Japón en los sueños de Kurosawa

Año 3. Edición número 149. Domingo 27 de marzo de 2011
Una ciudadana del norte de Japón posa su vista entre los escombros de una ciudad devastada. (AP)
Los expertos sospechan que hay grietas en la vasija de contención del reactor 3 de Fukushima

El Organismo Internacional de la Energía Atómica (Oiea), cuyos expertos sospechan la existencia de grietas en la vasija de contención del reactor 3 de la central Fukushima Daiichi, cree que la probabilidad de un cataclismo nuclear en Japón es mayor. De confirmarse, la amenaza se escalará a niveles cercanos a los de Chernobyl cuando la mezcla de óxidos de uranio y plutonio de su contenido tome contacto con el exterior.
El sismólogo Katsuhiko Ishibashi, asesor del gobierno japonés en seguridad nuclear-terremoto, fue el creador del vocablo genpatsu-shinsai (“energía nuclear” y “desastre sísmico”) para definir situaciones como las que hoy vive este país. “Nunca como esta vez se estuvo tan cerca de un genpatsu-shinsai”, explicó Ishibashi sobre las consecuencias de la combinación de un sismo y fusión atómica. Fue el 16 de julio del 2007 ante el temblor de 6,8 grados de Richter en Niigata.
Más de 27 mil personas muertas o desaparecidas, 319 mil desplazados, 2,4 millones sin acceso al agua y 221 mil hogares sin electricidad, es el saldo que hasta ahora han dejado el seísmo y el tsunami del pasado 11 de marzo. Cifras luctuosas que seguramente no acabarán allí y con el correr del tiempo continuarán engrosando las estadísticas. Los números del fenómeno natural parecen cosa del pasado, para la población nipona la vida cotidiana ya no transcurre igual que antes desde que la explosión arrojó a la atmósfera los primeros gases contaminantes.
Como en uno de los episodios de Los sueños, de Akira Kurosawa, que narra la explosión de una central nuclear en el monte Fuji y el desbande de sus moradores, en las zonas cercanas a la planta siniestrada los pobladores huyen y, aunque las autoridades han decidido evacuar a los que se encuentran a 30 kilómetros de la misma, los 38 millones de habitantes de Tokio (a 240 km) comienzan a sentir pánico por la llegada de alimentos y agua contaminados con yodo-131 y cesio-137, radionucleidos de larga vida que aumentan el riesgo de cáncer y otras enfermedades de tiroides y las causadas por deficiencias hormonales tiroideas. Ese miedo lo retrata un joven al diario español El País en medio de la angustia por la incertidumbre: “Muchos de mis amigos se fueron la semana pasada de Tokio. Algunos incluso se fueron al extranjero con la excusa de unas vacaciones. El problema de Fukushima, la radiación en la comida y el agua me asustan. Además, está la amenaza de que se produzca un gran terremoto en el futuro en la zona de Tokio. Muchos no saben qué hacer. Yo, tampoco. ¿Debo quedarme, trabajar y contribuir a la economía? ¿O debo irme al sur?”, expresa sus dudas alimentadas por las informaciones contradictorias de los medios informativos japoneses y extranjeros. Las propias autoridades abonan la desconfianza al contradecir las advertencias de organismos como la Organización Mundial de la Salud (OMS) sobre los peligros de la radiación recibida por los alimentos. “Es mucho más grave de lo que nadie habría pensado en los primeros días, cuando todos creíamos que el problema podría limitarse a 20 o 30 kilómetros. Es lógico suponer que algunos productos contaminados salieron del área de exclusión”, señala Peter Cordingley, portavoz de la OMS para el Pacífico Occidental mientras los gobernantes nipones llaman a mantener la calma y limitan el alerta a recomendaciones sobre el no consumo de frutas, verduras y leche provenientes de las prefecturas cercanas a Fukushima, donde se ha registrado una concentración de yodo 1.250 veces superior al límite legal de sus aguas marinas.
A localidades como Futaba, Iwaki y Minamisanriku sólo les faltan los rollos de hierbas rodando por sus calles, para semejarse a los pueblos fantasmas del cine de ciencia ficción. Los refugiados se amontonan en estadios y escuelas. Cartones como dormitorios y niños correteando por los pasillos de los vestuarios, contrastan con la categoría de tercera economía mundial que ostenta su nación. En tanto, los adultos acomodan en cajas y bolsas los víveres que les acercan los socorristas, saben que sus días no volverán a ser los mismos y el futuro se les dibuja tan incierto como el destino de las partículas radioactivas que brotan enredadas en el humo de los reactores y flotan en el aire y la lluvia con su carga mortal.

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  • El martes quedará registrado en la historia negra de Japón casi con la misma gravedad que el 11 de marzo, fecha en que ocurrió el tsunami. Desde el bombardeo atómico de la Segunda Guerra Mundial sobre Hiroshima y Nagasaki, nunca el país había sufrido un nivel de radiactividad en la atmósfera tan elevado.

  • Japón libra en las últimas horas una dura batalla contra el reloj para evitar que el accidente nuclear en su planta atómica de Fukushima I se convierta en una devastadora catástrofe nuclear, con fuga masiva de radiación a la atmósfera y gravísimas consecuencias para su población e incluso para otras muy lejanas.

  • Japón comienza a enfrentar la posibilidad de superar en gravedad a los peores accidentes nucleares de la historia, después de Three Mile Island, ocurrido el 28 de marzo de 1979 en Estados Unidos cuando el reactor TMI-2 sufrió una fusión parcial del núcleo y una grave fuga de materiales radiactivos y el de Chernobyl en 1986 con cerca de 300 mil personas afectadas. De hecho, el primer ministro Naoto Kan, que acaba de visitar por primera vez la zona afectada por el tsunami, admitió que “no podemos decir que la central esté suficientemente estabilizada”.

  • Las acciones se derrumbaron en toda Europa, Asia y Estados Unidos el martes mientras se profundizaba la crisis en la planta nuclear Fukushima Daiichi y la Agencia de Seguridad Nuclear e Industrial de Japón elevaba su escala de evento radiológico a su máximo nivel. Las condiciones en la instalación afectada se han deteriorado continuamente a pesar de los valerosos esfuerzos de los trabajadores de emergencia. La planta sigue arrojando cantidades letales de radiación y otras toxinas a la atmósfera y a todo el mundo.

  • Hace un año, el 11 de marzo de 2011, un terremoto y tsunami azotaron la costa del noreste de Japón. Lo que ocurrió en Japón era imposible que ocurriera. Pero ocurrió: la fusión parcial del núcleo de los reactores de la central nuclear de Fukushima. A los 15.000 muertos, 3.000 desaparecidos y miles de heridos, se sumó la devastación ambiental, económica, social y política. El entonces Primer Ministro japonés, Naoto Kan, declaró en julio del año pasado: “Intentaremos desarrollar una sociedad que pueda existir sin energía nuclear”.

  • Las centrales de energía nuclear del Japón envejecen a toda velocidad, al igual que sucede con lo cibernético, manteniéndoselas en funcionamiento mediante la sustitución continua de sus piezas. Y ahora que Japón ha entrado en un período de actividad sísmica y que en cualquier momento podría sobrevenir un accidente grave, la gente vive en estado de constante ansiedad.