Jorge Rafael Videla se quebró

Año 3. Edición número 149. Domingo 27 de marzo de 2011
(TELAM)

Vueltas de la vida. O, mejor dicho, una parábola biográfica que ni siquiera hubiese imaginado el más febril hacedor del realismo mágico: el otrora poderoso teniente general que llegó a la jefatura del Ejército para encabezar la dictadura más sangrienta de la historia argentina tal vez no comprenda el desafortunado vuelco que dio el carácter de sus títulos y honores; de hecho, ahora ese hombre sólo es el “interno Videla, Jorge Rafael”, según los registros de su actual lugar de residencia, la Cárcel Federal de Campo de Mayo (U34). Con dos condenas a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad y con un juicio en marcha por su papel en el plan sistemático de robo de bebés, el viejo ex militar acaba de violar otra norma, esta vez, la ley de la gravedad. Durante la tarde del 15 de marzo, mientras deambulaba con otros genocidas por el patio del presidio, súbitamente perdió la vertical. Y su brazo derecho, aquel brazo firme con el que hace 35 años trazó su camino hacia el poder absoluto, se quebró en varias partes. “Fractura diafisaria y subcapital del húmero”, dirían los médicos. Un verdadero guiño del infierno.

El recurso del método. Durante la mañana del 17 de octubre de 1975, el elegante Hotel Casino Carrasco, situado a nueve kilómetros de la ciudad de Montevideo, parecía una fortaleza; en sus alrededores había un dispositivo que incluía carros de asalto, tanques y tropas armadas con ametralladoras y fusiles automáticos. Ningún civil podía acercarse. Y en ello había una razón de peso: allí se desarrollaba la XI Conferencia de los Ejércitos Americanos, cuyo tema central era la lucha contra la “infiltración marxista en la región”. Los representantes de unos 17 ejércitos reunidos en un salón del segundo piso estallaron en una sonora ovación cuando el general uruguayo Luis Queirolo, quien oficiaba como secretario del evento, le cedió la palabra al delegado argentino: el teniente general Jorge Rafael Videla. Unas semanas antes había sido designado comandante en jefe del Ejército. Y ahora abriría su ponencia con una frase filosa y elocuente:
–Si es preciso, en Argentina deberán morir todas las personas necesarias para lograr la seguridad del país.
Sabía de lo que hablaba.
Por ese entonces, en el más absoluto de los secretos, había comenzado a sesionar el llamado Equipo Compatibilizador Interfuerzas (ECI). Se trataba de una suerte de estado mayor clandestino, integrado por el Ejército, la Armada y la Aeronáutica, cuya tarea primordial consistía en delinear las coordenadas de la represión ilegal y a la vez lubricar los engranajes del aparato golpista.
–Esta lucha va a traer abusos y algún que otro error, pero habrá un costo menor en vidas humanas que en un conflicto prolongado –advirtió Videla, mientras sacudía el brazo derecho como para espantar a una mosca imaginaria.
Quizás en ese instante se haya visto a sí mismo en una ya remota mañana de 1973 efectuando su ronda de despedida por el Colegio Militar en su calidad de director; días antes había sido ascendido a general y estaba por hacerse cargo de la jefatura del Primer Cuerpo. En tales circunstancias, entró a un aula. Allí un instructor dialogaba con los cadetes de tercer año acerca del “problema de la subversión”. Y él se interesó por el asunto.
–¿De qué hablaban? –preguntó, como para romper el hielo.
Los alumnos se lo explicaron, y uno de ellos resumió la posición del grupo con las siguientes palabras:
– Pensamos que a los extremistas hay que eliminarlos sin miramientos.
El instructor dijo lo suyo:
–No coincido con esa idea, mi general. Habría que instrumentar tribunales militares con capacidad para dictar la pena de muerte.
Su nombre era Ricardo Brinzoni y por entonces tenía grado de teniente. Videla lo miró y, simplemente, dijo:
–Yo no estoy en desacuerdo con los cadetes de tercer año.
Y siguió su camino.
Es posible que al evocar tal episodio, Videla haya caído en la cuenta de que esos jóvenes ya eran subtenientes. Y que algunos participarían activamente en la aplicación del terrorismo de Estado.
Esa misma noche regresó de Montevideo a bordo de un avión militar. Tal vez entonces escrutara el horizonte marrón del Río de la Plata, en cuyas aguas poco después comenzarían a ser arrojadas sus víctimas. Y quizá pensara que la profundidad de su lecho estaba a la altura del escalofriante secreto que debía guardar.
Porque ya por entonces era consciente de que la estrategia de su cruzada consistía simplemente en desatar una cacería contra la sociedad civil, dado que –según su lógica– en ella estaba depositada “la fortaleza de la subversión marxista”. Es decir: su retaguardia. Acerca de este asunto había departido hasta el cansancio con su maestro y único amigo, el general retirado Hugo Miatello. Éste solía decir: “En esta guerra no hay un frente palpable”. Y luego, invariablemente, agregaba: “Acá, el enemigo está por todos lados”.
El tipo era un estudioso de la guerra de Indochina. Y creía haber encontrado grandes coincidencias entre la situación política del sudeste asiático y la que imperaba por esos días en la Argentina. Videla, desde luego, le creía a pies juntillas.
Tanto es así que su principal estrategia para “pacificar” al país se basaría en el uso intensivo de la inteligencia a partir de informaciones arrancadas mediante la tortura. Según aquella tesitura, en la denominada “lucha contra la subversión”, las verdaderas batallas se librarían en los interrogatorios. Esa iría a ser la columna vertebral de las operaciones militares. Y para dicho propósito era necesario armar un ejército secreto, integrado por oficiales y suboficiales organizados en pequeñas células terroristas, con identidades ocultas, vehículos no identificables, centros clandestinos de detención y mandos paralelos.
Así, con esa ligereza mental, fue concebido el Estado terrorista. El resto de la historia es conocido.
Videla supo ser un sujeto de pocas palabras. Y sólo una cita suya fue digna de pasar a la posteridad: “Los desaparecidos no están, no existen, no son. No están ni vivos ni muertos, están desaparecidos”.

