Grupo de familia con novio
La televisión, de modo involuntario, logró captar algunas escenas claves de esta historia. Durante el mediodía del 21 de noviembre, las cámaras apuntaban sobre una casa del barrio Las Palmas, de Miramar. Allí aún yacía el cuerpo de Gastón Bustamante, de apenas 12 años. Al atardecer registrarían la marcha de tres mil vecinos para reclamar justicia; en aquel momento, la atención de los movileros estuvo depositada en Rocío, la hermana de la víctima, quien a duras penas encabezaba la multitud. La sostenía su novio, un muchacho desgarbado cuya expresión era doliente. Dos semanas después, éste fue detenido como principal sospechoso del asesinato. Los noticieros entonces mostraron a Julián Ezequiel Ramón al ser arrastrado a un patrullero con una remera sobre la cabeza. En resumidas cuentas, un caso testigo para un arquetipo criminal subterráneo e invisible, pero que atraviesa las hendijas de la actualidad como un fantasma apenas disimulado.
El hombre que dejó su huella. Ramón ahora languidece en un calabozo de la comisaría de Necochea. Lo incrimina la huella de su dedo índice derecho en un televisor. Tampoco lo favorecen otras circunstancias: una posible deuda asentada en una libreta suya, su conocimiento sobre una suma de dinero que los Bustamante guardaban en su casa y su insistencia ante los investigadores por saber el estado de la pesquisa. En su descargo ante el fiscal Rodolfo Moure, aclaró que esto último lo hacía por cuenta del suegro, dado su comprensible interés por saber la identidad del criminal.
De hecho, Ramón estaba más unido que nunca a su futura familia política, al punto de que el domingo previo a su arresto vio la transmisión de Boca y Banfield junto a don Carlos, el progenitor de la víctima. Fue en la misma casa de la calle 27, entre 46 y 48, donde dos semanas antes –según el fiscal– él asfixió con una media de lana a Gastón. Cuarenta y ocho horas más tarde, cuando los efectivos de la Subdelegación de Miramar irrumpieron en su domicilio de la calle 38 al 1200, se despidió de su padre, Miguel Ángel Ramón, con las siguientes palabras: “¡No maté a nadie! ¡No soy un asesino!”. Esta vez, los vecinos de Miramar no atinaron a marchar.
Es que el caso los dejó en estado de shock. En particular, a quienes residen detrás de las vías, una zona de casas bajas ocupadas por trabajadores y empleados de clase media baja. Julián Ezequiel era visto allí con buenos ojos. Único hijo varón de un dirigente local de la Unión del Personal Civil de la Nación (Upcn) y estudiante avanzado de Derecho –tiene 35 materias aprobadas–, este joven de 24 años, fanático de Boca, del cantante Zambayonny y del programa 6,7,8 –según consigna su cuenta en Facebook–, solía alternar los estudios con su trabajo en una parrilla y el dictado de clases particulares a pibes del secundario. Tampoco descuidaba su noviazgo. Salía con Rocío –a la que conoció en 2007– desde febrero. Al parecer, eran inseparables. Ese vínculo sentimental contaba con el beneplácito de ambas familias. Tanto es así que Carlos y su esposa, Verónica, le dispensaban una gran estima. En la casa de los Bustamante, él siempre tenía las puertas abiertas. Y hasta fue al cumpleaños de Gastón, en la víspera de su asesinato.
En aquella oportunidad, Carlos –carpintero, de profesión– le comentó a Rocío, de 19 años, la idea de renovar el plazo fijo familiar y, además, ampliarlo con un depósito de cinco mil pesos. Por tal razón, necesitaba que al día siguiente ella lo acompañara al banco, ya que la cuenta estaba a su nombre. Según los testigos de la celebración –quienes también declararon en el expediente–, el novio escuchó dicho diálogo en silencio. Después, terminó su cerveza y se retiró con Rocío. Esa noche ambos durmieron juntos en lo de los Ramón. A la mañana siguiente, el niño fue hallado muerto. Aquel lunes, los vecinos de Miramar se movilizaron desde la plaza principal hacia la comisaría y la Municipalidad.
Ya se sabe que Julián Ezequiel estaba entre ellos.
Las flores del mal. Desde el ventiluz de un calabozo se filtraban los gritos del gentío. Sentado en un camastro de cemento, su único ocupante sintió un ramalazo de pánico. En una celda contigua permanecía alojado su compañero de infortunio. Es que ese lunes no resultó auspicioso para los primos Basualdo, dos albañiles con leves antecedentes penales que trabajaban en una vivienda lindera a la de los Bustamante. Ambos fueron “demorados” por el asesinato de Gastón, y la multitud soñaba con lincharlos. Por la noche, hizo allí acto de presencia el jefe de Seguridad de la Bonaerense, comisario general Hugo Matzkin. Dicen que pretendía cerrar el caso lo más pronto posible. Para entonces, ya ardía la planta baja de la Municipalidad. Los Basualdo fueron liberados en la medianoche. El fiscal estaba convencido de su inocencia. Tal circunstancia avivó la ira de los manifestantes.
