El predio es una película que desespera. Aún cuando el plano fijo muestre durante minutos enteros una hojita del jardín de la ex Esma bamboleándose con algún vientito. Es que El predio es la tensa calma que desespera. Jonathan Perel cuenta que su ópera prima fue filmada con miedo y temblores. Se nota. Fue entre marzo y octubre de 2009.
Hay que decir que es un documental de observación construido a partir de largos planos fijos y sonido ambiente del lugar. Casi siempre hay silencio. No hay testimonios ni voces en off. Las palabras que aparecen se dan cuando el director registra alguna actividad cultural en el actual Espacio Memoria y Derechos Humanos. El predio bien puede ser un álbum que cuente cómo fue que ese lugar –escenario de la tortura, el robo y la desaparición de personas– se transformó en un sitio donde funcionan instituciones y centros culturales que proponen trabajar con la historia reciente del país a partir del arte y el pensamiento crítico. Pero El predio es la historia de varias historias. En palabras del cineasta: “En ese pliegue del tiempo, busqué un lugar desde donde narrar. Es una meditación sobre el sitio, sobre un lugar que nos mira más de lo que nosotros podemos mirarlo”. Y ahí está la clave (la desesperación) de la película. Es la Esma que mira y es pregunta. Es la Esma que no se deja mirar del todo.
En principio, son los restos, las ruinas de lo que fue la Escuela de Mecánica. Las paredes descascaradas, la humedad, los huecos. El desmantelamiento de los viejos sanitarios y los baños químicos copando la parada. El antes y el después que empieza a asomarse tímidamente. Será que al mirar el predio no se puede dejar de pensar en todo lo que fue. Entonces, cuando en la pantalla aparece cualquier rojo, se piensa en sangre. Sangre, a pesar de que lo que se ve sean ladrillos sobre el pasto. Sangre cuando se ven cintas que cercan una huerta o un espacio en construcción.
Da la sensación que la ex Esma siempre será un espacio en construcción. En la ex Esma “no hay espacio, hay tiempo”, como dice Juan Diego Incardona en su posteo Relojes de plastilina.
Además de los rojos, están los verdes. Planos fijos donde se ven yuyos creciendo entre los surcos de un cemento carcomido en la puerta del casino de oficiales. La metáfora, alcanza con el espacio de una grieta para florecer. Se hace explícito el mensaje al registrar el proyecto de la artista visual Marina Etchegoyen, aquel que consistió en sembrar papas en la tierra “para reproducir y cosechar energía”. El predio empieza a cobrar vida, los organismos empiezan a improvisar actividades y he aquí otra de las historias. Perel parece preguntarse sobre la institucionalización de la memoria. Entonces se detiene en un cartel que anuncia que la presidente Cristina Fernández creó la Plaza de los Derechos Humanos. Narra situaciones y contextos que conocemos todos. Se empiezan a escuchar canciones de León Gieco, se vislumbran pegatinas de El Eternauta, el Che, se lee la carta abierta de Rodolfo Walsh.
La última toma es un cross a la mandíbula y resignifica y/o suma otras posibles interpretaciones. La reja abierta de la entrada vista desde su interior. Los autos pasan sin parar. Alguien pasa caminando por la vereda sin siquiera mirar. Desespera.
El predio se puede ver en el Cine Cosmos-UBA. Avenida Corrientes 2046. Se proyectará durante marzo, abril y mayo, todos los jueves y viernes a las 22, los sábados a las 20 y los domingos.