La ira de Dios. Videla, hijo de un capitán del Ejército, fue bautizado con el nombre de dos muertos: sus hermanos Jorge y Rafael, quienes fallecieron de sarampión en 1921, dos años antes de que él naciera en una casa apenas separada por un alambrado del Regimiento VI de Mercedes. Ambas circunstancias le moldearon el alma y también su destino. Casado con la hija de un embajador de cuño conservador, padre diligente, miembro de Acción Católica y cursillista fervoroso, dueño de un carácter parco, aunque afable, nunca se interesó en demasía por las cuestiones políticas; simplemente creía en el Ejército como único y último baluarte de la Nación. Tanto es así que, en nombre de tales valores privados y públicos, se convertiría en un genocida. Y, a la vez, en una muestra viviente de la banalidad del mal.
Ahora, prisionero de por vida por sus crímenes, quebrado –al menos, en el aspecto óseo– y cautivo en el basurero de la Historia, el “interno Videla, Jorge Rafael”, sólo es un cadáver insepulto que aguarda su turno de ingreso en el Reino de las Tinieblas.
Que su querido Dios se apiade de su alma.

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  • En la tarde del 17 de octubre de 1975, el elegante Hotel Casino Carrasco, situado a nueve kilómetros de Montevideo, parecía una fortaleza militar; en sus alrededores había un dispositivo que incluía carros de asalto, tanques y tropas armadas con fusiles automáticos. Ningún civil podía acercarse. En ello había una razón de peso: allí se desarrollaba la XI Conferencia de los Ejércitos Americanos, cuyo tema central era la lucha contra la “infiltración marxista en la región”.

  • El ataque montonero al Regimiento de Infantería 29, de Formosa –en el que murieron 12 insurgentes, diez conscriptos, un subteniente, un sargento y un policía– dejó su huella en la Historia. De hecho, lo ocurrido en ese ya lejano 5 de octubre de 1975 propiciaría una efeméride oficiosa: el denominado “Día de las Víctimas del Terrorismo en Argentina”.

  • Tuvieron que pasar 24 años desde aquel juicio a los comandantes en la primavera democrática, para que Jorge Rafael Videla volviera a sentarse en el banquillo de los acusados en un juicio donde se investigan delitos de lesa humanidad. Pasaron 24 años desde aquella histórica condena. El más sanguinario de todos los dictadores de los doscientos años de vida argentina, junto con otros 30 imputados, comenzó a escuchar este viernes la acusación en la causa por el asesinato de 31 personas entre abril y octubre de 1976.

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  • Encerrado en la celda número 5 de la prisión federal de Campo de Mayo, con dos condenas a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad, el reo de 86 años soltó la lengua. Ya lo había hecho semanas atrás, frente al grabador de un manso y amistoso periodista español de la revista Cambio 16. Por primera vez, el genocida Jorge Rafael Videla admitió que la dictadura que comandó mató a “siete mil u ocho mil personas” que estaban detenidas o secuestradas: “Debían morir para ganar la guerra contra la subversión”.

  • Y un día el halcón negro cayó: Carlos Alberto Martínez, uno de los principales arquitectos del plan represivo de la última dictadura, fue detenido el viernes por orden del juez federal Daniel Rafecas, a cargo de la causa que investiga los crímenes cometidos bajo la jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército. Tal como informó la semana pasada Miradas al Sur, Rafecas ya había dictaminado allanar dos domicilios de Martínez en San Miguel. También el de Alfredo Sotera, su segundo en el Estado Mayor y luego jefe del Destacamento de Inteligencia 121, en Rosario.