La hora de investigar la investigación
Esa voz suena atropellada y cortante. “Hasta que esa conchuda no devuelva la guita, no van a ver a la nena nunca más.” Entonces, se oye el ladrido de un perro y, luego, otra vez esa voz: “Pregúntenle al marido donde dejó la guita”.
Semejante advertencia, durante el atardecer del miércoles, se transformaría en una siniestra pieza de oratoria televisiva por obra y gracia de la señal C5N, que desde entonces la propaló una y otra vez, antes de que el resto de las emisoras también la pusieran al aire. Horas antes, en un descampado situado a metros de la avenida Bergara y Acceso Oeste, había sido hallada sin vida Candela Rodríguez, la niña que todo el país buscaba desde el lunes 22 de agosto. Y ahora, la violencia de aquella voz, junto a otra exclusiva de la pantalla chica, el tape que mostraba a la madre de la víctima, junto a las más altas autoridades provinciales, al momento de reconocer el cadáver, consumaban tal vez el prolegómeno de un nuevo género periodístico: la pornografía informativa.
Exactamente a las 19.30 de aquel día, desde el noticiero ADN, del canal 360TV, quien esto escribe tuvo el siguiente diálogo con el fiscal general de Morón, Federico Nievas Woodgate:
–¿Los investigadores y el fiscal (Marcelo)Tavolaro –a cargo de la causa– efectuaron algún rastreo sobre esa grabación telefónica?
La respuesta fue:
–El fiscal no sabía nada de aquella grabación.
Dicho esto, el veterano funcionario judicial se hundió en un incómodo silencio. Tal vez él mismo, en ese instante, haya caído en la cuenta de la gravedad de su revelación “exclusiva”: esa cinta, sin duda una evidencia más que crucial y, a la vez, el primer punto de partida de una hipótesis concreta cuando la niña aún vivía, no había sido comunicada por la policía al fiscal, quien –en teoría– es nada menos que el jefe de la pesquisa.
Todo es sumamente extraño. Esa llamada había sido efectuada el lunes 29 de agosto al teléfono fijo de la casa situada en la calle Coraceros al 2500, desde donde una semana antes había salido Candela en su periplo hacia la muerte. Esa llamada fue contestada por una tía de ella, en presencia de los policías que desde hacía siete días no se movían de allí. En consecuencia, es imposible que éstos no analizaran su registro textual. Sin embargo, lejos de obrar en consecuencia, para ellos la agenda investigativa de aquel día consistió en allanar dos departamentos particulares en el barrio de Almagro y un comercio situado en Flores, vinculados a un tal Enzo Luque, quien supuestamente habría ofrecido fotos de niños desnudos por internet. Es decir, mientras se afirmaba la pista del secuestro extorsivo por una presunta deuda mafiosa, los “investigadores” –tal cómo se definen a sí mismos esos sabuesos de olfato endeble– andaban persiguiendo a un pedófilo. En paralelo, el comisario Juan Carlos Paggi, escoltado por su jefe, el ministro de Justicia y Seguridad bonaerense Ricardo Casal, recitaba ese latiguillo idiota que se transformaría en el lema de su gestión: “No descartamos ninguna hipótesis”. En ese preciso momento, la niña Candela Rodríguez, de apenas 11 años, era asesinada.
Dos días después, luego de que semejante desenlace tomara estado público, la aguda perspicacia de movileros y opinadores especializados pondría en evidencia el fruto de una deducción algo tardía: los mensajes que la madre de la víctima le habría enviado a los secuestradores a través de la cámara. ¿Es posible que ella se entregara a ese diálogo secreto sin la anuencia de los policías que no se despegaban de su lado? Nadie, hasta ahora, dio respuesta a tal interrogante. Por el contrario, aquella horda de hombres armados con micrófonos se sumaría al exitismo post mortem de los “investigadores”, quienes, estando el cuerpo de Candela aún caliente, se lanzaron a otra ronda de puestas en escena: que la camioneta secuestrada al vecino tumbero, que la pista del primer marido de la madre, que el presunto aguantadero del cautiverio, que un sospechoso llamado Huevo, que la hipótesis del narcotráfico y, como si fuera poco, otro presunto aguantadero del cautiverio. En tanto, un fiscal se desayunaba con una escucha telefónica que no había llegado a sus manos. Una grabación desviada de su destino natural, pero, al mismo tiempo, cedida a un canal de televisión a cambio de unos pesos. Muy de la Bonaerense.
Como si entre sus múltiples propósitos y acciones figurara el de llevar a cabo una negociación paralela –a espaldas de la Justicia y de la opinión pública–, para así edificar la ilusión de un final feliz y su consiguiente foto.
Ya se sabe que algo falló.
También se sabe que dicha falla es ya la marca de un estilo.
Lo cierto es que llegó la hora de investigar la investigación.

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