Franco, el presidente de un grupo de conjurados

Año 5. Edición número 215. Domingo 1 de julio de 2012
Franco Dixit. "En Paraguay se acabó el tutelaje de países vecinos." (AP)
Dólares y negocios son las prioridades del nuevo jefe de Estado paraguayo, el hombre que llegó al poder tras el fugaz juicio político que destituyó al ex obispo Fernando Lugo.

Federico Franco, el vicepresidente de Paraguay que –de la noche a la mañana– se tornó en Presidente, camina apurado por la Casa de Gobierno, blanca y majestuosa. Los periodistas internacionales intentan detenerlo, pero resulta imposible. El tema del día es la sanción del Mercosur a su país, pero poco parece importarle. Son las 9.25, y lo que a él más le preocupa ocurrirá en su despacho, en cinco minutos. Lo visitarán acaudalados empresarios norteamericanos: hablarán de dólares.
La escena transcurre la mañana del jueves 28 de junio, día en que los cancilleres del Mercosur decidieron la “suspensión” de Paraguay en la cumbre del Mercosur por considerar que en ese país se quebró el orden democrático. "En Paraguay se acabó el tutelaje de países vecinos", les escupirá al día siguiente, incluso antes de que se pronuncien los presidentes regionales.
La agenda de Franco, el hombre que llegó al poder tras el fugaz juicio político que destituyó al ex obispo Fernando Lugo, tiene otras prioridades. En el sexto día al frente del Ejecutivo y en el segundo desde que ocupó el despacho en el palacio presidencial, abrió las puertas de su nueva oficina a los "empresarios norteamericanos", como los definió su Dirección de Información. Ingresaron –entonces– los representantes de la empresa Crescent Global Oil-Pirity Hidorcarburos. Se encontraron con un hombre despreocupado, extrañamente alegre, envuelto en un impecable traje negro muy distante de los atuendos que elegía Lugo. Cuestión de imagen. Y de negocios.
En esta lógica de darles prioridad a los dólares, la agenda política internacional parece tenerlo sin cuidado. Lejos de intentar indagar la vía diplomática para revertir el rechazo regional –y la indiferencia mundial– a su gobierno, encabezado por Argentina que retiró a su embajador en Paraguay, Franco va directo al choque.
Así, cuando el lunes pasado, en una rueda de prensa los periodistas le preguntaron por la postura adoptada por Cristina Fernández de Kirchner, Franco no dudó en deslizar una amenaza velada: "Gran parte de la iluminación de Buenos Aires se la estamos entregando nosotros desde Yacyretá".
Lo que el mundo piense de él no parece preocuparle al titular de este Ejecutivo sólo reconocido por España, Taiwan, Canadá, Alemania y el Vaticano.
Son otras las cosas que le interesan a este hombre que hizo campaña junto a Lugo y se convirtió en su principal opositor al día siguiente de que llagaron al poder, el 28 de abril de 2008, cuando todavía lucía un firme bigote negro que ha sido borrado de su rostro hace pocos meses.
No por casualidad, el primer respaldo que recibió fue por parte de la Iglesia cuando, al día siguiente de la destitución de Lugo, fue acompañado por el nuncio apostólico, Eliseo Ariotti, a recorrer el Palacio de Gobierno. Esa misma tarde Ariotti le regaló una misa en su honor.El gesto fue bien valorado por este devoto creyente que concurre asiduamente a la parroquia Medalla Milagrosa, en las afueras de Asunción, y que acostumbra a persignarse antes de sentarse a comer.
Desde que tomó el poder, Franco repitió que su prioridad es "ordenar la casa" y no la "comunidad internacional". Con ese fin, en menos de una semana intervino las Fuerzas Armadas y nombró un hombre de su confianza, porque tanto él como sus colaboradores consideraban que la cúpula militar anterior tenía buenas relaciones con el presidente caído en desgracia.
También se ocupó de los brasiguayos, quizá los actores más poderosos de Paraguay. Unos 500 mil –según el cálculo de Franco– latifundistas brasileños que manejan el mercado agropecuario. Ya los recibió, en su semana de bautismo.
