Julio Gambina: “Las corporaciones vienen por el Estado de Bienestar”

Año 4. Edición número 166. Domingo 24 de julio de 2011
“Hace 500 años que el capitalismo promueve una gran brecha entre pocos millonarios y muchos empobrecidos.”
Entrevista: Julio Gambina, economista

Sistémica, multidimensional y hambrienta de espacios públicos. Para el economista neomarxista argentino Julio Gambina, presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, la actual crisis financiera que sacude a Estados Unidos y Europa “afecta la dimensión productiva, financiera, alimentaria, energética y ambiental”. Y a la hora de pensar cómo puede nuestro país sortear el tsunami económico del norte, Gambina apunta que: “El interrogante pasa por si somos capaces de generar cambios en el modelo productivo local y generar integraciones regionales virtuosas para alejarnos del epicentro de la crisis”.
–¿La actual crisis de Estados Unidos y Europa qué segmento atraviesa: el económico, el político, el cultural? Y, más allá de ese rótulo, ¿se trata de un tembladeral pasajero o imposible de remontar?
–Es una crisis integral del capitalismo que afecta la dimensión productiva, financiera, alimentaria, energética, ambiental. Además, es sistémica, pues afecta al conjunto del orden mundial. En líneas generales, cada crisis es una lucha a dos planos, del capital, por superarla y renovar los mecanismos de explotación, y de los trabajadores y los pueblos, para alentar políticas defensivas de sus derechos u ofensivas para la emancipación.
–¿Por qué el Banco Central Europeo extorsiona con paquetes de ajuste si la lógica indica que necesita socios más fuertes? ¿El fin del euro está más pronto que cerca?
–Europa es el último bastión del Estado del Bienestar. Pero, ahora, su clase dirigente quiere terminar con derechos conquistados por los trabajadores desde la propia década del ’20. La fortaleza de los socios remite a las fortalezas del programa del capital: la liberalización y la reducción del costo de producción, sean salarios o derechos sociales a cargo del Estado. Por otro lado, el euro se vincula a la capacidad de producir riqueza de los países que lo integran, y no al nivel de la pobreza o explotación de la fuerza laboral. Alemania y Francia, en tanto los más poderosos, empujan condiciones más favorables para la obtención de las ganancias, la acumulación y la dominación de los capitales más concentrados.
–Se habla mucho de los ciclos de la crisis del capitalismo y de que cada cimbronazo supera al anterior. Sin embargo, la economía de mercado sigue siendo el paradigma dominante de nuestras sociedades. ¿Cómo lo explica?
–Es que el mercado capitalista supone la eliminación de los más débiles, por eso el mercado es mundial y los capitales buscan colocar sus productos y servicios en el mercado global, intentando captar a los consumidores solventes, incluidos los pobres, y si no, veamos la extensión de la telefonía celular u otros rubros, como las golosinas e incluso la bancarización hacia los más pobres, con microcréditos de alta rentabilidad para la banca concentrada. El capitalismo no significa calidad de vida para todos. Hace 500 años que el desarrollo capitalista promueve una gigantesca brecha entre pocos millonarios y muchos empobrecidos. Es una ecuación sólo modificada en 50 años (del ’30 al ’80 del siglo XX), la era del keynesianismo, presionados por el temor al socialismo del este de Europa.
–¿Hasta dónde beneficia este presente tenebroso de los países centrales a un país periférico como Argentina?
–Argentina y los países del Mercosur o la región están estrechamente vinculados a la situación de crisis, pese al crecimiento de la economía. Ya dijimos que los precios de nuestras exportaciones agrarias o de oro y otros minerales se asocian a la crisis mundial, pero el crecimiento de la industria automotriz también se asocia a la dominación de terminales extranjeras y la menor participación de autopartistas locales. El interrogante pasa por si somos capaces de generar cambios en el modelo productivo local y generar integraciones regionales virtuosas para alejarnos del epicentro de la crisis.

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