Filmar provoca gran melancolía

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Año 4. Edición número 176. Domingo 02 de octubre de 2011

Dice Antonin Artaud: “El cine es más excitante que el fósforo, más cautivante que el amor…”. Cuando comencé a escribir Juan y Eva pensé en esto, el desafío de hacer una película sobre el amor que fuera más cautivante que el amor. La relación entre el mundo público y el mundo privado, el amor que se construye entre esos dos mundos.
No sé si logré acercarme siquiera a este concepto, pero algo sucede con esta película, algo me sucede a mí con esta película. La reacción del público me devuelve algo que no esperaba. Aplausos en todas las funciones, agradecimientos, lágrimas…
Y entonces empiezo a verla con otros ojos, intento cambiar el ángulo de cámara para mirarla desde otro lugar. Me pregunto qué hice y no tengo certezas, cada vez tengo más preguntas sobre mi propia obra. Supongo que cuando haya pasado el tiempo podré darme cuenta más claramente. Por el momento, sólo escucho, leo y miro las reacciones del público (no sin sorpresa, por supuesto) y vuelvo a pensar en esos días en que la filmábamos.
Porque hacerla fue un acto íntimo y estrenarla es un acto público, abandonarla, sacarla de mi cabeza y entregarla. Todo eso, que vuelve desde el público, me la devuelve en algún sentido, me transporta a ese momento en que empecé a pensarla.
Filmar una película es una cosa muy extraña y bella, un grupo de personas (en el caso de Juan y Eva, un grupo muy grande de personas) que construyen un acto íntimo. Que conviven durante un tiempo completamente ajenas a la realidad, concentradas en el plan del día y en el del día siguiente, pendientes de cosas tan fuera de lo común como conseguir para dentro de dos horas un barco de 1940 o improvisar una calle de esa época eludiendo semáforos, carteles, avenidas. Las risas, los nervios, las osadías del equipo de producción que a modo de grupo comando logra producir ese tipo de cosas y que luego de la jornada las desarma como si nada, y entonces todo vuelve a quedar en su lugar, como si no hubiéramos pasado por allí. La motor home y el camión de luces emprenden su marcha de vuelta y al día siguiente todo vuelve a comenzar. Todo es así de efímero, como los sueños, como esos sueños intensos que al despertar se desvanecen. Eso es filmar una película, es de una enorme melancolía que no prospera porque al día siguiente hay que empezar de nuevo. Y así durante ocho semanas, sin parar. Uno extraña después todo eso, extraña mucho a todas esas personas, las quiere, las lleva para siempre consigo. Después de todo son los artífices del sueño, un montón de hombrecitos construyendo un sueño.
Efectivamente, el cine es más excitante que el fósforo. Y luego viene la incertidumbre, el material a editar, las miles de posibilidades que el material “en bruto” nos ofrece. Tanto, que abisman. Después, el sonido y la música. Y entonces uno empieza a “verla”, cobra identidad propia, se vuelve algo tangible, y de paso el vértigo de no tener vuelta atrás. Como en el amor.
Como cuando Juan dice “¿Adónde la llevo, Eva?”, y entonces ambos comprenden que ya no tienen vuelta atrás.

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Otras notas

  • Cómo contar el 17 de octubre? Esa pregunta giró en mi cabeza durante semanas, incluso después de haberla escrito. Cómo llegar a ese final. Empecé a darme cuenta de que había dos relatos en mi propia escritura; la historia íntima, pero también algo que subyacía y que no estaba puesto en palabras, que estaba “fuera de campo”, incluso en el guión, incluso para mí. Y ese fuera de campo era, me fui dando cuenta, lo que el público sabía sobre la historia. La gran historia, la historia social.

  • Además del talento en la construcción del guión y de la realización de la película, lo interesante de El Secreto de sus ojos es que está dirigida a un segmento amplio de público, desde gente mayor, jóvenes, aquel que va a ver una película de amor, un policial, al que le gusta cierta crítica social –dice Mazure–. Esto fue muy importante en el éxito de la película de Campanella. Venía creciendo la cantidad de espectadores que eligen ver cine nacional, pero El secreto… aportó muchísimo y reconcilió al público con el cine argentino.”

  • Boca de fresa es una película nostálgica. Pero no esta hecha de esa nostalgia que entristece. Es una comedia naïf, que se da el gusto de coquetear con otros géneros: mezcla de western, road movie y suspenso. Con los colores y la estética de la década del ’70, Rodrigo de la Serna (Oscar) y Érica Rivas (Natalia) encarnan a los protagonistas de una historia que bucea en muchas aguas, pero sobre todo en las del amor.

  • La película se filmó en Abidjan, capital de Costa de Marfil. Era el año 1958 y Jean Rouch acompañó, durante seis meses, a un pequeño grupo de jóvenes emigrantes nigerianos. Habían dejado atrás la escuela y su familia para tratar de entrar al mundo moderno durante los difíciles tiempos posteriores al proceso de descolonización. No sabían hacer nada y estaban dispuestos a hacer todo, a mitad de camino entre el Islam y el alcohol, conservando sus creencias pero seducidos por los ídolos modernos de Occidente.

  • El amor antes del amor. Juan y Eva retrata el desarrollo de la relación entre Juan Domingo Perón (interpretado por Osmar Núñez) y Eva Duarte (Julieta Díaz), desde que se conocieron en enero de 1944 –en la colecta para las víctimas del terremoto en San Juan–, hasta el 17 de octubre de 1945, ni más ni menos que en el nacimiento formal de ese fenómeno de masas inclasificable conocido como peronismo. Es decir, el amor entre un hombre y una mujer antes del gran amor del pueblo por Perón y Evita.

  • De la mano del sello Los Años Luz, Alvy Singer Big Band presenta nuevo material El tiempo del amor que viene acompañado de otro disco, Pequeños éxitos, una compilación de sus tres cd´s anteriores, ya agotados.