Una vez, hace mucho tiempo, Néstor Kirchner reflexionó casi por lo bajo: “De Perón y Evita hay que acordarse cuando se gobierna”.
Alguien lo escuchó y llevó la frase a un paredón de pueblo, a un cartel, a una consigna, a una canción de amor.
Néstor y Cristina lo llevaron a la práctica desde el gobierno.
Es injusto e incorrecto comparar tiempos históricos. Ya no calzan zapatos de charol nuestras mujeres en el barrio, ni los caballeros usan polaina para ir al café.
Cada época tiene su propio lenguaje, sus códigos, sus modas, su forma de entenderse.
Lo que queda en pie es el proyecto.
El kirchnerismo tiene escrito en su génesis no depender de nadie para gobernar. Sólo de sus convicciones.
Por eso es un proyecto rebelde por naturaleza.
No es un mero transgresor de las buenas costumbres y modales de un sistema injusto. Trastrueca el escenario porque impacta de lleno sobre ese sistema, con derechos reparados y conquistados, y eso lo convierte en un proyecto transformador por excelencia.
El peronismo kirchnerista es la expresión superadora del movimiento nacional, popular y democrático de esta época.
No se quiere parecer al peronismo, lo es. No lo quiere superar, lo supera en tanto vela por los derechos del pueblo y los trabajadores en pleno siglo XXI; el siglo de las luces para América latina y de las sombras para el viejo mundo.
En medio del avance popular manifestado en ese brote primaveral de la juventud y la participación política; a escasos días de asumir un nuevo mandato la Presidenta; justo cuando el Parlamento recuperó la tonicidad de sus músculos a favor de la inclusión social, la defensa de la soberanía sobre nuestras tierras, la democratización del papel para diario… el fantasma del viejo país volvió a mostrarse en la semana que transcurrió.
No hay que bajar la guardia ni ante los fantasmas.
Las expectativas sinceras de esperar un cambio de actitud de la oposición, o sea, una conducta capaz de demostrar y demostrarse a sí misma que el último resultado electoral significó un aprendizaje colectivo, se desvaneció rápidamente.
La llamada maratón legislativa, en realidad, fue la compuerta abierta de un Congreso amañado y maniatado por el nunca extinto “Grupo A” que perdió una a una todas las votaciones.
Ahora la mayoría reside en el lugar de los justos. Y las minorías siguen habitando en la tapa de Clarín.
Volvieron a mostrar la hilacha: los bloques opositores; la vieja guardia sindical duhaldista y sumado allí, desde que dijo lo que dijo, el secretario general de la CGT, Hugo Moyano.
Cada uno elige el lugar que quiere ocupar. Nadie empuja a nadie ni tiene derecho a victimizarse por lo que provoca.
Pero esta vez no hay razones para temer ningún brote belicoso. No hay condiciones objetivas ni subjetivas para ello. No hay violencia política ni las circunstancias sociales y culturales se asemejan a las del pasado. Esta vez las contradicciones no están al interior del Gobierno ni del Estado ni del movimiento nacional y popular.
No hay disputa de representatividad política, cuando de un lado hay un 54% de voluntad popular y del otro, un 46% de archipiélagos inconexos.
Todo indica que el proyecto de país que nos gobierna seguirá su marcha con las alas desplegadas y los que se oponen, se opondrán como lo vienen haciendo desde el 2003.
Asombra la velocidad de los acontecimientos producidos por el oficialismo, tanto como su inversa: la no ductilidad opositora para entender los cambios de época.
En el ADN del kirchnerismo están las huellas de lo que fue y vendrá. No hay secreto ni misterio para revelar. Este es un proyecto político que mostró a propios y extraños que no gobierna con la lógica de “corporaciones amigas versus corporaciones enemigas”. Directamente no cree en el gobierno de las corporaciones. Siente que las mismas están en los antípodas de la democracia y de la nueva Argentina que se abre paso.
Moyano, que finalmente parece no acompañar esta tesis, quedó a la intemperie, a merced de lo peor del viejo sindicalismo, de Barrionuevo, Zanola y Venegas.
Y de Magnetto.
No hay espacios superadores fuera del alero del kirchnerismo. Irse de allí, es recular en chancleta y atrasar el reloj.
Ahora bien, la ingratitud tiene una sanción moral, pero no política. Cada uno es dueño de decir lo que quiera y andar por donde quiera en un país cada vez más libre.
Lo importante, más allá de las ofensas proferidas por quienes debieran ser los primeros en cuidar a este gobierno, es advertir pragmática y científicamente que la estructura productiva y social de la Argentina se ha transformado y va camino a seguir profundizando esa transformación. Si esto es así, ¿por qué sorprenderse de los corrimientos?
La clase obrera industrial ha recuperado en fortaleza en estos ocho años lo que venía perdiendo desde el 24 de marzo de 1976, dictadura mediante.
El mameluco volvió y se llenó de grasa y aceite y obreros y obreras que posan alegres con la Presidenta y la abrazan y lloran con ella cuando inaugura una nueva fábrica.
Esa es la fotografía de la Argentina que habrá que comparar, aunque duela, con esa otra del 19 y 20 de diciembre de 2001.
Y ese retrato feliz se deberá corresponder, más temprano que tarde, con una nueva superestructura social y sindical que lo represente cabalmente. Sin excluir a nadie; sólo a los que asesinaron al militante Mariano Ferreyra, se enriquecieron con la mafia de los medicamentos y son cómplices del trabajo rural esclavo.
El problema no lo tiene el gobierno que está de estreno con una victoria popular tan contundente.
El problema lo tienen la oposición y sus patrones, la poderosa corporación mediática, porque no aparece nadie que recoja el guante de la historia. Nadie que invente una nueva jugada. Una gambeta que luzca, una sonrisa que enamore a las bellas damas y seduzca al más pintado de los machos.
40 millones que miran y actúan con el telón corrido, saben apreciar lo que es para reír y lo que es para llorar.
Aplaudan, no dejen de aplaudir, la Argentina es una fiesta en pleno alumbramiento.
