Gira la pelota, gira la Argentina

El sábado próximo a partir de las 11 Argentina enfrenta a Nigeria y comenzará a rodar algo más que una pelota de fútbol.
Arranca el mundial de Sudáfrica y con él empieza a rodar la identidad cultural más fuerte del país en la que jugamos todos.

Ya está. Se acabó. Dirían los viejos relatores: “Es la hora de la verdad”. Cuando Lionel Messi toque para Gonzalo Higuaín correrá algo más que la Jabulani, la pelota más ninguneada de todos los mundiales. Será un Mundial con Diego Maradona, no es un dato menor. En el ’82, terminó en fracaso con el plantel más extraordinario que se recuerde. Diego, Mario Kempes, Daniel Passarella, Ramón Díaz, Osvaldo Ardiles, Jorge Valdano, Ubaldo Matildo Fillol y sigue la lista. En México ’86 se transformó en el jugador más determinante en la historia de los mundiales para que un equipo fuera campeón. En el ’90, enfrentó con todos sus fantasmas y aquel tobillo maltrecho al “norte de la Italia rica”. En 1994 terminó arruinado: efedrina, doping y las piernas cortadas. ¿Qué pasará ahora? “Con Maradona es blanco o negro: campeón mundial o desafiliados de la FIFA”, le dijo tiempo atrás a Miradas al Sur un dirigente de la AFA muy cercano a Grondona.

El director. Esta delegación llevó a un Mundial por primera vez una figura de complejo encuadre, un director de Selecciones Nacionales. No se trata de un retrato decorativo, es Carlos Bilardo, que saca lo peor del Diez. Lo dicen hombres cercanos a Diego: con su presencia, se redoblan la ansiedad y los nervios.

El presidente. El dirigente máximo, Julio Grondona, estará en su octavo Mundial como máxima autoridad de la AFA, todo un récord para el hombre que logró una atomización de poder inédita en la historia contemporánea argentina. El frío aprieta en las noches sudafricanas, seguramente lo cobijará su tradicional poncho, detrás de él hay un hombre campechano y bonachón, lejano a los barras, a las fotos con Jorge Rafael Videla y Carlos Alberto Lacoste, su mentor, a la simpatía política y luego el alejamiento con Raúl Alfonsín, a sus sonrisas desconfiadas con Carlos Menem, a los guiños y los negocios grandilocuentes con Clarí.

Los jugadores. Ellos, en cambio son uno por uno de lo mejorcito del mercado. Messi, el exiliado estrella; Higuaín, el goleador silencioso; Javier Mascherano, el capitán; Carlos Tevez, el jugador del pueblo; Diego Milito, el nueve que estalló; Ángel Di María, el debutante crack.

Los barras. Nada de camuflarse, ya no les da vergüenza vivir del miedo y la caridad, fueron en un vuelo casi exclusivo para los jugadores, dirigentes y periodistas. Pasaron el lunes por la concentración y luego por el hotel de los dirigentes. Su presencia está en todos los mundiales. Esta vez, Argentina no atendió a la prensa durante largos días, entonces cobró mayor relevancia. Nada de nuevo.

Los periodistas. También ya están en Sudáfrica los que deben explicar lo que suele no tener explicación, el resultado de un partido de fútbol. En esa línea, hay grandes triunfadores. Aquellos que hacen de las obviedades una bandera, siempre se vuelven con copa y medalla. Además, no faltarán los noteros que se reirán de los sudafricanos como se reían de los alemanes, los técnicos y jugadores que intentarán ser periodistas, Roberto Giordano, las modelos, el Tula, su bombo, los hinchas que vienen juntando el mango hace mucho y los ricos que nunca van a la cancha.

Todos. Cuando Messi toque para Higuaín empecerá a correr un poco más que la Jabulani. Estará allí, el fenómeno de masas más importante en su máxima expresión. Es fuerte. Este deporte y la palabra Patria se parecen mucho por aquí. Nada que amontone más gente detrás de una cuestión o, en este caso, dos: pelota y camiseta. “Un mundial es el único momento en el que, por ejemplo, estoy disfrutando de lo mismo que disfruta Videla”, dice, aterrado, Martín Caparrós. Mejor ni pensarlo. La utilización del fútbol es casi tan vieja como su popularidad, en Argentina detrás de él se camuflaron los crímenes de lesa humanidad, la guerra. Más acá el hambre y la desigualdad. Y se pueden esconder algunas otras cuestiones sin mucho esfuerzo.
Las enamoradas de Messi, de las abuelas que reemplazarán la novela por Argentina-Grecia, de los solitarios de los bares, de los descendientes coyas del norte, de los gringos de la pampa, de los tehuelches del sur. Es decir, gran parte de los habitantes de este país para los que el fútbol, como juego y como factor de identidad, es la pertenencia cultural más concluida.
Además, fútbol es lo que sugerimos. Desde hace 30 años Maradona y desde hace dos Messi son embajadores de la cultura popular argentina en el exterior. Al menos son los apellidos que lleva el nombre Argentina. “¿Aryentinaaaa? Maradonaaaa”; “¿Arguentiinaaa? Messiiiii”. Es una situación enrevesada a la vista de científicos, músicos, escritores, artistas e intelectuales varios. En esa línea, no habría que olvidar que el fútbol sigue siendo una de las pocas actividades en la que todos arrancan 0 a 0. No llega a primera el del papá más rico, llega el que mejor la mueve que, mayormente, es pobre.
La pelota, siempre más rápida que los hombres, es la dueña de la verdad a partir del viernes.

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