra producir ese tipo de cosas y que luego de la jornada las desarma como si nada, y entonces todo vuelve a quedar en su lugar, como si no hubiéramos pasado por allí. La motor home y el camión de luces emprenden su marcha de vuelta y al día siguiente todo vuelve a comenzar. Todo es así de efímero, como los sueños, como esos sueños intensos que al despertar se desvanecen. Eso es filmar una película, es de una enorme melancolía que no prospera porque al día siguiente hay que empezar de nuevo. Y así durante ocho semanas, sin parar. Uno extraña después todo eso, extraña mucho a todas esas personas, las quiere, las lleva para siempre consigo. Después de todo son los artífices del sueño, un montón de hombrecitos construyendo un sueño.
Efectivamente, el cine es más excitante que el fósforo. Y luego viene la incertidumbre, el material a editar, las miles de posibilidades que el material “en bruto” nos ofrece. Tanto, que abisman. Después, el sonido y la música. Y entonces uno empieza a “verla”, cobra identidad propia, se vuelve algo tangible, y de paso el vértigo de no tener vuelta atrás. Como en el amor.
Como cuando Juan dice “¿Adónde la llevo, Eva?”, y entonces ambos comprenden que ya no tienen vuelta atrás.
