La historia que inspira a Osvaldo Aguirre (1) a escribir “Algo bien grande” gira en torno al intento de robo en el mercado de productores de la ciudad de Rosario, efectuado por dos amigos, César y Seba, quienes terminan asesinando a un vigilante y consiguen robar el arma que portaba la víctima.
Los dos adolescentes logran escaparse y volver a su barrio de emergencia, situado en las proximidades de donde aconteció el asalto.
Días después, ambos deciden ir a buscar el arma robada que habían escondido, primero en el patio de la casa de César, luego en una cancha de fútbol, y finalmente en una casa abandonada. Para ir en busca del revólver, roban un auto y amenazan al conductor para que los lleve. En busca de un auto mejor, tratan de forzar a otro automovilista que logra escapar. Al ver a un taxista dejan en libertad al dueño del coche en el que estaban y tratan de obligar al taxista a que los lleve en busca del arma. El chofer se resiste y es asesinado por uno de los jóvenes. Pocos días después, la policía logra atrapar a los muchachos, quienes son reconocidos por testigos e imputados por ambos crímenes (2).
A diferencia de los dos casos policiales que dieron origen a “Dos primas” y a “Caminaré en tu sangre”, los hechos de este crimen involucran a dos jóvenes, César de 18 años y Seba de 17. En Crímenes y pecados de los jóvenes en la crónica policial, Leonor Artfuch sostiene que las notas policiales constituidas con la participación de niños o adolescentes conforman una especie de subgénero de la crónica policial. Esta socióloga argentina agrega que la sociedad estigmatiza al joven de irresponsable, “por ser un sujeto en formación, no dueño de reacciones y emociones, débil, indeciso, inexperto, presa fácil de tentaciones y flaquezas y de moralidad incierta”. En especial se discrimina al perteneciente a las clases populares sin tener en consideración que la desocupación, el incremento de drogas y la criminalidad son variables interrelacionadas que victimizan a los menores que pertenecen a familias carentes de bienes y convierten al joven marginal en “un blanco fácil y en una víctima propicia para la demonización” (3).
Los crímenes cometidos por estos dos adolescentes se hacen públicos en tres notas policiales bajo los siguientes titulares:
La Capital, 21 de marzo de 2000: “Brutal intento de robo en el Mercado de Productores de 27 de Febrero al 3600. Mataron a quemarropa a un vigilador y la policía detuvo a dos sospechosos”.
La Capital, 27 de marzo de 2000: “Los homicidas escaparon sin alcanzar a robarle a la víctima. Asesinan a un remisero en la zona oeste de un disparo en la cabeza”.
La Capital, 1 de abril de 2000: “Confesión de los chicos acusados de los homicidios de un custodio y un remisero. Dos madrugadas de locura y muerte desde el relato de sus protagonistas”.
Estos rótulos describen emociones; por ejemplo, a través de la palabra “brutal”. Suscitan también el interés del lector con expresiones como “dos madrugadas de locura y muerte”. Asimismo, evocan un cierto horror al revelarse que son dos menores los homicidas y que asesinaron a quemarropa a un vigilante y de un tiro en la cabeza a un remisero. A esto debe sumársele el suspenso que provoca la titulación al mencionar a sospechosos, la investigación que hace la policía para conectar los crímenes y finalmente la inclusión del testimonio de los asesinos. Todos estos elementos incitan al lector a sumergirse en la lectura completa del texto, despertándole un sentimiento patético. Además, estas notas policiales son de interés público para el ciudadano, ya que le ofrecen información para comprender mejor el comportamiento de los distintos grupos humanos que se entrecruzan en la ciudad.
Las crónicas presentan a César y a Seba como menores homicidas. Por un lado, la construcción mediática del menor victimario es idéntica a la de los adultos, y lleva a pensar al lector que si de “chico” es un asesino no podrá esperase algo positivo de estos jóvenes al llegar a su madurez. Por otro lado, las notas que reportan los asesinatos de este caso no respetan la inimputabilidad que demanda la ley por debajo de los 18 años. La crónica, ya sea en el encabezado o en el texto en sí, hace público los nombres de los asesinos, entre ellos un menor, sin ninguna consideración (César Fernández de 18 y Seba de 17). De igual modo, se revela el domicilio del menor de edad situado en la calle “Amenábar al 3.000”, y la última nota sobre el caso presenta la declaración de Seba, quien es desposeído de sus derechos y ni siquiera la fabricación de su retrato resguarda su condición de menor.
