Japón en los sueños de Kurosawa
El Organismo Internacional de la Energía Atómica (Oiea), cuyos expertos sospechan la existencia de grietas en la vasija de contención del reactor 3 de la central Fukushima Daiichi, cree que la probabilidad de un cataclismo nuclear en Japón es mayor. De confirmarse, la amenaza se escalará a niveles cercanos a los de Chernobyl cuando la mezcla de óxidos de uranio y plutonio de su contenido tome contacto con el exterior.
El sismólogo Katsuhiko Ishibashi, asesor del gobierno japonés en seguridad nuclear-terremoto, fue el creador del vocablo genpatsu-shinsai (“energía nuclear” y “desastre sísmico”) para definir situaciones como las que hoy vive este país. “Nunca como esta vez se estuvo tan cerca de un genpatsu-shinsai”, explicó Ishibashi sobre las consecuencias de la combinación de un sismo y fusión atómica. Fue el 16 de julio del 2007 ante el temblor de 6,8 grados de Richter en Niigata.
Más de 27 mil personas muertas o desaparecidas, 319 mil desplazados, 2,4 millones sin acceso al agua y 221 mil hogares sin electricidad, es el saldo que hasta ahora han dejado el seísmo y el tsunami del pasado 11 de marzo. Cifras luctuosas que seguramente no acabarán allí y con el correr del tiempo continuarán engrosando las estadísticas. Los números del fenómeno natural parecen cosa del pasado, para la población nipona la vida cotidiana ya no transcurre igual que antes desde que la explosión arrojó a la atmósfera los primeros gases contaminantes.
Como en uno de los episodios de Los sueños, de Akira Kurosawa, que narra la explosión de una central nuclear en el monte Fuji y el desbande de sus moradores, en las zonas cercanas a la planta siniestrada los pobladores huyen y, aunque las autoridades han decidido evacuar a los que se encuentran a 30 kilómetros de la misma, los 38 millones de habitantes de Tokio (a 240 km) comienzan a sentir pánico por la llegada de alimentos y agua contaminados con yodo-131 y cesio-137, radionucleidos de larga vida que aumentan el riesgo de cáncer y otras enfermedades de tiroides y las causadas por deficiencias hormonales tiroideas. Ese miedo lo retrata un joven al diario español El País en medio de la angustia por la incertidumbre: “Muchos de mis amigos se fueron la semana pasada de Tokio. Algunos incluso se fueron al extranjero con la excusa de unas vacaciones. El problema de Fukushima, la radiación en la comida y el agua me asustan. Además, está la amenaza de que se produzca un gran terremoto en el futuro en la zona de Tokio. Muchos no saben qué hacer. Yo, tampoco. ¿Debo quedarme, trabajar y contribuir a la economía? ¿O debo irme al sur?”, expresa sus dudas alimentadas por las informaciones contradictorias de los medios informativos japoneses y extranjeros. Las propias autoridades abonan la desconfianza al contradecir las advertencias de organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre los peligros de la radiación recibida por los alimentos. “Es mucho más grave de lo que nadie habría pensado en los primeros días, cuando todos creíamos que el problema podría limitarse a 20 o 30 kilómetros. Es lógico suponer que algunos productos contaminados salieron del área de exclusión”, señala Peter Cordingley, portavoz de la OMS para el Pacífico Occidental mientras los gobernantes nipones llaman a mantener la calma y limitan el alerta a recomendaciones sobre el no consumo de frutas, verduras y leche provenientes de las prefecturas cercanas a Fukushima, donde se ha registrado una concentración de yodo 1.250 veces superior al límite legal de sus aguas marinas.
A localidades como Futaba, Iwaki y Minamisanriku sólo les faltan los rollos de hierbas rodando por sus calles, para semejarse a los pueblos fantasmas del cine de ciencia ficción. Los refugiados se amontonan en estadios y escuelas. Cartones como dormitorios y niños correteando por los pasillos de los vestuarios, contrastan con la categoría de tercera economía mundial que ostenta su nación. En tanto, los adultos acomodan en cajas y bolsas los víveres que les acercan los socorristas, saben que sus días no volverán a ser los mismos y el futuro se les dibuja tan incierto como el destino de las partículas radioactivas que brotan enredadas en el humo de los reactores y flotan en el aire y la lluvia con su carga mortal.

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