En las horas de dolor profundo por la muerte de Néstor Kirchner, no es casual que haya surgido –primero como un susurro, luego como clamor– el “Nunca Menos”. Así como el “Nunca Más” se ha convertido en emblema de los derechos humanos, tras la experiencia nacional y popular que timoneó Kirchner, el “Nunca Menos” se instaló como el mejor homenaje, y pasó a ser el mandato con el que la mayoría de los argentinos enfrentaremos lo que vendrá.
El proyecto nacional que encabezó, y que continuó y ahora renovará la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, recuperó los pilares básicos de la educación argentina y sentó bases y pisos de los que deberán partir los próximos gobernantes, cualquiera sea su signo partidario, porque hay una sociedad entera dispuesta a preservarlos. Los educadores podemos, mejor que nadie, dar cuenta de esas conquistas.
Su compromiso con la educación se manifestó desde sus primeras acciones de gobierno, y se materializó en un conjunto de normas fundamentales: la Ley de Financiamiento Educativo, que fijó un mínimo para la inversión en el sector equivalente al 6% del PBI;
la Ley de Educación Técnico-Profesional, que mejoró la modalidad tanto en servicios como en tecnología, logrando un incremento del 12% en la matrícula; la Ley de Educación Nacional, que expresó el mandato que nos hemos dado como sociedad, por primera vez en la historia, de garantizar trece años de escolaridad obligatoria.
Ese carácter prioritario que él y Cristina dieron a la educación se traduce en más de 1.200 escuelas construidas, en la vigencia y ampliación de la Asignación Universal por Hijo, en la generación de mayores y mejores programas de empleo, en la oportunidad para más de 300 mil adultos de terminar la Secundaria a través del Plan FinEs. También en los 40 millones de libros distribuidos, y en los 3,5 millones de netbooks que, sabemos, mejorarán la escuela pública argentina.
Todas estas conquistas explican, a su vez, la inmensa cantidad de jóvenes que en los últimos años han dado conmovedores testimonios de su adhesión a este proyecto nacional que puso a la educación en el centro de las políticas de gobierno. Tal vez ese fenómeno sorprenda a algunos: no a nosotros, los educadores, que sabemos de qué es capaz la juventud cuando es convocada para cambiar los rumbos y construir futuros de esperanza.
Esa es una de las herencias más importantes que deja Néstor: invitar a los jóvenes argentinos a construir una sociedad más justa, a sumarse a una épica que nace de los sueños y los ideales y se concreta en obras para millones de compatriotas.