Otro punto a considerar en los titulares es la mención de que los crímenes fueron perpetrados por dos muchachos. Éste es un recurso que se aprovecha del estereotipo de la banda o “patota”, “como si fueran un ‘semillero’ de delincuencia juvenil, una ‘escuela de la calle’ […] producto de una sociabilidad particular de los barrios pobres” (4).
En el texto principal, la nota policial del 21 de marzo menciona que los “homicidas desaparecieron en el interior de la villa miseria conocida como San Francisquito”, y que ahí los policías allanaron una vivienda donde habitaban dos jóvenes sospechosos del crimen (5). Según la óptica de Martini, el enemigo es el delincuente común, cuyo tipo es el más joven, pobre y villero (6).
En este caso en particular, tanto los sospechosos como los verdaderos culpables son adolescentes entre 17 y 23 años, y todos pertenecen a familias carenciadas que habitan las villas de emergencias de la ciudad de Rosario. Este procedimiento de marginalización también se refuerza, en las notas periodísticas bajo estudio, por medio de una visión conmiserativa de las víctimas. Esta actitud pietista tiende a incrementar el peso de culpabilidad. Las crónicas policiales sobre este caso en particular mencionan que el vigilante del mercado de productores “tenía dos hijos pequeños y por su trabajo ganaba menos de 300 pesos por mes”, y que el remisero asesinado “tenía dos hijos y una nieta de tres años (…) era un ser muy querido por todos, respetuoso y luchador”. El elogio de las virtudes de la víctima subraya el carácter injustificable del crimen y demoniza a los menores inculpados en los asesinatos. En conclusión, las notas periodísticas sobre el asesinato del conductor y el vigilante perpetrados por César y Seba enaltecen a las víctimas. Asimismo, estereotipan el hecho de que el delincuente común es el joven de la villa que actúa en complicidad con otros adolescentes, y el periódico trata estos casos de homicidio al igual que victimarios adultos, sin respetar la privacidad del menor que exige la ley.
1. Osvaldo Aguirre es poeta, periodista y escritor de cuentos y novelas. Es autor de dos libros de poemas Las vueltas del camino (1992) y Al fuego (1994); Velocidad y resistencia (1995), una colección de relatos; la serie de crónicas Los pasos de la memoria (1996); las novelas Estrella del Norte (1998), Los indeseables (2008) y Todos mienten (2009). Además publicó libros sobre temas sociales e históricos de la Argentina (Historias de la mafia en la Argentina, 2000) y participó en antologías como Poesía en la fisura (1995), Los saqueos en Rosario: crisis social, medios y violencia (1999), Bonus Track (2000)y Escritos con sangre (2003). Es editor del suplemento de cultura y periodista de policiales del diario La Capital, de Rosario. Allí publicó dos series de relatos: “Historias perdidas” (1997) e “Historia del crimen” (1988-1999).
2. El resumen del caso de los dos adolescentes asesinos proviene de las notas periodísticas y del cuento de Osvaldo Aguirre.
3. En Construyendo ciudades inseguras: temor y violencia en la Argentina, Lucía Dammert comenta que durante la segunda presidencia de Menem, entre 1995 y 1997, la delincuencia de menores de edad alcanza el 7,8% anual y, en 1999, el 42% de las sentencias son para ciudadanos entre 18 y 29 años. En Citizen Insecurity and Fear, Catalina Smulovitz señala que entre 1989 y 1996, el porcentaje de desempleo se duplica en el Gran Buenos Aires afectando mayormente al sector de la población entre los 18 y los 25 años, y el 48% de adolescentes entre 14 y 19, pertenecientes a familias de escasos recursos, abandonan sus estudios secundarios.
4. En Agendas policiales de los medios en la Argentina, Stella Martini dice que en el seno social, las imágenes diarias de riesgo y amenaza justifican la proliferación de notas periodísticas, y éstas se transforman en políticas de “discriminación social” ya que en los medios de comunicación se “escucharon condenas a las villas, consideradas un enclave de la delincuencia”.
5. En esta instancia los sospechosos son dos adolescentes de los cuales se mencionan sus nombres, edades y domicilios, pero no terminan siendo los verdaderos culpables de los crímenes.
6.Para Martini, los medios de comunicación estereotipan a los sospechosos de delitos y es por esta razón que se generan discursos que tratan de diferenciar la posición de ciertos ciudadanos para no ser estigmatizados. Por ejemplo, en reclamos o protestas, los manifestantes suelen decir “‘somos trabajadores no villeros’ o ‘aquí hay gente normal, trabajadora, vean, acá no hay negros o gente de la villa’”.
