La Bonaerense en la era del ADN
El abogado Fernando Burlando fue el portador de la noticia: “El resultado de los tres ADN es negativo”. Se refería a los del remisero Marcelo Tagliaferro y las ex parejas de las mujeres malogradas en el cuádruple asesinato de La Plata. Es que sus patrones genéticos no coinciden con las muestras halladas en el lugar del hecho. Pero éstas tampoco son las de Osvaldo Martínez, el único detenido del caso, tal como días antes había confirmado nada menos que el fiscal Álvaro Garganta.
En esa ocasión, su voz transmitió cierto desconcierto. En tanto, el defensor del acusado, Julio Beley, acudía con premura al juzgado del doctor Guillermo Atencio para solicitar la excarcelación de su cliente. La respuesta de Garganta no fue menos veloz: colocó a otra persona en el escenario del crimen, por lo que la acusación contra el Karateka–tal como los medios bautizaron a Martínez– pasó a ser la de coautor. Ello supone que éste, en medio de un brote de celos, conchabó a un sicario o, simplemente, pudo lograr que alguien se apiadara de su enceguecido ánimo al punto de consumar cuatro muertes en su nombre.
Sin embargo, Burlando –quien supo actuar en algunas casos como abogado encubierto de la Bonaerense y que ahora representa a la familia de Marisol Pereyra, una de las víctimas– tiene otra visión del asunto: “Las muestras originales fueron tomadas en forma errónea”. De hecho, el próximo lunes pedirá al juez que desestime esa prueba. De lograrlo, la hipótesis del segundo hombre quedaría sin sustento. Y el expediente, en foja cero.
En resumidas cuentas, toda una metáfora sobre el fervor actual de la Bonaerense por el cientificismo.
La pista imperfecta. Hubo una época en la cual los pesquisantes no les prestaban debida atención a las bondades del método hipotético deductivo ni a la recolección de pruebas para apuntalar sus razonamientos. Por el contrario, los movía la corazonada, la intuición en estado puro, el llamado olfato policial. Claro que el ejercicio de semejante estilo solía ser una fuente inagotable de yerros garrafales y contratiempos estrepitosos.
Basta recordar, por ejemplo, el mediodía del 25 de enero de 1997, cuando horas después de aparecer el cadáver del reportero gráfico José Luis Cabezas, el sitio del hallazgo, aquella cava situada en las afueras de Pinamar, se convirtió en una romería, en donde los curiosos convertían posibles evidencias de valía en simples souvenirs.
No menos memorable resultó el descubrimiento de los cuerpos acribillados del financista Mariano Perel y su esposa, Rosa Berta, en un elegante hotel de Cariló durante la mañana del 4 de febrero de 2001. La pareja había sido asesinada tras cenar en aquella suite; tanto es así que allí, sobre una mesa, había una botella de vino Rutini a medio tomar, junto a la laptop del difunto. Sin embargo, ambos elementos no pudieron ser peritados; los policías que acudieron al sitio en cuestión se empinaron el resto del tinto, dejando en el envase sus propias huellas. Y, además, hurtaron la computadora.
Otra pesquisa antológica fue la que intentó esclarecer el secuestro y asesinato del comisario inspector Jorge Piazza durante la mañana del 29 de agosto de 1994 en el estacionamiento de un supermercado de Avellaneda. Las cámaras de seguridad habían registrado el instante en el cual la víctima era arrastrada hacia una Traffic blanca, para ser luego fusilada en un baldío. En consecuencia, los investigadores no tardaron en detener al conductor de una Traffic blanca que, a la hora del hecho, circulaba por ese mismo lugar. Por cierto, no era el asesino sino un jubilado de 66 años que acababa de comprar unos kilos de asado. Éste aclaró su situación tras permanecer casi un año tras las rejas.
O la vez que un verdulero y su hijo fueron encarcelados por el crimen de una mujer, debido a que las pericias efectuadas sobre la camioneta de los imputados no pudo diferenciar presuntos rastros de sangre con restos de tomate.
Lo cierto es que la prehistoria científica de las agencias policiales argentinas tiene, además de sus casos testigo, una extensa galería de pioneros. Tal es el caso del doctor Jorge Tonelli, un psiquiatra que dirigió el Servicio Espacial de Investigaciones Técnicas de la Bonaerense (Seit) en Mar del Plata a fines de los años noventa. Su paso por aquella fuerza es aún hoy recordada con un dejo de melancolía.
Siempre ataviado con trajes grises, ese hombre sesentón, cuya estampa poseía cierto aire a Robert Mitchum en el rol de un duro con resaca, fue uno de las personalidades más requeridas por los periodistas durante el caso conocido como “El Loco de la Ruta”. Ocurre que el tipo estaba convencido de que tras la serie de prostitutas asesinadas en la Ciudad Feliz durante el invierno de 1997 había un hábil e inteligente psicópata que persistía en jugar una trepidante partida de ajedrez con los investigadores. Y tal vez influenciado por la película El silencio de los inocentes, se obstinaba en acudir a los programas televisivos locales sin otro propósito que el de entablar –ante miles de espectadores– contacto con el presunto homicida, sobre cuya conducta Tonelli advertía una impronta gay no resuelta. Había que ver cómo, con las pupilas clavadas en la cámara, decía: “Usted, amigo, debe asumir su homosexualidad, y entregarse a la Justicia”. Repetía aquellas mismas palabras todos los miércoles a las 22, en el segmento más visto del Canal 8. E imaginaba que su codiciada presa lo veía desde el otro lado de la pantalla. Con el correr de los meses, pudo saberse que dichos asesinatos no habían sido cometidos por un serial killer sino por un grupo de policías para disciplinar a las chicas que ofrecían su servicio en la zona de La Perla. Sin embargo, al fallecer en 2004, Tonelli aún seguía convencido de sus extravagantes comunicaciones con El Loco de la Ruta.
Eran otros tiempos.
La pista perfecta. En agosto de este año, el secuestro y asesinato de la niña Candela Rodríguez fue un punto de inflexión en la historia policial argentina. Entre otras peculiaridades, el caso puso al descubierto el súbito apego policial por la exactitud; una muestra microscópica de piel, una hebra, un cabello o una simple célula podía ser la llave para esclarecer el más insondable de los enigmas. Había llegado la era del ADN.
Aquellas tres letras ahora están en boca de todos. En boca de los taxistas, de los peluqueros y las amas de casa. Esas tres letras también se escucharían en los labios de quienes investigan otros casos de pibes y mujeres asesinados en los tres últimos meses. El niño Tomás Dameno Santillan, asesinado en Lincoln. El niño Gastón Bustamante, asesinado en Miramar. Y, desde luego, el cuádruple crimen de La Plata.
Esas mismas tres letras servirían para demostrar que la criminología nacional acaba de escalar a una etapa superior. Como en la serie norteamericana CSI/Crime Scene Investigation, pero con otra composición de lugar: el vasto territorio bonaerense y sus uniformados. Es decir, el sitio y los personajes propicios para alternar los métodos investigativos más sofisticados con recursos –digamos– más tradicionales: el dato del soplón, los testigos de identidad reservada y los apremios ilegales. Tecnología de punta para dejar bien parado al olfato policial. En definitiva, lo que algunos economistas llaman “desarrollo desigual y combinado”.
Y ello, de un modo trágico y palmario, el fiscal Garganta lo empieza a comprender en carne propia.

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