El episodio en sí fue un calco de lo ocurrido el 27 de julio pasado en la localidad de Ayacucho, cuando una mujer denunció que su beba de tres meses fue asfixiada por asaltantes que habían entrado a su casa mientras su marido, un productor rural, se encontraba en el campo. Después se supo que aquel fallecimiento fue por causas naturales y que los embustes de la madre habían sido fruto de su desesperación. Sin embargo, la gente –azuzada por el párroco del lugar, Miguel Ángel París– ganó la calle para reclamar seguridad, incluso luego de trascender la verdadera naturaleza de esa muerte.
Ese hecho y el de Gastón –pese a la diferencia entre una fatalidad biológica y un asesinato presuntamente cometido por alguien que mantenía un vínculo casi familiar con la víctima– tuvieron un denominador común: la airada reacción del espíritu público. En ambos casos, los vecinos no vacilaron en recurrir a la construcción de un enemigo externo –la llamada inseguridad– para así mitigar la perturbadora presunción de que un integrante de su comunidad haya sido el autor de un crimen tan atroz. En el caso de Ayacucho, el carácter no delictivo de la tragedia en cuestión adormecería dicha posibilidad. Lo de Miramar, en cambio, hundió a sus habitantes en un irremediable desconcierto. Lo cierto es que la atmósfera ominosa que ahora envuelve a esa metrópoli no es diferente a la que flota en las ciudades de Lincoln y La Plata.
La primera, una urbe sojera de 40 mil habitantes, aún no se repone del espanto por el asesinato del niño Tomás Damero Santillán, ocurrido el 17 de noviembre. El autor fue su padrastro, Adalberto Cuello, quien no tuvo otro propósito que el de vengarse de su madre. Un femicidio vinculado, tal como ahora se le dice a semejante modalidad. En la capital bonaerense, por su parte, el crimen múltiple de tres mujeres y una niña en manos de Osvaldo Martínez generó una pesadilla similar. En esa equivalencia no es ajeno el perfil de sus hacedores.
¿Qué rasgos en común hay entre Cuello, Martínez y Ramón? Los tres tenían una encomiable reputación entre sus coterráneos. El primero, integrante de una familia conocida de Lincoln, trabajaba en la construcción, al igual que sus tres hermanos. Sin deudas ni vicios, el tal Adalberto a lo sumo solía ser tildado de “impulsivo” por quienes lo frecuentaban. Su conversión en asesino en cierto modo les otorga la razón. El caso de Martínez no es muy diferente. Algo introvertido, pero amable, este sujeto de 27 años era operario en la planta de YPF de Ensenada, sin desatender sus estudios de ingeniería ni su vocación por el karate. También se destacaba por ciertas extravagancias: nunca abría las ventanas de su casa, tenía un perro entrenado para masticar intrusos y no desconectaba las alarmas. Su obsesión por evitar ser víctima de un robo era notoria en el barrio. Ahora está preso por un cuádruple asesinato en situación de celos. Con respecto a Ramón, ya se sabe de las virtudes que cultivó hasta caer tras las rejas.
Semejante trío es, sin duda alguna, la cara súbita y visible de una aterradora tipología: la del homicida ajeno al mundo del hampa. El ciudadano intachable. El esposo ejemplar. El padre diligente. El hombre que, sin embargo, dará alguna vez ese salto extremo que lo va a marcar para siempre.
Así lo demuestran las 270 mujeres muertas en lo que va de 2011 –diez por ciento más que en todo el año anterior– en manos de maridos, amantes y ex parejas. Y por motivos que abarcan desde una ruptura sentimental hasta un café mal azucarado. A semejante estadística debería agregarse la de las muertes en riñas, discusiones, excesos en la legítima defensa, codicias, enconos o, simplemente, por estupidez. Homicidios intrafamiliares o intravecinales. Asesinatos entre víctimas y victimarios que se conocían previamente. Según el Ministerio de Seguridad de la Nación, tales hechos acaparan el 55 por ciento de los homicidios en la ciudad de Buenos Aires y el 69 por ciento en todo el país. La conclusión no es menos inquietante: al parecer, en la franja habitada por la “parte sana de la población” anidan más homicidas que entre quienes circulan en los márgenes del delito.
La sombre de una duda. Así como Julián Ezequiel se exhibió junto a Rocío en la marcha, al día siguiente se dejó ver en el cementerio de Miramar, durante el entierro de Gastón. Y hasta se hizo cargo de una manija del ataúd. Su rostro lucía devastado por el dolor.
El fiscal está seguro de que su irrupción en la casa de los Bustamante tenía fines de robo. Y que entró en pánico al toparse con el niño. Entonces, actuó con violencia, una violencia improvisada y letal. Es que el tipo se asustó. Y mató por puro susto; primero, con un golpe en la cabeza, seguido por la tentativa de ahogarlo con un almohadón. Su falta de experiencia era notable. Al final, optó por asfixiarlo con una media.
Dicen que sólo pudo llevarse cuatro billetes de 100 pesos. Dicen que corrió un televisor de 14 pulgadas para fingir un robo de otro signo. También dicen que su novia, Rocío, aún confía ciegamente en él.
Don Carlos no sabe qué pensar.
La opinión pública, tampoco.
Mientras tanto, en un oscuro calabozo de Necochea, Julián Ezequiel Ramón está solo y espera.

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