Inseguridad no tradicional

Año 5. Edición número 219. Domingo 29 de julio de 2012
Pericias de una venganza. La policía científica en pleno trabajo, tras ser hallado el cuerpo de Marcos De Palma. (TELAM)
El asesinato de Marcos De Palma, de apenas cinco años, trajo el recuerdo del caso Candela. Mientras tanto, el fallecimiento de otros tres chicos en una pileta de un predio deportivo sacudió a toda la sociedad.

Para el fiscal de Moreno, Mariano Navarro, fue un viernes negro. La mañana lo sorprendió en el predio deportivo situado entre las calles Dámaso Sánchez y Larreta; de la piscina acababan de sacar los cadáveres de tres niños. A la tarde, estuvo en un baldío lindero al río Reconquista; allí aún yacía el cadáver mutilado de otro niño.
Fue una agenda idéntica a las del jefe de la Bonaerense, comisario general Hugo Matzkin, y del subsecretario de Política Criminal del Ministerio de Justicia y Seguridad, César Albarracín. Éste suplía la inesperada ausencia del ministro Ricardo Casal, siempre bien dispuesto a fotografiarse en todo tipo de tragedias. Luego se supo que las circunstancias lo habían confinado en su despacho. Que allí recibió un llamado del gobernador Daniel Scioli. Y que sus palabras fueron: “No quiero otro caso Candela”. Se refería al crimen del baldío, debido a su connotación mafiosa. Casal las asimiló, sin apartar los ojos de la imagen que mostraba el televisor: una lluvia de piedras sobre la policía que intervenía en el otro caso. La realidad le había estallado al ministro entre las manos.
Es que, de manera súbita, la violencia urbana en el vasto territorio bonaerense adquiría un sentido diferente al que, hacía sólo un mes, supo imprimirle el brutal fin de los hermanos verduleros de Cañuelas. Ese, desde luego, fue un hecho de alto impacto; de buenas a primeras, el azote de la inseguridad nuevamente obsesionó a la buena conciencia del espíritu público, mientras los noticieros se esforzaban en robustecer esa impresión, y con su tradicional correlato doctrinario: bajar la edad de imputablilidad de los menores y endurecer el régimen de excarcelaciones. Sin embargo, ahora, las cuatro muertes de Moreno ponían al descubierto un escenario algo más complejo.

Mundo grúa. En la noche del martes, unas piezas anatómicos resaltaban sobre la mesada de un laboratorio forense en el orden corporal previo a ser trozados. Los restos de cal les confería aspecto de una pieza arqueológica hallada en alguna excavación. En realidad, era el cadáver del empresario Domingo De Palma, de 57 años, desaparecido con su hijo, Marcos, en la noche del 9 de julio. La causa del deceso: un tiro en la cabeza. Por aquellas horas, la prioridad consistía en localizar al niño, de apenas cinco años. No sólo por ello, el fiscal Navarro mantenía el hecho bajo el más estricto de los hermetismos.
Ocurre que, ya entonces, en los pasillos judiciales de Moreno también sobrevolaba la analogía con la muerte de la niña Candela Sol Rodríguez, asesinada el año pasado en Villa Tesei. Ya se sabe que la pesquisa de ese hecho derivó en el fraude policíaco-procesal más escandaloso de los últimos tiempos. Y en ello hubo una razón: dado que todo transcurrió en un ambiente habitado por narcotraficantes, soldados de la piratería del asfalto y soplones, esclarecer el caso habría significado para los uniformados –quienes nada tuvieron que ver con esa muerte en sí– dejar al desnudo sus negocios con tales sujetos. Las coincidencias con lo del señor De Palma son cantadas.
Es que este hombre, al parecer, solía circular en ambos márgenes de la ley. Por de pronto, su prontuario registra una vieja mácula: en 1989 pasó una temporada tras las rejas tras haberle sido secuestrada un arma de guerra, sin tener el correspondiente permiso de portación. No trascendió, en cambio, si la pistola en cuestión tuvo como fin la defensa personal o razones más inconfesables. Lo cierto es que De Palma últimamente regentaba su empresa, Grúas Leo, dedicada al alquiler de maquinaria pesada. Una fuente muy cercana al comisario Matzkin deslizó al oído de algunos movileros que el empresario era investigado por vínculos con la piratería del asfalto. No hay ningún expediente judicial que avale la supuesta pesquisa. No obstante, luego de que la hija mayor de la víctima denunciara su secuestro, un grupo policial se apersonó en la vivienda de su hermanastro, Leonardo Antonio, para obtener datos. No obtuvieron ninguno; pero sí dieron con un semirremolque cargado con fertilizantes robados. La mercadería era de una empresa asaltada en General Rodríguez el 14 de julio. El subsecretario Albarracín catalogó el hecho como una “venganza mafiosa”. Fue el único pronunciamiento oficial al respecto, aunque los voceros informalesde la policía insisten con la hipótesis de la piratería del asfalto. Las dudas, en tanto, crecen como una bola de nieve.
Dando por cierto de que entre el 9 y el 10 de julio De Palma y el niño Marcos fueron privados de su libertad, la autopsia de ambos cuerpos arroja las siguientes dudas y certezas: el empresario habría sido asesinado 72 horas antes de su hallazgo dentro un tanque de chapa con cal, en el barrio Las Catonas. Por lo tanto, fue el domingo cuando una bala le voló la tapa de los sesos. En cambio, su hijo fue muerto y descuartizado –le faltaban la cabeza y los brazos– tres días después. Las razones de esa sobrevida aún son un misterio. Asimismo se supo que ambos asesinatos se cometieron en sitios diferentes al lugar en el que los cadáveres fueron dejados. En consecuencia, la pregunta es: ¿en donde transcurrió el cautiverio y a título de qué las víctimas fueron mantenidas durante más de dos semanas con vida?
En medio de semejantes arcanos, el Gobernador repite, a modo de declaración de principios: “No quiero otro caso Candela”.