Con ese mismo estilo, despreocupado por cómo pudieran leerse sus gestos políticos, Franco pasó el miércoles por el Congreso. Como si le estuviera enrostrando a Lugo el golpe que le dio el Parlamento después de 23 intentos fallidos. Reunió a diputados y senadores que habían votado a favor de la destitución del ex obispo durante el juicio político express para presentarles a su equipo económico.
Sin rodeos, les pidió que aprobaran un paquete de 500 millones de dólares. "Sin ayuda de los diputados y senadores, todo esto será estéril", les dijo a los mismos que le negaron la posibilidad de contraer esa deuda al gobierno de Lugo.
Todos, sin excepción, lo aplaudieron en el lujoso Salón VIP de Senadores, con vista al río, en el quinto piso del Congreso, mientras degustaban, de entrada, una ensalada de hojas verdes y camarones.
Y no se detuvo. Sonriente, sin desajustarse su corbata azul con fantasías, se frotó las manos y les dijo a los legisladores, entre los que había colorados y representantes de Unacé, el partido de Lino Oviedo: "Qué bien le vendrían a Paraguay unos 3,5 billones de dólares". Se refería a la inversión inicial que prometió la empresa canadiense Río Tinto (planta de Alumino), si consigue hacerse de las condiciones adecuadas para desembarcar en Paraguay.
Las condiciones son, entre otras, exenciones impositivas y tarifas subsidiadas, algo imposible sin la colaboración (y aprobación) del Parlamento.
A unas pocas cuadras del congreso, pero muy lejos de la frialdad de los números y el olor de los camarones, un grupo de estudiantes y trabajadores acampó frente al edificio de la Televisión Pública. En esas cuadras que separan a la Plaza de Armas (donde está el Congreso) del autodenominado "bastión luguista", descansan tres carros hidrantes siempre dispuestos a enfrentar a quien se oponga a Franco.
Al pueblo le cuesta salir a la calle. Se siente el miedo. "Somos un pueblo muy golpeado, hemos pasado la vida bajo dictaduras", se excusó, desanimado, Carlos, un taxista que reza por el retorno de Lugo al poder.
De todas formas, en la puerta de la TV Pública todavía sobreviven las pintadas que rezan "Fuera Franco, viva la democracia", aunque el campamento allí montado se reduce a diario.
"Lugo se retiró como un obispo y no como un Presidente elegido por el pueblo", lamentó uno de los jóvenes que permanecen de guardia y que hasta antes del golpe luchaba por cobrar su salario. Es que, paradójicamente, la TV Pública paraguaya es un proyecto naciente que ni siquiera tiene un presupuesto asignado por el Poder Ejecutivo.
Al propio Lugo le faltó entusiasmo para conducir la resistencia. No pudo sostener con hechos la buena imagen que dejó en sus seguidores cuando, empujado por los fundadores de Frente por la Recuperación Democrática (que nació la misma noche del golpe) pasó a hablar en Micrófono Abierto, dispuesto frente al canal público. La multitud que lo acompañó esa madrugada, se entusiasmó.
Después bajó su perfil. Amagó con viajar a la Cumbre del Mercosur, pero desistió. Se dedicó toda la semana a analizar tibias variantes para recuperar su gobierno por la vía legal junto con su equipo jurídico que, ya el lunes, recibió el revés de la Corte Suprema de Justicia. Se conformó con dar breves reportajes a medios internacionales. Nada más.
En el interior del país, se sucedieron marchas y manifestaciones en su nombre. El departamento de San Pedro, su lugar de origen, fue el emblema. Pero, hasta ahora, nada alcanzó. El martes, empujado por los jóvenes que no bajaron los brazos, Lugo comenzará a recorrer el país, nuevamente, como lo hizo en la campaña que lo volvió presidente. Los movimientos campesinos, por su parte, quieren revertir la historia con una marcha nacional a Asunción. Una ciudad sumida en un profundo silencio.

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