Con una ductilidad como de nadadora de los Siete Mares, la dramaturga Susana Torres Molina pasó de dirigir el año pasado Esa extraña forma de la pasión, una obra propia que representaba la llaga de la dictadura desde la entrañas (un centro clandestino), al teatro poético en que lo medular es compartido por todos los seres humanos. Estática (oratorio para cuatro cuerpos), que va los domingos a las 20.15 en el Centro Cultural de la Cooperación (Corrientes 1543), es una indagación existencial sobre la monotonía ineluctable del deterioro físico y mental, la relación filial como escollo laberíntico y ese mecanismo fragilísimo, rompible hasta por el efecto de un chasquido, que es la vida misma.
La polifonía teatral de esta obra encuadra ese mecanismo y sus “desperfectos”. Se trata de “Madre”, una ex pianista que levita en un geriátrico, con 95 años a cuestas y la muda de “1680 pañales por año”; e “Hijo”, que no se decide a ser el timonel de su vida y que queda encallado en la duda eterna donde mora la omnipresencia maternal. Luego, la “Muda” es una mujer que acecha al Hijo, que espera un hijo –¿suyo?–, y que es la oveja negra de una familia que la condenó a la expulsión del paraíso de clase por no abortar. El cuadrado se cierra con “Testigo”, que actúa como commentatore, el coro unipersonal que informa, inquieta con sincericidios punzantes o conduce la mirada, que vuelve a cambiar sin embargo con el oleaje de los otros tres y sus relaciones.
Porque, como escribió STM al principio de la obra: “Estática es un texto abierto, sin didascalias, para invitar a la dirección y a los actores a explorar la relación de los personajes entre sí, y con el espacio escénico sugerido”. En este caso, los personajes se mueven por el escenario con artefactos que tienen rueditas; componen un baile que de a ratos manifiesta el frenesí espiritual que provoca el encallamiento, la clausura interna a la que están sumidos los personajes.
La obra ganó en 2003 el Premio Casa de las Américas. Festival Escena Contemporánea en Madrid a la dramaturgia innovadora. Esta vez, la directora volvió a convocar a tres de los actores de su obra anterior –Emiliano Díaz, Gabriela Saidon y Santiago Schefer– y a Silvia Dietrich, cuya composición de la madre decrépita es magnífica, al punto de componer la fragilidad gerontológica casi hasta con los propios huesos.
La plegaria de todos y cada uno se despliega en canon como un artificio poético montado en el escenario: los cuerpos interactúan pero no hablan entre sí. En sus labios se retuercen soliloquios que sí entablan diálogos, pero ya no con la presencias sino con los fantasmas de sus interlocutores. Hay un compás de espera. La Madre, por una nueva dentadura postiza, que el Hijo no le compra. La Muda, por el nacimiento de eso, que sabe se llevará su belleza y su tranquilidad acallada. Por su parte, el Hijo está obsesionado en una trampa existencial, que lo tiene atado de pies y manos. “Hoy decido ir”, dice, refiriéndose a la visita semanal a su madre. “Alivia poder decidir. Sobre algo. Evitar el tironeo. Mental. Pingpongs vertiginosos. Pros. Contras. Pros. Contras. Pros”.
La obra tiene esa cadencia desesperante en el decir. Díaz se luce interpretando una desesperación contenida como por un chaleco de fuerzas. Saidon contiene en sus pómulos esa frontera lábil entre lo dulce y lo perverso. Schefer parece portar un extraño don: en su porte anida siempre la anunciación del mensajero que trae noticias del apocalipsis con una mueca cínica y distanciadora. Habrá que advertir, en todo caso, que Estática hace estragos en la verdad subjetiva del espectador: luego de pasear por los entresijos de su hondura –la vida tan cerca de la muerte– es imposible seguir haciéndose el idiota y no “mirarse al espejo”