El último chapuzón. Los hermanos Sebastián y Axel –de seis y cuatro años– fueron vistos por última vez junto a Leonel –también de cuatro– durante la tarde del jueves en un asentamiento de la Villa Nueva, lindero al predio ocupado por la mutual de ex jugadores de Vélez. Una versión indica que sus cuerpos sin vida fueron hallados por una patrulla que en realidad buscaba al niño Marcos De Palma. Es posible que esa sea una versión antojadiza. Es que los datos oficiales del caso son escuetos. Y refieren el carácter fortuito de la tragedia. “Fue un accidente, tal como lo demuestran los informes forenses”. En efecto, las autopsias no constataron lesiones ni signos de violencia en las víctimas, salvo las características propias de la asfixia por inmersión. No obstante, un cúmulo de dichos y versiones que circulan entre los deudos enturbian esa causal de muerte. Y hablan de asesinato. Tanto es así que las tensiones acumuladas desembocaron en una suerte de pueblada, que incluyó una guerra de piedras contra balas de goma entre los vecinos y el personal policial. Cosas del momento.
Un personaje clave de esta trama es el cuidador del club, quien efectuó ante el fiscal la siguiente declaración: “El jueves advertí en la pileta la presencia de estos pibes, y los rajé”. El hombre explicó que se fue de allí al caer el sol para regresar durante la mañana del viernes. En ese instante, los tres cadáveres flotaban en el agua. En el ínterin, mientras los familiares de Sebastián, Axel y Leonel los buscaban, el ya célebre cuidador negó que ellos estuvieran allí, mientras la policía les impedía el ingreso al predio. “Nos dijeron que la policía iba a revisar el club, pero en ese momento –era aún el jueves– nadie los encontró.” Horas después, la animosidad vecinal hacia los uniformados era transmitida en vivo y en cadena por los canales de noticias. Horas después, tres pequeños ataúdes blancos ilustraban la última escena.

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Otras notas

  • La Comisión del Senado bonaerense para investigar el caso Candela arrancó el miércoles con la declaración de los periodistas Tomás Eliaschev (revista Veintitrés) y Ricardo Ragendorfer (Miradas al Sur), quienes por más de tres horas expusieron sus puntos de vista sobre la pesquisa del hecho.

  • En favor de los investigadores se puede decir que trabajaron con ahínco hasta el último momento: el 10 de abril informarían que el autor de la llamada telefónica extorsiva a la casa de la niña Candela Sol Rodríguez en el anochecer del 29 de agosto es –según una pericia de voces– Leonardo Jara, uno de los imputados por su secuestro y asesinato. Es posible que la difusión del dato no haya sido desinteresada.

  • Su estilo es frontal hasta en los escenarios más insólitos. Cómo cuando dijo: “Yo a las cosas las hago así, con toda naturalidad”. Daniel Scioli se refería a la jornada futbolística compartida en su quinta de Tigre con el líder de la CGT, Hugo Moyano. Lo notable es que el gobernador abordó el tema nada menos que en un allanamiento.

  • La directiva la había impartido el propio Daniel Scioli: “Que no sea otro caso Candela”. El ministro Ricardo Casal, entonces, asintió en silencio. Esas mismas palabras le serían repetidas al jefe de la Bonaerense, comisario general Juan Carlos Paggi. Ya en ese momento –corría la tarde del 15 de noviembre–, unos 500 policías, con apoyo de aviones, helicópteros y perros rastreadores batían casi toda la ciudad de Lincoln para dar con Tomás Dameno Santillán, de 9 años.

  • Muy contrariado. Así lucía aquel hombre al emerger el miércoles de su casa, en la calle Avellaneda 290, de Morón, para entregarse al grupo de policías que había llegado allí para detenerlo. “Vos sabés cómo son estas cosas, Huguito”, le deslizó a la oreja un suboficial, con expresión compungida. Entonces, ante la sorpresa de quienes presenciaban la escena, él se lanzó a un ritual ciertamente curioso para alguien en su situación: abrazar a cada uno de sus captores, dejando de tal modo asentada su familiaridad con ellos.

  • El sórdido secuestro y asesinato de Candela Rodríguez ha colocado nuevamente el accionar de la Policía Bonaerense en el centro de esta compleja trama de delitos, delaciones, engaños que desnudan por enésima vez que el aumento del crimen organizado no puede darse sin connivencia policial y tolerancia política.